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México violento: voces que se alzan contra el miedo.

Decapitaciones, fosas comunes y ajustes de cuenta. Desde que el presidente Calderón declaró la guerra a los carteles de la droga, suman ya más de 50.000 las muertes asociadas a la violencia del crimen organizado. Después del asesinato de su hijo, el poeta Javier Sicilia, junto con otros familiares de víctimas, busca sacudir la conciencia de la sociedad mexicana y llevar a las calles la indignación

Domingo 23 de octubre de 2011
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Si los pasos devolvieran la vida, los 50.000 muertos que ha dejado la llamada "guerra contra el narcotráfico" en México en los últimos cinco años saldrían de las tinieblas. Pasos como los que ha dado el poeta Javier Sicilia desde que unos sicarios asesinaron a su hijo este año. Su movimiento por la paz ha recorrido el país de punta a cabo. Once mil kilómetros para ponerles nombre a los muertos. Once mil kilómetros para reclamar al gobierno justicia y un cambio en su errática estrategia contra el crimen organizado. Miles y miles de pasos con un solo objetivo: remover la conciencia de la sociedad mexicana para exigir, sin miedo, el fin de una violencia que parece interminable.

El drama de Sicilia es el mismo de miles de mexicanos, víctimas de una violencia desenfrenada. Mexicanos con nombre, como Juan Francisco, el hijo asesinado del poeta, y mexicanos "sin nombre", cientos de personas enterradas sin identificar o desaparecidas porque ningún poder público se ha preocupado de confeccionar una lista de víctimas.

México, lindo y fallido, se desangra en cada esquina. Pero algunas voces, como las que hablan para Enfoques, no han perdido la esperanza. Por cada bala disparada, en algún rincón del país resuena el grito decidido de "¡basta ya!". Claman contra los crímenes de los carteles, sí, pero sobre todo se indignan por la actitud de una clase política carcomida por la corrupción e incapaz de encarar el problema del narcotráfico de otro modo que no sea el puramente represivo, obviando los factores que lo alimentan: la pobreza, la desigualdad social, la corrupción, el lavado de dinero?

A Juan Francisco Sicilia, un joven de 24 años, lo torturaron y lo estrangularon hasta la muerte junto a otras seis personas el pasado 28 de marzo. Los cadáveres aparecieron maniatados en un auto a las afueras de Cuernavaca, la ciudad de la "eterna primavera", como la definió Humboldt, villa apacible en su día y atormentada hoy por las balas del cartel de los Beltrán Leyva. Como suele ser habitual, los sicarios dejaron un mensaje junto a sus víctimas. Los acusaban de ser confidentes del ejército, algo que nunca se ha probado. De momento, hay tres detenidos, pero todavía no se ha esclarecido el móvil de los asesinatos.

La muerte de Juan Francisco Sicilia marcó un antes y un después en la respuesta de la sociedad civil ante la violencia generada por la "guerra contra el narcotráfico". Javier Sicilia se encontraba de viaje en Filipinas cuando se perpetró el atentado. Al llegar a México, le dedicó un poema a su hijo, los últimos versos que -dijo- escribiría. Porque ahora Sicilia sólo quiere caminar, dar un paso detrás de otro en busca de nombres, de respuestas, de soluciones. El Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad nació de ese impulso y ya ha realizado dos giras por todo el país. La primera, hace tres meses, por el norte del país. La segunda, en el Sur, concluyó hace unos días. Y la tercera ya está en la mente del poeta.

"Tenemos que seguir porque los muertos continúan, la violencia recrudece, han irrumpido grupos de paramilitares y el miedo y la inseguridad están a flor de piel." Sicilia, 55 años, habla pausadamente, con un tono grave, como si estuviera declamando un soneto de Alfonso Reyes. Pero está denunciando crímenes horrendos. Desde Monterrey, donde participa en una reunión con la fiscalía general de Nuevo León para interesarse por casos de desaparecidos, Sicilia explica la importancia de seguir reclamando justicia: "Nuestro movimiento está intentando sensibilizar a la sociedad para que se organice, y poco a poco se ven avances, pero hay también mucha impotencia porque todos los días tenemos personas decapitadas, y la gente empieza a perder la esperanza". La voz de Sicilia revela un punto de agotamiento: "Falta muchísimo todavía, hay grandes cargas de terror y de idiotez también en los partidos políticos; somos un país muy complejo y los distintos gobiernos y los medios contribuyeron a que no emergiera una verdadera conciencia ciudadana".

El fenómeno del narcotráfico lleva varias décadas asfixiando a la sociedad mexicana. Pero nunca como en los últimos cinco años, en los que la cifra de muertos se disparó. Nada más llegar al poder, en diciembre de 2006, el presidente Felipe Calderón, del conservador Partido de Acción Nacional (PAN), decidió afrontar el problema desplegando el ejército en las zonas más castigadas por la violencia. Una estrategia desastrosa que no ha logrado debilitar a los grandes carteles (Sinaloa, Los Zetas, Tijuana, Juárez, Golfo, Beltrán Leyva y La Familia) y ha sembrado el país de cadáveres. A pesar de que el discurso oficial insiste en que en la "guerra contra el narcotráfico" la mayoría de los 50.000 muertos son sicarios de los propios carteles, las víctimas civiles se cuentan por miles. Según las organizaciones de derechos humanos, entre las "bajas" de esta sangría humana hay 1400 niños, además de 10.000 desaparecidos y más de 200.000 desplazados. Ni la guerra de Afganistán arroja una estadística tan negra. "Mire bien nuestros rostros, señor presidente, ¿le parecemos bajas colaterales, números estadísticos, el uno por ciento de los muertos? Usted debe pedir perdón", le espetó Sicilia a Calderón en junio, en el primero de los dos encuentros que ha mantenido con el mandatario. Y hace diez días, cuando el presidente convocó a su movimiento de nuevo en el castillo de Chapultepec, Sicilia insistió: "Las bajas colaterales tienen historia y nombre", una frase que el poeta repite en la conversación con Enfoques.

Historias como la de su hijo o como la de los cuatro hijos asesinados de María Elena Herrera, que ahora acompaña al poeta en su particular cruzada. Historias como la de Marisela Escobedo, cuya hija de 16 años fue asesinada en Ciudad Juárez en 2008. Marisela reclamó justicia para su hija allá donde pudo. Ignorada, se plantó ante el palacio de gobierno de Chihuahua, durmiendo en la vereda, y allí mismo fue ejecutada un día de diciembre de 2010.

Hay otras historias a las que, sin embargo, el narcotráfico no ha logrado ponerles el punto final. A Jaime Rodríguez Calderón le llovieron 2500 balas mientras se protegía en su automóvil blindado de un ataque narco lanzado desde una caravana de dieciséis vehículos con hombres armados. Rodríguez, 53 años, es el intendente de García, una ciudad de 200.000 habitantes que no está en Libia sino en el estado de Nuevo León, fronterizo con Estados Unidos. Uno de sus escoltas murió en la balacera. Ese fue uno de los tres atentados que ha sufrido Rodríguez, un político del opositor Partido Revolucionario Institucional (PRI) que al llegar a su despacho en 2009 tomó una decisión que le pudo costar la vida: "Tuve que echar a los 300 policías que tenía a mi servicio porque todos trabajaban para Los Zetas", comenta Rodríguez en conversación telefónica. Y el crimen organizado quiso pasarle factura: "Salí con suerte de los tres atentados, bendito Dios", se congratula el alcalde, que antepone su obligación como funcionario público al miedo que reconoce haber sentido por plantarles cara a los carteles: "Los sacamos de nuestra ciudad y no van a regresar". Rodríguez sustituyó a toda la policía por agentes de su confianza y promovió programas sociales para los jóvenes, carne de cañón de la que se nutren las milicias del hampa en muchas ciudades del norte de México. Pero al contrario que Sicilia, Rodríguez cree que la mano dura también es necesaria para acabar con la violencia. "El movimiento de Sicilia es positivo para que la autoridad sea sensible con el problema, pero a los delincuentes no se los va a frenar mandándoles florecitas o poemas; hay que exterminarlos", advierte.

Netzaí Sandoval, sin embargo, no cree que el exterminio sea la solución. Este abogado mexicano ha congregado a intelectuales, académicos y defensores de derechos humanos para llevar adelante una acción audaz: denunciar a Calderón, a varios funcionarios de su gobierno y a capos de la ralea de Joaquín "El Chapo" Guzmán, líder del cartel de Sinaloa, ante la Corte Penal Internacional. "Recientemente, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) ha expresado que debe haber una hoja de ruta para el regreso del ejército a los cuarteles; los soldados han asesinado a civiles, a niños", denuncia Sandoval desde Ciudad de México, donde la violencia quirúrgica del crimen organizado no se siente tanto como en otras ciudades del país.

Con aval norteamericano

Para los firmantes de la carta y para algunos expertos en narcotráfico, la estrategia de Calderón de militarizar el conflicto está respaldada por Estados Unidos, interesado en considerar a los carteles como una forma de terrorismo para aplicar la "solución armada", en palabras del escritor Sergio González Rodríguez. "El despliegue del ejército no es la solución; el narcotráfico es un problema transnacional; hemos propuesto atacar el lavado de dinero, enfocar el consumo de drogas como un problema de salud pública, invertir en programas sociales para los jóvenes", proclama Sandoval. Y recuerda: "Calderón no escucha, no ha puesto en marcha ninguna de esas iniciativas".

Propuestas que coinciden con las del movimiento de Javier Sicilia, que ha convocado una gran marcha para fin de este mes con la consigna de repudiar una vez más la "guerra contra el narcotráfico". Será otro paso más en su infatigable búsqueda de la paz, de la justicia, de la dignidad. La fecha coincide con los días en que los mexicanos recuerdan a sus muertos. "Nosotros honraremos a nuestros 50.000 muertos", subraya el poeta. Dentro de un tiempo volverá a recorrer el país, a sumar kilómetros, a dar todos los pasos que sean necesarios para seguir nombrando a los muertos: "Ojalá pueda ver un país con justicia, entonces podré escribir versos para mi hija, para mis nietos, para mi país". Ojalá vuelva a México la poesía.

LAS CIFRAS DE LA GUERRA

50.000

Son los muertos que ha dejado la "guerra contra el narcotráfico" desde diciembre de 2006 (mandato de Calderón)

1400

Los niños que, según las organizaciones de derechos humanos, han muerto en el conflicto desde entonces.

10.000

La cifra de personas desaparecidas, según el Movimiento Paz con Justicia y Dignidad, de Javier Sicilia

230.000

Los desplazados por la violencia de los carteles y los abusos del ejército en las zonas más castigadas por la violencia.

45.000

Son los soldados desplegados por el presidente Calderón desde 2006 para combatir a los carteles.

7

Son los grandes carteles: Sinaloa, Los Zetas, Juárez, Tijuana, Golfo, La Familia y Beltrán Leyva.

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