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Dr. House: el náufrago emocional

Así define Hugh Laurie al personaje de la serie que esta semana comienza una nueva temporada

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PARA LA NACION
Domingo 23 de octubre de 2011
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Nueva York.- El doctor Gregory House terminó su séptima temporada muy mal, incrustándose con su auto en el living de su ex novia y ex jefa. Y empezará la octava temporada todavía peor, en la cárcel, obligado por los capos del pabellón a entregar los calmantes que toma contra el dolor crónico de su pierna. Ha tenido un año pésimo, de esos que obligan a uno a hacerse grandes preguntas. ¿Vale la pena ser tan gruñón y sarcástico y tan exigente con los demás? ¿No debería intentar, por una vez, ser más agradable y más comprensivo? ¿No me merezco yo también ser feliz? Todos estos interrogantes, perfectamente válidos para personas razonables, no se aplican a House, que seguirá siendo, en la cárcel y fuera de ella, el mismo cabezadura insoportable y fascinante de siempre.

Cuando La Nacion le preguntó el miércoles pasado si esta nueva temporada de Dr. House (que se estrena en la Argentina el jueves 27, a las 22, en Universal Channel) era una oportunidad para ver una nueva faceta, más humilde o más derrotada de su personaje, Hugh Laurie se rascó por un segundo la barba y después dijo: "Nunca pensé a House como un tipo que le diera mucha importancia a la felicidad. No me parece que la felicidad sea un objetivo fundamental de su existencia". Y agregó: "Pero sí creo que es capaz de vivir momentos de gozo y que es capaz de sentir la adrenalina de la caza, el desafío de solucionar un problema. Eso es lo más parecido que llega a la felicidad". Algo parecido había dicho un rato antes David Shore, el creador de la serie: House es como es y es improbable que cambie, posiblemente para satisfacción de sus más de 60 millones de fans en todo el mundo, que lo quieren así como es, huraño pero querible, impiadoso pero honesto.

A pesar de esto, en el tercer episodio de esta nueva temporada algo parece quebrarse dentro de House. Dos veces recomienda -a un paciente millonario y súbitamente altruista y a una ex empleada indecisa sobre si volver a trabajar con él- que dedicarse a la familia y ser feliz es más importante que salvar el mundo. "Es cierto, pero House no necesariamente aplicaría estos consejos a su propia vida", dijo Laurie en el set de Dr. House , en Los Angeles, en uno de los estudios de 20th Century Fox. Ese es entonces el único progreso visible: House ahora admite que el runrún de la felicidad y la vida cotidiana puede ser beneficioso para otras personas, aunque no todavía para sí mismo.

NUEVO EQUIPO. El conflictivo médico tendrá un nuevo jefe, Eric Foreman, que antes fue su subordinado
NUEVO EQUIPO. El conflictivo médico tendrá un nuevo jefe, Eric Foreman, que antes fue su subordinado. Foto: Universal

Lo que sí tiene House es nuevo equipo y nuevo jefe. El jefe es Eric Foreman (Omar Epps), que durante siete años había sido subordinado suyo y ahora se irrita y se frustra ante House de la misma manera que antes se irritaba y se frustraba su antecesora, Lisa Cuddy. Foreman es quien permite a House obtener la libertad condicional, pero le paga sólo el salario mínimo y le da la mitad del presupuesto que tenía antes. House arma entonces un equipo con una médica joven que conoció en la cárcel (la colombiano-cubana Odette Annable) y con una recién graduada, hija de inmigrantes coreanos (la comediante Charlyne Yi), descartada del departamento de neurología por pegarle una piña a su jefe. Ninguna de las dos necesitará mucho entrenamiento: en un par de minutos ya están metidas en el típico ping-pong verbal de Dr. House , con los médicos cruzándose observaciones y acusaciones que los espectadores apenas entienden pero pueden suponer, mirándoles las caras, quién va a tener razón y quién no.

Laurie, que estudió en la Universidad de Cambridge y de joven fue uno de los comediantes más exitosos de Gran Bretaña, conversó con La Nacion en la cafetería del ficticio Hospital Princeton-Plainsboro, sentado en una sillita alta de madera, delante de dos termos ficticios de café, bols ficticios de ensalada, croissants de plástico y menús con precios para productos inexistentes. En la cafetería de Dr. House , un café expreso costaría (si hubiera) 1,45 dólares, un dólar menos que en el mundo exterior.

En el poco tiempo libre que le deja la serie, Laurie dedica mucha energía a la música: toca el piano desde chico y este año editó un disco de blues que llegó a Disco de Oro en Gran Bretaña. En la entrevista es gracioso y muestra sentido del humor, casi siempre para burlarse de sí mismo o de House. Aunque lleva ocho años hablando sobre su alter ego, intenta esforzarse por responder las preguntas como si se las hicieran por primera vez.

-¿Por qué cree que House es tan cabezadura? ¿No fue acaso su falta de empatía lo que lo llevó a la bronca y a la cárcel?

-Sí, eso es así. Y la experiencia de la cárcel va a estar con él para siempre. Pero con House la cuestión es tratar de regular los varios demonios que compiten dentro suyo, para ver si puede encontrar una manera de existir que lo mantenga lejos de los problemas y le impida seguir haciéndose daño a sí mismo. Pero lo dudo. Dudo que lo consiga.

-¿Aún a pesar de que parece haber aprendido a dar buenos consejos de vida?

-Sí. La sensación con House es que el barco de la felicidad zarpó sin él, que a él lo dejaron en el muelle. Otras personas sí tienen pasaje para ese barco y él lo sabe, y por eso ve a todas estas personas navegar en distintas direcciones. Igual digo: no es que House esté geográficamente abandonado, sino que es más bien una especie de náufrago emocional, abandonado en su propia isla de problemas. Es así: es un tipo que tiene sus momentos de alegría y es un personaje intenso, pero creo que nunca le van a dar un pasaje para ese barco.

-¿Y cómo es, comparativamente, la felicidad de Hugh Laurie? Hace poco se publicó que era el actor mejor pago de la televisión de los Estados Unidos.

-Antes que nada, dudo de que eso sea verdad. Y segundo, seguramente no soy el primero en observar que el dinero no compra la felicidad. Me siento muy afortunado, increíblemente afortunado, pero los humanos, vos sabés, somos una especie muy peculiar. Nuestro estado de ánimo no sólo está determinado por cuestiones exteriores. De hecho, hay varios estudios sobre personas que han tenido mucha mala suerte, como perder una pierna en un accidente, y de personas que han tenido mucha buena suerte, como ganar la lotería, y se ha visto que el tipo que perdió una pierna está deprimido un mes entero y el que ganó la lotería está eufórico un mes entero. Pero que después los dos vuelven al estado de ánimo donde estaban antes. Esto es un fenómeno conocido, y yo creo que de hecho somos así. En la vida nos pasan cosas buenas y malas, pero en el somos lo que somos. Nuestra vida anterior es prácticamente impenetrable.

-Ocho temporadas son muchas. ¿No está un poco cansado de House?

-No estoy cansado de interpretar al personaje. Pero hay muy pocas cosas en la vida que uno quiere hacer 16 hora por día, todos los días. Ni siquiera el sexo o la comida. El ritmo de trabajo es a veces abrumador. Al revés que en una película o una obra de teatro, donde uno puede ver el final, aquí nunca es así. Aquí la sensación es que cualquier cosa que hagas, cualquier problema que solucionas, viene otro problema inmediatamente detrás

-Quizá la música le sirve entonces para compensar.

-Eso probablemente sea cierto, ¿sabés? Algunas noches llego a casa y me pongo a tocar el piano. Es una muy buena manera de relajarme: sentarme en el piano y molestar a los vecinos.

En el estudio, casi un hospital de verdad

En medio de la pradera urbana de Los Angeles, a mitad de camino entre Hollywood y las playas de Santa Mónica, está Century City, un distrito comercial y de oficinas construido alrededor de los estudios de la 20th Century Fox, que son a su vez otra miniciudad con sus propias calles y avenidas internas. Algunas de estas calles todavía están vestidas como decorados de películas viejas: camino al estudio donde se filma Dr. House , y muy cerca de donde se filma New Girl , la nueva serie con Zooey Deschanel, uno podría imaginarse, si tuviera ganas, en la Chicago de los años 30 o en un diner típico de Nueva York.

El estudio de Dr. House , uno de los más grandes del predio, está diseñado casi como si fuera un hospital de verdad. Se puede caminar por larguísimos pasillos bordeados por puertas falsas pero con nombres verdaderos: en la lista de benefactores, una placa de plata agradece, entre muchas otras personas, a un tal "Luis XVI". Para el quirófano, los productores compran cada año el último equipamiento disponible. Lo mismo pasa con los equipos de tomografías computadas, que desde afuera parecen nuevos pero por dentro están vacíos. Hay máquinas expendedoras de bebidas que no aceptan monedas, y carteles que anuncian -Pediatría, Administración, Oncología- oficinas inexistentes. Los ascensores tienen las luces prendidas y las puertas abiertas: sus botones, lamentablemente, no llevan a ningún lado.

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