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Los Juegos Panamericanos

Escalera al cielo

Deportiva

El seleccionado de handball inaugura otra era tras el oro en Guadalajara; postales inolvidables de una noche dorada de interminables festejos; Londres 2012, el desafío que ya se empieza a vivir

Por   | LA NACION

GUADALAJARA.- En alguna baldosa de esta ciudad podría inscribirse con letras de molde: "Aquí, en la noche del 24 de octubre de 2011, se refundó el handball argentino". Imposible olvidar la victoria del seleccionado ante Brasil por 26-23, que significó el aterrizaje a los Juegos Olímpicos por primera vez en la historia. Y cómo no recordar las sucesivas postales que llevaron a esta consagración única, válida no sólo por una medalla dorada, sino también por el pasaje a Londres 2012, un logro todavía más importante.

Con la sangre aún caliente y los ojos enrojecidos, Andrés Kogovsek atinó primero a apretujar un balón bien fuerte con su mano derecha. Miraba a esa obsesión que es la pelota -preferentemente incrustada en la red- y no cabía en su felicidad. Un hombre profundamente creyente como él no debía darse por vencido, después de tantos años de lucha en este deporte. Sabía Cogote que esta finalísima con Brasil era el despegue definitivo o la sumisión a objetivos más humildes, como sucedió durante largos procesos con este equipo. "Si aluciné en la fiesta inaugural de estos Juegos Panamericanos, no me quiero imaginar lo que será la ceremonia en Londres. No puedo pedir más en la vida", agradeció El Gran Capitán, el mismo que creía que si perdían, la prensa descartaría el apodo de Los Gladiadores que surgió en el último Mundial. Claro, Kogovsek entiende cómo es el juego porque también es periodista.

Hace mucho tiempo que Diego Simonet se acostaba todos los días pensando en la final con Brasil. Pero Messi, tal como lo bautizó el diario L'Equipe, de Francia, liga en la que juega, no concilió el sueño la noche anterior. "Dormí cinco horas, creo. A las 5 de la mañana, me desperté y me acordé que no había rezado. Me quería morir. Me puse a rezar y me quedé pensando en la final, entonces ya no volví a dormirme. Después, quise tirarme a una siesta y tampoco; había ruido afuera", contó el Chino, talento puro. Si el marketing argentino aprovecha su imagen tendrá un negocio garantizado. Lo firma Sebastián, su hermano.

¿Cómo no iban a salir como leones a jugar en el estadio San Rafael? No sólo contaban con el apoyo de los varones y las mujeres del hockey, sino también con el afecto de muchos padres. Jorge Portela, Beto Carou y sus respectivas esposas, por ejemplo, caminaron ocho kilómetros desde el centro de Guadalajara, en todos los partidos, hasta sentarse a ver a sus hijos en las butacas del estadio, convertido en una caldera frente a Brasil. Además del respaldo, al plantel no le faltó incentivo: Guillermo Marino, ayudante de campo del entrenador Eduardo Gallardo, pasó un video que no falla al momento de motivar. Fue aquel de la película Un domingo cualquiera, de 1999, y dirigida por Oliver Stone, en la que Al Pacino protagoniza a Tony D'Amato y brinda una charla a su equipo antes de jugar el duelo que le puede dar la clasificación al Super Bowl.

Todo fue una fiesta cuando se selló ese inolvidable 26-23: cada jugador se subió a los balcones de plateas como si fueran hombres arañas. Y la cumbia ambientó luego ese camarín de la gloria, con Gonzalo Carou empapado, luciendo una bandera argentina enrollada al cuello y gritando por los 5000 euros que había prometido el Chino Simonet si el seleccionado se transformaba en olímpico. "¡Pará, pará, eran 500 y para gastar en una noche!", se atajó el delantero del Ivry francés. Siguieron los reclamos de Carou, ahora para el PF Guillermo Cazón, que había anunciado otro regalo: "Negro, dame mi iPad, cumplí tu apuesta. Nos debés una iPad a mí y al Tano [por Cristian Platti]." Enseguida, la última de Carou, en medio de esa locura de música pegadiza y agua salpicada en las cuatro paredes: "¡Viva Cristina, iPad para todos!".

Entre la euforia, un instante de silencio absoluto para rezar y besar la foto de Cristo pegada en la puerta del vestuario. Incluso, al mediodía, todos habían ido a la iglesia desde el Hotel Roma, concentración exclusiva para las semifinales y final. Platti se detuvo un minuto a pensar en aquella increíble final de Santo Domingo 2003 perdida frente a Brasil en el tiempo suplementario. Había llorado en esa ocasión, pero sus lágrimas de anteanoche reflejaron otro sentimiento: "Ésta es una alegría que me da el deporte por ser tan perseverante y nunca bajar los brazos. Jamás pensé que iba a tener una revancha a los 40 años, pero los sueños se cumplen".

Atribulado como pocos este seleccionado, pese a su potencial. Siempre postergado por Brasil, hasta hace dos días el dominador de la región en el handball. Por eso el orgullo de Eduardo Gallardo, que llevaba de la mano a su hijo Tomás de 12 años y trataba de mantener la compostura. "Preparamos este partido desde hace cuatro años. Nos costó mucho. Está bien puesto el apodo de Los Gladiadores, porque cuando la tienen difícil es cuando mejor juegan", confesó Daddy, que dispuso de 15 jugadores en estos Panamericanos, aunque hubo otros 15 tan buenos que se quedaron afuera.

"Che, pónganse lindos que me parece que nos van a dar una medalla de oro y hay que salir bien en la foto", anticipó Daniel Migueles, otro héroe. Fue el anuncio para subirse en lo más alto del podio, lo más parecido a una escalera al cielo para el handball argentino.

ESCANDALO Y EXPULSION EN LA VILLA

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