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Ya consiguió todo el poder, ahora debe despejar las incertidumbres

Lunes 24 de octubre de 2011
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PARA LA NACION
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Nunca antes en estas casi tres décadas de transición a la democracia los argentinos decidieron otorgarle tanto poder a un presidente. Y existen muy pocos antecedentes de tamaña concentración de recursos en toda la historia argentina. Lo haya buscado o no, lo cierto es que Cristina Fernández de Kirchner cuenta ahora con una hegemonía política que, como tal, tiene también su correlato en múltiples aspectos culturales. En este contexto, surgen un conjunto de interrogantes que atravesarán los próximos años de la vida institucional y económica de la Argentina y que, dadas las características del sistema político, ponen de manifiesto que toda la iniciativa está en manos de la reelecta presidenta.

En primer lugar, ¿qué estilo le imprimirá Cristina a su segunda presidencia? Con todo el poder en sus manos, la clave consistirá en establecer una agenda de prioridades y en designar a un conjunto de colaboradores en los cuales delegar las respectivas responsabilidades. Hasta ahora, los gabinetes de los Kirchner han tenido un papel muy limitado -se han tratado, obviamente, de "gobiernos de Presidente"-. Existe bastante expectativa, sobre todo entre los actores económicos, acerca del próximo gabinete. Por eso, de esas designaciones se harán muchas especulaciones respecto de potenciales rumbo de acción: "profundizar el modelo" puede haber sido un eslogan útil para la campaña electoral, pero resulta demasiado impreciso para calmar la ansiedad de múltiples actores del sistema económico. La fuga de capitales, la inversión, la inflación y la creación de empleo genuino dependen en gran medida de estas definiciones. Otro de los atributos del estilo de la Presidenta remite a las formas que privilegiará. Mucho se habla de un eventual pacto social para moderar expectativas inflacionarias y alargar los horizontes temporales. Intentos anteriores han fracasado antes de nacer, y no sólo durante los dos gobiernos K. Es cierto, sin embargo, que la oportunidad existe y que el liderazgo de Cristina podría facilitar avances significativos. ¿Será un acuerdo negociado por las partes o impuesto por el gobierno?

El segundo interrogante remite a la dinámica de confrontación que caracterizó a los gobiernos K. Dada la debilidad de origen y la crisis de mayo de 2003, puede entenderse que Néstor Kirchner desplegara sin muchos tapujos sus tácticas de choque como forma de afirmar su autoridad. Y luego del conflicto con el campo, Cristina sobrevivió dos largos años de impopularidad y desasosiego, incluida la derrota electoral de 2009. Con su capital político tan debilitado, la confrontación sirvió para reafirmar la identidad kirchnerista y cementar la recuperación del proyecto K.

Con la muerte de Kirchner y la inesperada ola de empatía que recogió la Presidenta, hubo un gran cambio en su discurso: detuvo los embates y repitió mensajes de unidad antes y sobre todo durante la campaña electoral, mientras sus funcionarios continuaban con la dinámica de combate y agresión. ¿Seguirá a partir de ahora el mismo desdoblamiento de roles? Junto al eventual llamado al pacto y a la moderación en los reclamos de precios y salarios, ¿continuará el Gobierno la agresión a los medios de comunicación independientes y a los economistas que calculan la inflación?

En tercer lugar, muchos observadores sostienen que los grados de libertad que tendrá la próxima gestión para seguir desarrollando sus estrategias económicas y políticas estarán determinados por el impacto y la duración de la crisis internacional. Dada la incertidumbre en este plano, es difícil hacer pronósticos o plantear escenarios contingentes. Sin embargo, esa visión supone que los sectores que disienten con el kirchnerismo seguirán fragmentados y pasivos. Es decir, que ningún actor de la oposición, ningún sector de la sociedad civil, incluso ningún integrante disconforme del oficialismo tendrá la oportunidad o la capacidad de generar una alternativa.

Tal vez ambas cosas puedan estar relacionadas: el potencial desgaste que experimente Cristina generará oportunidades para que se reconstruyan las fuerzas de oposición. Pero nunca la historia está escrita de antemano ni, mucho menos, termina como resultado de aparentes hegemonías. Se equivocaron, y cómo, los que confundieron la caída del Muro de Berlín con el fin de la historia. Se pueden equivocar también los que confunden una elección casi plebiscitaria, o una hegemonía temporal, con un poder eterno, indestructible, consolidado.

El autor es director de Poliarquía

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