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Alfonsín: el candidato que se aburría en Olivos

En Chascomús, lo consideran el clon del ex presidente, pero el postulante busca su propio camino; anécdotas y recuerdos de la relación con su padre

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LA NACION
Miércoles 19 de octubre de 2011 • 17:16
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"Richard no imita a su padre. Es el clon de Raúl". Quien hace esta afirmación es un testigo de la vida de Ricardo Alfonsín, un amigo de toda la vida.

El candidato a presidente de Udeso transitó su vida política a la sombra de su padre hasta que, en 1998, decidió ocupar un cargo público. A sus 46 años, comenzó a levantar su perfil cuando fue electo diputado de la provincia de Buenos Aires.

Como dirigente, sólo compartió ocho años junto a su padre. Su vuelco político también llegó de la mano de "Don Raúl". Alfonsín falleció en marzo de 2009 y su muerte generó un contundente reconocimiento en la sociedad. Con ese impulso, Ricardo consiguió desembarcar apenas unos meses después en el Congreso.

Pero su militancia en la UCR no comenzó con los cargos. Su primer desafío militante fue la campaña presidencial que llevó a su padre a la Casa Rosada. Con un perfil bajo, apenas se conocieron unas pocas noticias suyas cuando era "el hijo del Presidente". En una entrevista con LA NACION, Ricardo comentó que hizo lo imposible para mantenerse aislado de la exposición pública, pero que acompañaba a su padre en todos los momentos en que las circunstancias lo permitían.

"Recuerdo que una vez me subí a un taxi. Y el chofer me empezó a hablar mal del gobierno de mi padre. ¡Pero sin ningún fundamento! Así nomás, lanzaba acusaciones. Hasta que en un momento no me aguanté más y le dije: «Pero usted qué sabe del gobierno. ¿Tiene pruebas de lo que está diciendo? ¿Le consta? ¿O repite por repetir?", grita Alfonsín, mientras recuerda la anécdota.

Vuelve a su voz baja y enseguida pega otro grito. "Sí, soy calentón. ¡Pero cómo no lo voy a ser! No soporto la gente sin honestidad intelectual", reconoce. Y retoma su habitual expresión. Mueve las manos, golpea la mesa y se ríe de los consejos que le dan sus asesores cuando tiene que hablar ante las cámaras.

"La noche de la victoria radical, prefirió no pasar por el comité para festejar el triunfo de su padre. Escuchó el discurso en su casa."
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Nació y se crió hace 59 años en Chascomús, provincia de Buenos Aires. Fanático de la lectura, Alfonsín comenzó su carrera de abogado en La Plata, pero no tardó en trasladarse a la Capital para continuar sus estudios en la UBA. Mientras tanto, trabajaba, según sus palabras, como "vendedor ambulante."

Con la llegada de la dictadura militar, fue docente de Educación Cívica. Ahí, dejó el programa de lado y enseñaba con las noticias del día. "Era medio esquizofrénico, porque la materia hablaba de la Constitución y de la división de poderes, pero nada de eso ocurría. Yo prefería explicarles cómo debían hacerse las cosas tomando ejemplos de la realidad", recuerda.

En Chascomús también encontró el amor. Se casó con Cecilia Plorutti, con quien tuvo cuatro hijos. "Al principio tuve que laburar mucho, porque no me querían abrir la puerta. Después de insistir e insistir, lo logré", dice, sobre su conquista sentimental.

La llegada de la democracia, el 30 de octubre de 1983, le despertó felicidad pero no euforia. La noche de la victoria radical, prefirió no pasar por el comité para festejar el triunfo de su padre. Escuchó el discurso en su casa, mientras reflexionaba sobre las dificultades que vendrían. "Siempre pensé que el radicalismo no iba a salir indemne de esa transición democrática. Así y todo, en un contexto negativo [la hiperinflación] en las elecciones de 1989 sacamos el 38% de los votos. ¿Te imaginás hoy lo que daríamos por tener esa cantidad de votos?", dice, con una sonrisa melancólica.

"El hijo del Presidente"

Durante sus años como "hijo del presidente" tomó los mayores recaudos para pasar inadvertido. Según recuerdan sus amigos militantes, en cada presentación pública de su padre, elegía los lugares más alejados del atril, lejos de los flashes, perdido en la multitud. Tampoco aceptaba notas periodísticas.

Intentaba mantenerse lo más cerca de su padre en la intimidad. Algunos días lo pasaba a saludar por la Casa Rosada pero, sobre todo, los fines de semana, cuando se instalaba en la residencia de Olivos.

"Qué embole que me pegaba. Era muy aburrido porque no había nada para hacer. Había cancha de tenis, pero a mí no me gusta. Había pileta, pero… ¿Cuánto tiempo podés pasar en la pileta? ¿Y en invierno? ¡Por favor!", relata, entre risas. Sus gestos, sus tonos y sus expresiones lo llevan a relatar las anécdotas de su vida casi como un actor en escena.

"Comíamos juntos y a veces íbamos al microcine de Olivos para mirar alguna película. Pero no teníamos mucho tiempo juntos", indica. La lectura, su pasión, también acompañó a Ricardo mientras esperaba que Raúl saliera de las reuniones.

También su padre influyó en esa obsesión por la lectura. De joven, el ex presidente le pedía a su hijo que recite de memoria los versos del escritor español Miguel de Unamuno en el baño, mientras él se duchaba. Y esa especial relación que mantuvo con su padre, se forjó a base de textos.

""Que nadie pretenda hacernos creer que se dio cuenta que era difícil después del 14 de agosto", lanzó Alfonsín."
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"Me llamaba poderosamente la atención cómo Raúl le daba sus escritos a Ricardo, cómo intercambiaban ideas y cómo debatían cuando no estaban de acuerdo. Tenía un enorme respeto intelectual por su hijo", rememora Rubén Ezeiza, amigo desde hace décadas.

La muerte de su hija Amparo, en un trágico accidente ocurrido en 2004, lo alejó por un tiempo de la política. Algunos meses más tarde, continuó con su militancia.

En las travesías por las rutas argentinas en los viajes de campaña, Alfonsín fue bautizado como "el primer empujador". "Andábamos con un auto suyo que arrancaba cuando tenía ganas y muchas veces se nos encajaba. Un día quiso acortar camino por una ruta de tierra. Fue un viaje más encajado que andado. Con el barro hasta la rodilla, extenuado, Ricardo seguía empujando. Es admirable esa fuerza, ese empuje que tiene", destaca su amigo.

Y explica que esa misma fuerza tuvo que utilizar para librarse de la estigmatización que supone ser "el hijo de…". "Siempre tuvo que pelear con ser el hijo de Alfonsín. Su victoria estuvo en nunca despersonalizarse", analiza Ezeiza.

Algunos años después, las curvas de la política argentina lo pusieron en un desafío aún mayor: arrebatarle el poder a Cristina Kirchner, casi una quimera, según él mismo reconoció.

Por lo pronto, Alfonsín comenzó a transitar el camino de la autocrítica, aunque no exento de las advertencias. "Que nadie pretenda hacernos creer que se dio cuenta que era difícil después del 14 de agosto", desliza. Mientras soporta los reproches por la alianza con Francisco de Narváez y por el fallido acuerdo con Hermes Binner, Alfonsín no deja de empujar, aunque las cartas ya estén echadas.

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