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Los asesinos de Ramírez

Precisión y fuerza en una obra delirante, con interesantes trabajos interpretativos

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PARA LA NACION
Lunes 24 de octubre de 2011
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Dramaturgia y dirección: Rubén de la Torre / Interpretes: Gonzalo Villanueva, Cristian Pasman y Rodolfo Stoessel / Escenografía y vestuario: Soledad Gonzalez / Iluminación: Lucas Orchessi / Asistencia técnica: juan Salvador De Tullio / Sala: La Mueca, Córdoba 5300 / Funciones: viernes, a las 21 / Duración: 55 minutos Nuestra opinión: buena

Un mundo de elucubraciones. El juego que plantea Los asesinos de Ramírez abre las puertas a la imaginación de cada espectador. Nada está del todo definido, por lo que el Ruso y Walter -los personajes centrales de la historia- bien podrían ser investigadores privados, delincuentes en fuga, potenciales asesinos, ingenuos vecinos del consorcio o delirantes creadores de hipótesis absurdas.

Durante gran parte de la obra, los dos personajes a los que les ponen el cuerpo Gonzalo Villanueva (el Ruso) y Cristian Pasman (Walter) deambulan entre imágenes persecutorias y paranoides que los exponen -supuestamente- a potenciales peligros. Lo dicho: nada está del todo definido. Y es precisamente en ese juego donde está el gran hallazgo de este trabajo, como dramaturgo y director, de Rubén de la Torre.

Cristian Pasman y Gonzalo Villanueva
Cristian Pasman y Gonzalo Villanueva. Foto: LA NACION

La contradicción a flor de piel; el ida y vuelta a un paso de distancia; lo que es y no es en cada situación. El delirio que crean estos dos personajes casi sin darse cuenta convierte lo que ellos viven como un drama en una comedia desopilante, aunque también deja de serlo en un instante.

La realidad como una construcción mental podría ser la cuerda por la que intentan ir estos seres que terminan siendo sumamente vulnerables. El trabajo de director de De la Torre es preciso en esto de hacerlos mutar una y otra vez de manera sutil, pero con fuerza. Allí se destaca la composición que hace Villanueva de su Ruso; Pasman lo sigue bien, pero su personaje tiene menos posibilidades de lucimiento. Igualmente, en uno y en otro -por momentos- se percibe cierta efervescencia que va más allá de lo que marcan las circunstancias.

La obra cuenta con un valioso trabajo técnico en cuanto a puesta y dispositivo escénico que le sigue los pasos -consecuentemente- a la trama. En definitiva, Los asesinos de Ramírez se instala como un comedia que troca en drama y que congela la risa del espectador (abierta y franca en un momento) y deja un sabor amargo.

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