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Claroscuros orquestales

Concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional. Director: Pedro Ignacio Calderón. Solista: Rafael Gíntoli. Programa: "El gaucho con botas nuevas" (humorada sinfónica), de Gilardo Gilardi; Concierto Nº 3, para violín y orquesta, Op. 61, de Camille Saint-Sa‘ns, y Sinfonía Nº 5 , en Re menor, Op. 47, de Dimitri Shostakovich. Auditorio de Belgrano. Nuestra opinión: bueno.

Martes 08 de junio de 1999

La posibilidad de volver a opinar sobre otra de las grandes obras de Shostakovich, a pocos días de haber analizado su séptima sinfonía, no es cosa de todos los días para un crítico musical, porque no es frecuente una coincidencia de este tipo tratándose de creaciones complejas y de largo aliento para su inclusión en los ciclos de conciertos. Pero fue así como, después del concierto de la Filarmónica en el Teatro Colón, oportunidad en la que se escuchó la sinfonía "Leningrado", se pudo estar en contacto con la quinta sinfonía, dirigida por Pedro Ignacio Calderón, con la Sinfónica Nacional.

Entonces, se tiene ahora la posibilidad de reafirmar que entre una y otra existe una distancia considerable de contenidos musicales, ideas rítmicas, temáticas y de maestría en la utilización de la instrumentación, en favor de la Quinta, obra equilibrada, rica en ideas melódicas y atmósferas sonoras.

Más allá de que se la analice a partir de términos políticos (la obra entendida como alegato contra la autoridad o con el oculto deseo de manifestar optimismo frente a la intuición de un cambio), es mucho más interesante y valioso estudiarla como una composición musical que alcanza una posición de alta significación en el repertorio sinfónico.

Su composición fue, según el propio Shostakovich, "una respuesta creativa para justificar las críticas" hechas por el periódico Pravda en 1936, cuando el régimen soviético discrepaba del compositor sobre la necesidad de un tipo de estilo musical más saludable para el pueblo. Esta fue una de las razones por las cuales el compositor vivió permanentemente observado, amenazado y, por qué no, intentando plasmar mensajes simbólicos que podrían significar una denuncia por la pérdida de la libertad de pensamiento.

La versión ofrecida por Calderón fue estupenda, simplemente porque el músico argentino está consustanciado con las altas expresiones del sinfonismo, posromántico, a tal punto que se ratifica plenamente que comete un error cuando se aparta de él, buscando el modo de no quedar etiquetado como un especialista, para lo cual incluye obras que no siente, que no le son afines a su temperamento y a su mundo intelectual.

De menor a mayor

Por ese motivo, la primera parte fue deslucida, por la ausencia de calidad de timbres en la humorada sinfónica de Gilardo Gilardi, y una llamativa cuadratura en el discurso en el concierto de Camille Saint-Sa‘ns, con una expansión sonora algo descontrolada que resultó perjudicial para el solista Rafael Gíntoli, que, de todos modos, se caracteriza por un sonido liviano, transparente y poco voluminoso, más adecuado para el repertorio clásico y el mundo de la música de cámara.

En la segunda parte todo cambió, con un Shostakovich que resultó excelente, porque hubo en el director argentino firme convicción, conocimiento del lenguaje, conducción de memoria y no poca emotividad expresiva.

Calderón no debe renegar de su innata especialidad; por el contrario, debería reafirmarla y enriquecerla aún más con lo mucho y valioso que se ha escrito en el siglo XX y que se conoce poco. Porque sus cualidades en este amplio y rico terreno lo ubican entre los mejores en el nivel internacional, como se dio a entender con la lógica y justificada muestra de aprobación que le brindó el numeroso público, que colmó la sala.

Juan Carlos Montero

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