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Hombres perfectos

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PARA LA NACION
Domingo 06 de noviembre de 2011
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Afirmar que a las mujeres nos resulta más fácil que a los varones hablar de nuestros problemas es casi un lugar común. Aunque en lo personal todas hemos constatado esto con frecuencia, laboralmente tuve la prueba de ello hace unos años, cuando empecé a trabajar en lo que, esperaba, sería una colección de relatos de vida de quince hombres argentinos. Poco antes había publicado No somos perfectas, un libro en el que dieciocho mujeres hablaban sin tapujos sobre sus frustraciones, miedos, amores y desamores. El libro había vendido bien y la editorial aceptó con entusiasmo la idea de publicar su segunda parte natural: un volumen en el que un grupo de señores ilustres contaran sus vidas y dificultades.

Cobré el adelanto, hice una lista de los hombres que me gustaría que escribieran para el libro, y empecé a contactarlos. Casi todos aceptaron y, una vez que acordamos la fecha de entrega, me senté de lo más contenta a esperar sus textos.

En el libro de mujeres, ellas habían hecho gala de una sinceridad y una introspección sorprendentes. Escritoras, cantantes, directoras de cine, contaron para miles de lectores anécdotas íntimas relacionadas con la infidelidad, el paso del tiempo, la maternidad, los celos. Sin embargo, cuando llegó la fecha y los hombres empezaron a enviar sus escritos, el alma se me vino al piso: ¡los textos eran aburridísimos! Esos señores a quienes había convocado por la admiración que me causaban, se mostraban como protagonistas perfectos de vidas sin dobleces. Ninguno había sufrido por amor; la idea de ser infiel no se le había pasado a ninguno jamás por la cabeza. La obsesión de los celos, la timidez enfermiza, la pulsión del mujeriego, parecían situaciones propias de otra especie, otro mundo, otra galaxia.

Como si se hubieran puesto de acuerdo entre ellos, todos habían escrito acerca de su adolescencia. La confesión más dura tenía que ver con el temor a la masturbación. Un escritor a quien admiro dedicó diez páginas a contar su emoción al empezar a usar pantalones largos. Un dramaturgo hablaba extasiado acerca de los paseos con su primera noviecita. ¿Quién querría leer un libro así? Devolví el dinero del adelanto a la editorial y el proyecto quedó en la nada.

Desde entonces, de vez en cuando me pregunto cómo tendría que haber hecho para que el libro funcionara. Quizá eligiendo a otro grupo de hombres, me digo a veces. ¿O quizá les di consignas inadecuadas? Hace poco pensé que al fin había encontrado la respuesta cuando leí en el diario un titular que parecía contestar mis dudas: un grupo de psicólogos de la Universidad de Missouri, en Estados Unidos, acababa de publicar una investigación que pretendía explicar por qué los varones son más reacios a hablar de sus problemas que las mujeres. Leí la noticia con avidez y me enteré de que, después de haber entrevistado a más de dos mil niños y adolescentes desde 1998 hasta 2007, los investigadores concluyeron que lo que pasa es que a los varones, hablar de sus dificultades, les parece una pérdida de tiempo y los hace sentir incómodos.

"Las mujeres solemos pensar que hablar de nuestros problemas ayudará a resolverlos," explicó la psicóloga Amanda Rose, directora de la investigación. "Además, hablar nos hace sentir queridas, comprendidas y menos solas. En cambio, los varones suelen pensar que hablar de un problema sólo lo hará lucir más grande. Por eso, prefieren concentrarse en otra actividad y dejar de pensar en el asunto."

¿Trabajaron diez años y entrevistaron a dos mil personas para concluir que a los hombres les incomoda hablar de sus problemas? ¡Vaya noticia! Eso lo sabemos todas desde jovencitas... y también lo saben ellos. Cuando les escribí a los señores del libro contándoles que no se haría porque ninguno se había animado a contar algo jugoso, no se sorprendieron. Reproduzco algunas frases de los mails que me mandaron entonces: "Lo que sucede, Mori, es que a diferencia de lo que les pasa a ustedes, para los hombres no hay nada más aburrido que hablar de nosotros mismos," dijo uno de ellos.

Otro lo explicó así: "Según como se nos mire, todos los hombres somos unos maricones y, por consiguiente, elegimos con cuidado aquello que vamos a contar. Si hicieras una antología en la que se tratara de confesar cómo seduje y cayó a mis pies la vecinita de al lado, los cuentos te lloverían a montones; plagados de mentiras, claro."

¿Por qué será que les cuesta tanto asumir sus imperfecciones? A lo largo de los años, cada vez que he hablado del libro de mujeres con algún hombre y le he dicho que se llama No somos perfectas, siempre he recibido la misma respuesta. Como si se hubieran puesto de acuerdo entre ellos, unánimemente, con sonrisa ganadora, afirman: "Nosotros, sí".

De todo esto no se concluye nada. Tendrán que seguir investigando en Missouri por qué hombres y mujeres somos como somos. Por lo pronto, lo único seguro es que ser perfectos no sirve para convertirlos en personajes de un libro interesante. Es así, qué se le va a hacer: la perfección es aburridísima.

La autora es escritora

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