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La patria fría

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LA NACION
Domingo 23 de octubre de 2011
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Dramaturgia y letras: Andrés Binetti y Mariano Saba. Dirección y luces: Andrés Binetti. Interpretes: Marcelo Aruzzi, Natalia Bavestrello, Oscar Cayon, Ezequiel Lozano, Osvaldo Djeredjian, Juan Pascarelli, Eduardo Peralta, Mariano Saba. Asistencia de dirección: Michelle Wejcman. Escenografía: MAagalí Acha. Vestuario: Ana Algrabati. Sonido y música: Guillermina Etkin. Sala: Anfitrión (VENEZUELA 3340). Funciones: Sábados, a las 19, y domingos, a las 20.30. Duración: 70 minutos Nuestra opinión: bueno.

La patria fría es una de las producciones inéditas ganadoras del Concurso de Proyectos Teatrales que el FIBA organizó junto con el INT (Instituto Nacional del Teatro). La propuesta es llamativa y por demás novedosa. Los espectadores entramos a una suerte de trastienda de circo, un espacio circular característico, con las paredes cubiertas por esa lona clásica de rayas rojas y blancas y ese olor tan particular, a circo, a pelopincho, a verano, a fiesta. Y ahí, en el centro, están los actores. Nosotros participaremos de sus internas, no en las sombras, sino con un poco más de protagonismo, aunque, claro, debemos tener en cuenta que los actores están muy cerca y nuestros movimientos pueden, de repente, mandarnos directamente a escena.

Se trata de una compañía de circo pobre, muy pobre, de los años 50 que viaja de pueblo en pueblo tratando de llevar alegría, pero con pocos recursos, así que todo cuesta el doble. Esa noche, además y para mayor dificultad, a ese mismo rincón perdido en la pampa argentina llega otro tren, el oficial, el solidario de Eva Perón. Este tren, más popular, regala cosas y la gente está de fiesta. La competencia entonces será brava y ellos tienen todas las de perder.

La gracia y lo significativo de esta propuesta es que justamente no veremos al circo en funcionamiento sino los entretelones de éste, las relaciones entre sus participantes, las peleas, las internas, los nervios antes de salir a escena, y, de alguna manera, los espectadores presenciamos lo que siempre se nos oculta. En este giro inusual, la obra se atreve a hablar del teatro mismo y de sus costumbres, las ansiedades y los miedos de que el público llegue, el amor y el odio a la figura del crítico, la venta de entradas, todo el folklore que rodea al hecho artístico mismo, los sentimientos verdaderos de los actores que pocas veces son contados en escena.

Los números circenses se van sucediendo y nos vamos enterando que cada uno es peor que el otro, están en decadencia y no saben cómo salvar esa noche, el público se va yendo, y los que quedan parecen ofuscados y con ánimos de querer pedir el reembolso de sus entradas.

Con música en vivo, por momentos, la obra sumerge al espectador en un clima de alegría, pero inmediatamente los problemas de los personajes arrojan una ola de profundidad. Como un modo de reactualizar el género grotesco, La patria fría pivotea entre lo cómico y lo trágico para poder hablar así del ser humano y sus contradicciones, al tiempo que nos permite reírnos, o por lo menos practicar un esbozo de sonrisa.

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