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La reelección de Daniel Ortega en Nicaragua

Martes 08 de noviembre de 2011 • 03:20
PARA LA NACION
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En Nicaragua se vive largo. Como promedio, 74 años. Pero eso no es lo mismo que bien. En nuestra región, sólo Cuba y Haití tienen un ingreso per-cápita promedio inferior al nicaragüense, que es de apenas 2.641 dólares por año, y que este año es más bajo que el del año pasado.

Con una altísima tasa de fecundidad, del 2,5% anual, Nicaragua es claramente un país de jóvenes y niños, con un promedio de edad de apenas 22,1 años. En lo que hace a "calidad de vida", las cosas no andan bien: el año pasado Nicaragua descendió nada menos que 14 puestos en el Informe de Desarrollo Humano del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, donde aparece en la posición 129, sobre 187 países encuestados. Allí se muestra que la línea de la pobreza se incrementó el año pasado, lo que significa que prácticamente uno de cada dos nicaragüenses vive por debajo de ella. Casi un millón de los prácticamente seis millones de habitantes de Nicaragua sobrevive con 1,25 dólares diarios. Prácticamente con nada, entonces. El desempleo es muy alto: un 62,7% de la población depende de los que trabajan. Del PBI, más de la cuarta parte, o sea un 26,1%, lo representan las donaciones de terceros países y las remesas a sus familias de los nicaragüenses expatriados.

En ese escenario, Nicaragua tuvo, el domingo pasado, sus elecciones nacionales, sin mayores incidentes. Como se suponía, Daniel Ortega se impuso en ellas. Con una aparente amplitud, ya que los cómputos todavía parciales sugieren que habría obtenido un 62,65% de los votos. Seguido por el empresario radial Fabio Gadea, del Partido Liberal Independiente, que habría logrado un 30,96% de los votos y por el cuestionado Arnoldo Alemán, con un 6% de los votos.

Gadea, de 79 años -que alguna vez estuviera exiliado y militara en los "Contras"- enarboló las banderas de la honestidad y de la República, con las que en los últimos tiempos es difícil ganar elecciones en nuestra región. Ocurre que en los ambientes populistas la gente vota más en función de lo que cree asegurará su propio bienestar, que pensando en nociones como la del "bien común", que aparecen lejanas. Y parece haberse insensibilizado respecto de la manipulación de las instituciones de la república, sin atribuir demasiado mérito a la división de poderes, ni a los equilibrios republicanos, ni a la independencia e imparcialidad del Poder Judicial. Lo que es, por cierto, preocupante.

Alemán sigue siendo absolutamente eficiente a Ortega dividiendo a la oposición. Recordemos que entre ambos se lograra un indignante entendimiento, distribuyéndose cuotas de poder en la Corte Suprema, la Contraloría y la Justicia Electoral, aparentemente a cambio de levantar una condena a 20 años de cárcel por corrupción que había recaído sobre Alemán.

Ortega dispuso de todos los recursos del Estado y desplegó un intenso populismo desde el 2006 a la fecha. Repartiendo desde empleos públicos a chapas de zinc a cambio de lealtades políticas. Poco pesaron en el resultado electoral las sospechas de corrupción que flotan en su derredor, particularmente en torno a Albanisa, una empresa que tiene el monopolio de la importación de combustibles desde Venezuela y el monopolio de la exportación de alimentos desde Nicaragua a Venezuela. Pero también con relación a una de las fincas ganaderas más importantes del país, o el Hotel Seminole de Managua, o la propiedad de medios de comunicación masiva. No es poco. Ni la prescripción del juicio por abuso sexual iniciado en su contra por su hijastra, una socióloga. Ni el fraude ocurrido en las elecciones municipales de 2008. Ni la perversa denegatoria a la entrega de cédulas en el norte y oeste del país, donde la oposición parecía más fuerte y donde la víspera misma de la elección se registraron, en la localidad de Sébaco, incidentes de gran violencia. Ni las amenazas constantes de matones y piqueteros cercanos al poder.

El hombre que en el 2006 llegara a la presidencia de su país por segunda vez con el 38% de los votos, ahora se apresta a asumirla por un tercer mandato con el respaldo del 64% de los nicaragüenses, lo que evidencia una ampliación notable de su base de sustentación, que ahora incluye a una parte significativa de la población: los centros urbanos más importantes de su país. Lo hace con la intención ostensible de perpetuarse en el poder con su compañera, Rosario Murillo, con quien ha multiplicado su poder económico como forma de afirmar, entre ambos, un poder político creciente.

De este modo, el sandinista (y bolivariano) Daniel Ortega, uno de los pocos admiradores públicos de Muammar Gadafi (junto a Hugo Chávez y Evo Morales), obtuvo su anticipada re-elección, pese a que la Constitución de su país la prohíbe. Para ello obtuvo previamente un dictamen de los complacientes jueces sandinistas de la Corte Suprema, que lo habilitó para dejar de lado esa restricción explícita, pronunciamiento que fue luego "convalidado" por las autoridades electorales, también tachadas de adictas a Ortega. Con este vicio su legitimidad pareciera tener una mácula evidente.

(*) Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.

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