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La ley de muerte digna

Domingo 02 de octubre de 2011
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El proyecto de ley de muerte digna avanza en el Senado y podría tener media sanción en noviembre. La vigencia de la temática fue actualizada a partir del caso de Selva Herbón, cuya beba nació muerta por mala praxis durante el parto y fue reanimada con resultados dramáticos, ya que quedó en un estado vegetativo permanente. Sólo funciona su corazón, mientras que no habla, camina, oye ni ve y permanece postrada en la cuna de una clínica. La propia madre pide "que la dejen ir", y uno puede sentir el dolor del pedido, pero existe un vacío legal al respecto, tanto para el paciente como para médicos y familiares. La discusión de los proyectos presentados en el Senado se dio alrededor de los temas de encarnizamiento terapéutico, de la posibilidad de retirar el soporte vital cuando es fútil para el paciente, de la posibilidad de que un familiar tome decisiones por otro, además de alumbrar la posibilidad de que cada persona pueda redactar su testamento vital, es decir, el modo como quiere que sea tratado en caso de tener que vivir una experiencia terminal de este tipo.

La reflexión sobre una muerte digna no es más que un reflejo de su contracara: sólo puede tener una muerte digna quien está teniendo una vida digna. Se busca con el debate de esta ley las actuaciones que "nunca buscan deliberadamente la muerte, sino aliviar o evitar el sufrimiento, respetar la autonomía del paciente y humanizar el proceso de la muerte", como dice el proyecto de ley del senador Samuel Cabanchik, que fue el más aludido en el debate. Está claro que un debate de este tipo está inspirado en la compasión, y si ésta significa por momentos acompañar la vida de otro, debe significar también poder acompañar su muerte. Esto no significa deshacerse de cuanta persona afronte un problema médico extremo, y mucho menos buscar deliberadamente la muerte, sino no oponerse de manera irrazonable a su advenimiento. Pero la discusión es crucial en momentos en que los medios técnicos permiten extender la vida a veces más allá de toda posibilidad de curación.

Una persona que vive en estado vegetativo, apenas conectada a la vida, no es más que una prótesis de la técnica, aunque es también, esencialmente, la prótesis de una civilización que ha desnaturalizado a la muerte y que ha perdido la capacidad para integrarla en un sistema de sentido. (En espejo, cabría también interrogarse qué dice eso sobre nuestras vidas.) Hay que recordar que el contexto en el que se discuten estas cosas es el de una cultura que ha disociado por completo la vida de la muerte, una cultura que ha hecho de la muerte un tabú, y de la extensión cuantitativa de la vida un imperativo moral. Sin embargo, extender la vida a cualquier precio, aun de la crueldad, es un indicador de que no tenemos herramientas para darle significación a la muerte. Y acaso no sea otra cosa que nuestra incapacidad de metabolizarla lo que se encarniza con el paciente. Por eso este debate requiere cierto remar contra la corriente, y es un signo de coraje que esté en discusión en el Congreso.

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