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El restaurante del fin del mundo

En lo que fue un pabellón de la cárcel de Tierra del Fuego ahora se sirve centolla con vino fino

Lunes 14 de junio de 1999

USHUAIA, Tierra del Fuego.- El patio del penal ya no huele a guiso tambero -así se denomina la comida que les dan a los presos-. Tampoco se ven los platos enlozados con una ración de polenta aguachenta ni se oye el ruido de los jarros metálicos chocando en un triste brindis.

Ahora, la vajilla es de porcelana, las copas de cristal están cargadas con un Dom Pérignon bien frappé y los tenedores van y vienen con la pulpa de una exquisita centolla fueguina.

La cárcel del fin del mundo, tal como se la conoce, hace medio siglo que dejó de albergar a los presos más peligrosos de la Argentina y hace pocos años que se convirtió en un museo asombroso, que tiene como uno de sus mayores sorpresas el restaurante Del Presidio.

Un poco de humor

Allí, Lino Adillón, un empresario gastronómico, volcó toda su creatividad vistiendo a los mozos con trajes a rayas y ofreciendo a los comensales un menú tan rico como evocativo.

Entonces, en el patio cubierto del penal -a metros de los calabozos que durante años confinaron a 3000 kilómetros de Buenos Aires a presos famosos- se pueden comer platos como abadejo con grilletes, lengua de buchones, trucha falsa o ilegal, merluza negra perpetua, bife en la mejilla, cazuela tras las rejas, mejillones excarcelables, calamares sin salida o funcionarios con salsa (ñoquis).

El antiguo penal de Ushuaia no escapó a las normas de este mundo reciclado, pero al ser declarado monumento histórico conservó sus cinco pabellones en forma radical mirando hacia la bahía, dos de los cuales están abiertos al público que, además de poder saborear un típico cordero patagónico, puede caminar entre las celdas que supieron guardar a muchachos malos de verdad.

Hoy, Ushuaia es una de las ciudades turísticas con gran atracción mundial, pero la verdadera alma de esta bahía encantada, frente al canal de Beagle y encerrada por el último tramo de la nevada cordillera, fue la cárcel.

Historias del fin del mundo

Es que a partir de 1902, cuando fue construida, los reclusos funcionaron como verdaderos obreros que abrieron calles, construyeron cloacas, tendieron cables de electricidad, pusieron en marcha la usina y hasta sacaron de sus hornos el pan que comió el pueblo entero.

Después de esa primera etapa, en la cual los presos trabajaron en parte como obreros calificados, vino el turno en que, tras los gruesos muros de 90 centímetros de ancho, encerraron a los penados de alta peligrosidad.

En 1947, durante el gobierno de Perón, el penal dejó de funcionar para siempre: "El drama de Ushuaia ha terminado", decían las crónicas de la época.

Pero en las celdas quedó la historia de hombres que dieron que hablar a toda la sociedad con hechos de miedo.

Sucesos y leyendas

Una fue la del hacendado Mateo Banks, alias El Místico, quien mató a sus hermanos, sobrinos y cuñados -siete en total- para quedarse él solo con los campos.

"Mateo Banks, una herencia escrita con sangre", tituló un diario de la época. Cuando le tocó hablar, Banks dijo que el asesino había sido un peón de la estancia y mostró su bota agujereada por un tiro, como una especie de ojo ciego testigo de la masacre familiar.

"Aquí está la prueba de que expuse mi vida por salvar a mi familia", afirmó Banks. Pero en el pie no había herida alguna. La coartada fue muy pobre.

Hoy, en las celdas, están recreados con muñecos todos esos personajes, tal como Cayetano Santos Godino, El Petiso Orejudo, quien mató al gato mascota de los presos con un clavo en la cabeza, como antes lo había hecho con la gente.

Nadie lloró al petiso

Fue fácil saber entonces quién había ultimado al gato. Los mismos reclusos mataron a golpes a El Petiso Orejudo y los diarios titularon: "Ningún penado asistió al entierro de Godino".

En otro de los calabozos hay una estatua de Simón Radowitzky, el anarquista que asesinó al comisario Ramón L. Falcón.

Radowitzky era el más castigado de todos los reos que pasaron por el penal. Tenía prohibida la lectura, no podía fumar ni tomar mate y sólo se le servía media ración de comida diaria.

Fue el único presidiario que logró fugarse de esos muros, pero al tiempo volvió a ser apresado, en Chile.

También está la historia de Roque Saccomano, quien siempre sostuvo que él pagaba la culpa de otro.

Se ve una imagen de Eduardo Ramírez Ralcix, quien mató por el honor de su hermana.

Y está colgada la foto de Alberto N. Andino, que con 35 años aparentaba tener sesenta. Es el rostro más triste de aquellos años.

Tampoco faltaron los presos políticos, y en una celda están recreados los días de Ricardo Rojas y sus libros, el escritor que hizo la célebre biografía de San Martín a la que tituló "El santo de la espada".

Hay una leyenda que dice que Carlos Gardel también tuvo por allí un tiempo de morada, aunque no quedó ningún documento en la actualidad que sostenga si es verdad o si es mentira, pero a los turistas les gusta encontrar un poco del Zorzal.

Las anécdotas son interminables, porque aquí, en el presidio del fin del mundo, quedó marcado dentro de los pabellones gran parte del misterio y del miedo del crimen en la Argentina.

Por Mariano Wullich

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