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Brasil potencia cultural

Una nueva clase media se asoma ala producción y el consumo de bienesculturales. San Pablo, Río de JaneiroBelén y Porto Alegre dan testimoniode esa vitalidad renovada

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LA NACION
Viernes 30 de septiembre de 2011
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"Tiene la mejor vista de la ciudad", me dijo el conserje del hotel donde iba a hospedarme por varios días en San Pablo. Bajo ese buen augurio tomé el ascensor y recorrí los pasillos del piso 20; cuando entré en mi habitación, elegante y luminosa, lo primero que hice fue correr las cortinas del ventanal ubicado a un lado de la cama. El conserje tenía razón. Desde las alturas, las nubes y la increíble multitud de luces de los coches y edificios simulaban un paisaje soñado por un superhéroe de videojuego. En esa enigmática visión estaba yo cuando un extraño rugido comenzó a recorrer las paredes, como si en el cuarto de al lado alguien estuviera a punto de lanzar un misil. Y antes de que pudiera darme cuenta de lo que ocurría, un helicóptero surgió tras la ventana. El piloto y yo nos miramos a los ojos, las aspas del aparato pasaron demasiado cerca y, en menos de un segundo, ¡zas!, se esfumó. Si no estuviera seguro de haberlo visto, el silencio posterior habría sido la prueba de una alucinación.

En esa ciudad en la que los embotellamientos provocados por 7 millones de coches sólo resultan comparables a las sorpresas que genera el tránsito aéreo, en la megaurbe por cuyo transporte subterráneo se empujan día tras día 4 millones de personas (la población de Buenos Aires), ahí, justo ahí, se escenifican las transformaciones más novedosas y espectaculares de esa potencia cultural llamada Brasil. Narradores que escriben en portuñol, actores que montan su teatro en una zona abandonada de la ciudad, grafiteros que exponen en galerías de Nueva York y activistas que promueven el "uso libertario del ciberespacio" (como quiere el artista y ex ministro Gilberto Gil) son algunos de los protagonistas de ese mundo en el que la cultura ha dejado de ser el conjunto armónico de expresiones artísticas dirigidas a los happy few. En esta ciudad, la cultura tiene una causa: la apertura hacia los otros, ejemplarizada en el aprendizaje mutuo a través de la convivencia, la experiencia colectiva y la puesta en marcha de un diálogo permanente entre los distintos sectores de la sociedad. En la era en que Brasil se perfila como una de las grandes fuerzas económicas del siglo XXI, San Pablo se reinventa para convertirse en su capital cultural.

El ex presidente Lula lo dijo durante la inauguración del X Fórum Internacional de Software Libre: "La cultura no puede quedar restringida a quienes tienen la posibilidad de pagar para ver una obra de teatro, ir al cine o comprar un libro. La cultura tiene que ser un bien accesible a cualquier persona, independientemente de su origen social". Sus palabras aún resuenan en la vida política brasileña e impactan especialmente en la que tal vez sea la mayor herencia de sus mandatos: el ascenso social de 95 millones de personas, el 49,7% de la población total del país, que entre 2003 y 2010 se incorporaron a la clase media (según datos del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística). La aparición de esa "nueva clase media" impulsó la economía nacional, amplió como nunca las fronteras del mercado cultural y creó un par de interrogantes de difícil respuesta: ¿cómo hacer para que esa franja de individuos educados al margen de la producción y consumo de obras de arte se integre a un mundo que hasta no hace mucho no los tenía en cuenta? ¿Y hasta qué punto la cultura puede constituirse como el espacio más propicio para lograr la igualdad en la diversidad? Esas preguntas representan los principales retos que enfrenta el Brasil contemporáneo y se exhiben sin complejos en la siempre moderna, vital y caótica San Pablo.

A la caza de alguna respuesta provisoria para estas cuestiones fui hasta la Mercearia São Pedro, centro de operaciones de los escritores jóvenes más representativos de la ciudad, para encontrarme con el narrador Ronaldo Bressane, autor de Céu de Lucífer y bloguero en www.impostor.wordpress.com . En el camino, a bordo del que es uno de los subtes más transitados del mundo, dos carteles llaman especialmente la atención: uno pide por favor que los bolsos y mochilas se carguen en la mano para no usurpar el centímetro ajeno, otro cuenta que en la ciudad se consumen 400 mil sushis por día. Con 11 millones de habitantes (40 si se suma el conurbano), San Pablo es una de las cinco ciudades más pobladas del planeta y la latinoamericana que recibe mayor inmigración fronteras adentro. En el mundo de la literatura, buena parte de los escritores nacidos alrededor de los años 70 llegan del interior: Xico Sá (Catecismo de devoções, intimidades & pornografias) nació en Ceará; Joca Reiners Terron (Do fundo do poço se vê a lua, premio Machado de Assis 2010) es de Cuiabá; Marcelino Freire (Contos negreiros, premio Jabuti 2006) proviene de Sertânia; Michel Laub (Lejos del agua, publicada en la Argentina por la editorial cordobesa Educc) es de Porto Alegre. Según el escritor y agitador cultural Nelson de Oliveira, compilador de varios de estos autores en la notable antología Geração 90, "tal vez el punto de contacto entre los escritores que comenzaron a publicar en los años 90 sea un cambio de sensibilidad, producto del auge de las comunicaciones a escala global y del alejamiento definitivo de los gobiernos militares en la región. Su marca es el optimismo y el desenfado". La Mercearia, un bodegón bohemio ubicado en la cima de la calle Rodésia, en el barrio de Vila Madalena, es el alegre punto de reunión de esos narradores sub-40, quienes ahí aprovechan para intercambiar novedades de cine y literatura con

Marquinhos, el dueño del local y responsable de la librería y el videoclub que asoman por entre los platos repletos de carne asada, yuca y pernil. Cuesta creer que el eternamente oscuro Nick Cave haya sido uno de los habitué de este refugio relajado y optimista; menos difícil resulta aceptar que, aunque por allí hayan pasado Guillermo Arriaga, Pedro Juan Gutiérrez y Gael García Bernal, a los mozos sólo los enorgullece haber atendido a Sócrates, capitán del scratch en España 82 y México 86, y a su hermano, el célebre delantero Raí.

Del otro lado del mantel intervenido por los historietistas de Sociedade Radioativa, Bressane sostiene que Brasil era, hasta los mandatos de Lula, un país aislado del resto del continente. Y en ese rincón del pasado, San Pablo jugaba el papel de la orgullosa megalópolis que creía bastarse a sí misma, relacionada sólo con los mercados de arte de Europa y Estados Unidos. "La indiferencia con respecto a América latina era tal que las primeras traducciones brasileñas de la obra de Julio Cortázar se hicieron del francés", señala. Hoy esa tendencia estaría en baja, y las pruebas que ofrece son, primero, el aumento en la cantidad de traducciones de autores latinoamericanos y brasileños a uno y otro lado de las fronteras (de Pola Oloixarac y Alan Pauls a Bernardo Carvalho y Daniel Galera), y segundo, "el Congreso de Portuñol Selvagem, que tuvo lugar en Asunción". En su origen, el lanzamiento del portuñol como lengua "panlatina y lúdica" fue, según Bressane, "un chiste", pero ahora que hasta The New York Times le dedicó unas páginas al tema nadie sabe qué pensar. Los poemarios Dá gusto andar desnudo por estas selvas, de Douglas Diegues (pionero del movimiento, residente en Asunción), y Transportuñol borracho, de Joca Reiners Terron, suponen una búsqueda lingüística y cultural que trasciende el humor, pero quizá todo se resuma en las palabras con las que el poeta paraguayo Miguelángel Meza comenzó su conferencia en el teatro Tom Jobim de Asunción, el primer día del Congreso de Portuñol Selvagem, ante un auditorio completamente vacío: "Permítanme hablar ahora en esta lengua inexistente para esta platea que tampoco existe". El portuñol, emblema de la fraternidad entre los pueblos y happening idiomático que se recrea con idéntica creatividad en la calle Florida y en los bares de Río de Janeiro, fracasa en los eventos literarios pero crece como hábito transfronterizo en una época en la que Brasil y San Pablo se sientan a dialogar con el resto de América latina. Su espíritu es menos el de una lengua que el de una actitud, y esa actitud de apertura y entendimiento es una constante que recorre la abrumadora actualidad artística de la ciudad en la que brilló, portuñol mediante, Carlos Tévez durante su etapa como centrodelantero del Corinthians.

Dentro de la literatura, el cruce de tribus en pos de una cultura común que define a la San Pablo contemporánea no termina en las dudosas pero entusiastas andanzas del portuñol. Hijo de la poesía y primo del hip hop, a punto de cumplir 10 años de existencia, el Sarau da Cooperifa que lidera el escritor Sérgio Vaz es un encuentro que lleva las letras a la periferia paulista y les da voz y visibilidad a quienes llegan a los libros a pesar de los huecos de la programación escolar. "En los barrios pobres del conurbano, el rap es la puerta de entrada de los jóvenes a la literatura", dice Vaz; "cuando esas letras hablan de grandes héroes de la cultura negra como Zumbí, Malcolm X o Biko, los jóvenes buscan saber más de ellos en los libros. Y lo hacen por cuenta propia, porque en la escuela nadie habla de esos personajes. Fue por eso que creamos el Sarau: para que los artistas de la periferia tengan un espacio, y estén en diálogo directo con un público que tiene sus mismas preocupaciones."

–En casi diez años al frente del Sarau, con todos los problemas que implica llevar adelante un encuentro literario en comunidades carenciadas, ¿cuál diría que fue el mayor logro?

–Socializar nuestros sueños. Otros, en cambio, capitalizan la realidad.

La experiencia del Sarau da Cooperifa se enlaza con la de otros proyectos que encuentran en la cultura una zona de participación colectiva capaz de atravesar las distintas artes con idéntica intención democratizadora. Es el aliento que surca la Escola do Movimento del bailarín Ivaldo Bertazzo, para quien "todos somos ciudadanos danzantes". Bertazzo creó compañías de danza con personas de escasa formación artística, la mayoría provenientes de los barrios pobres del conurbano, y buena parte de su esfuerzo apunta a demostrarle a cada uno de ellos que el arte puede transformar sus vidas. En esa línea también se inserta el trabajo de la vanguardista agrupación teatral Os Satyros, responsables directísimos de la recuperación de la fallida plaza Roosevelt, ubicada entre las calles Consolação y Augusta. Ya desde su origen, el gran arquitecto Paulo Mendes da Rocha dijo de ella que "es un buen ejemplo de todo lo que no debería ser una plaza". A ojos turísticos, los mismos para los que todo lo extranjero parece bonito, la Roosevelt también resulta un amasijo de cemento feo, peligroso y sucio, a mitad de camino entre un puente y un transbordador de Los Picapiedras. En los años 60 la zona albergó al Bijou, un histórico cine de arte de la ciudad, y la leyenda cuenta que el primer show de Elis Regina en San Pablo fue muy cerca de allí, en el bar Djalma’s. Hoy nada de aquello existe, y tal vez por eso los Satyros decidieron entrar en acción. Muy influenciados por la obra del Marqués de Sade y empeñados en activar la función social que el teatro siempre tuvo, el grupo regresó de su última gira europea y se instaló en uno de los edificios de la plaza, convencidos de que su presencia contrarrestaría la decadencia del barrio. Y la apuesta salió bien: hoy la plaza es el centro del teatro paulista (la otra referencia es el también vanguardista Teatro Oficina, en el barrio italiano Bixiga), y el festival Satyrianas que los Satyros ofrecen cada inicio de primavera abre su sala durante cuatro días ininterrumpidos. En su última edición, Satyrianas convocó a más de mil artistas del país y del extranjero, incluyó 200 shows y recibió a 54 mil espectadores. Tras la intervención de los Satyros, la plaza Roosevelt mantiene su cuestionable estilo arquitectónico, pero su espíritu es decididamente otro.

"A lo mejor del arte en San Pablo hay que buscarlo dentro y fuera de los museos y galerías", me dice Marcelo Rezende, curador de arte que participó en la Bienal de 2008. Casi de acuerdo a sus reflexiones, el Museo de Arte de San Pablo (MASP), enclavado en el corazón financiero de la ciudad, presenta la exposición De dentro é de fora, cuyas piezas de grafiti y arte urbano ocupan varias salas del museo y, sobre todo, la fachada y sus alrededores. Algo parecido ocurre en las galerías Choque Cultural, que congrega a los artistas urbanos, y en la insólita Casa da Xiclet, donde las exposiciones se montan en el interior de un hogar privado y alternativo, como parte de un ¿juego? en el que "la casa es diferente porque también es galería, y la galería es diferente porque también es una casa", en palabras del teórico André Sztutman. Los proyectos independientes conviven con los oficiales o semioficiales, como los centros culturales SESC o CEU (estos últimos, instalados en las zonas conurbanas), pero todos parecen tener la inclusión social como objetivo. "Y es que los artistas parecen haberse puesto de acuerdo en hacer visible una ciudad que se oculta detrás del vértigo de la vida cotidiana –apunta Rezende–. El éxito más importante ha sido el de los grafiteros Os Gêmeos, que de la calle pasaron a exponer en Nueva York y a formar parte de la galería Fortes Vilaça, una de las más importantes del país, pero no son los únicos. Hay una tendencia en el arte paulista a mapear la ciudad ingobernable, que se resiste a los mapas. Renata Lucas ha intervenido las calles con topes de madera, para advertir sobre la polución sonora con la que convivimos; Regina Parra ha expuesto las imágenes que toman las cámaras de vigilancia, y así nos muestra lo vigilados que estamos. La ciudad tiene muchos pliegues y secretos y el arte parece haberse propuesto trabajar sobre esas zonas que nos pasan desapercibidas."

A 45 minutos del MASP, en el barrio japonés de Liberdade, en la esquina de una calle que sube y baja entre adoquines y naranjos, una casa como cualquiera también podría pasar desapercibida. Pero conviene no pasarla por alto, aun cuando ningún cartel avise lo que ocurre allí adentro. La reja está entreabierta, la empujo y paso. Adentro hay cinco jóvenes ensimismados sobre sus laptops, y una de ellas es Camila Cortielha, la comunicadora social que representa al circuito Fora do Eixo (FDE) en San Pablo. FDE ( www.casa.foradoeixo.org.br ) es una red de redes, orientada principalmente a la difusión de música, que a través de sus múltiples enlaces con asociaciones afines organiza giras por todo Brasil y otros países a las bandas interesadas en participar. En ese momento, en la casa viven 32 personas, entre músicos que están de paso y el personal estable; todos colaboran de manera cooperativa y aportan lo suyo. "Con lo que más hemos aprendido es con la convivencia", dice Camila; "porque eso te enseña a trabajar de manera colectiva, que por cierto es lo mismo que hacemos en la Red. No diferenciamos entre el momento de la creación artística y la vida cotidiana del creador; difundimos lo de todos, apoyamos lo de todos y buscamos el beneficio colectivo. A cada tipo de banda le podemos ofrecer un circuito diferente, desde la casa presentamos conciertos en streaming y nos financiamos con los ingresos colectivos y los eventos que realizamos todos los fines de semana para un promedio de 300 personas." Camila me lleva al estudio, donde en ese momento una banda pop liderada por una rubia toca con transmisión directa on line; después pasamos por la inmensa cocina comunitaria y de ahí subimos hacia los cuartos donde los chicos se hospedan. En un pizarrón colgado en la pared, leo: "¿San Pablo es un cenicero?". Y en el mismo pizarrón, abajo: "¡Viva la belleza oculta de San Pablo!" Ya en el patio, bajo el cielo de la noche, mientras la rubia pop se escapa del estudio para fumar un cigarrillo, trato de pensar cuál de esas dos frases tendrá razón. Y en eso estoy, casi seguro de que las dos tienen lo suyo, cuando de un momento a otro un extraño rugido comienza a recorrer las paredes, como si en la casa de al lado alguien estuviera a punto de lanzar un misil.

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