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Periodismo indestructible

Carlos Losauro fue jefe de LA NACION deportiva entre 1995 y 2007; murió ayer, a los 66 años

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LA NACION
Lunes 14 de noviembre de 2011
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Carlos Alberto Losauro, jefe de LA NACION Deportiva durante 12 años, falleció ayer a los 66 años, víctima de un paro cardíaco.

Sus restos serán velados hoy, desde las 13, en la Casa Velazco (Ramírez de Velazco 1070, Villa Crespo).

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Losauro en su mundo, en la Redacción, y con los grandes protagonistas del deporte: Carlos Bilardo, Falucho Laciar, Tito Lectoure y Manu Ginóbili
Losauro en su mundo, en la Redacción, y con los grandes protagonistas del deporte: Carlos Bilardo, Falucho Laciar, Tito Lectoure y Manu Ginóbili.

Nunca se sabrá si la vida resultó tan generosa con él como Carlos Losauro lo fue con todo lo que merodeó su humanidad. Seguramente no. Una persona entrañable, excesivamente querible. De esas que nunca se irán, que siempre estarán. De esas que no pasan en vano, que forman hasta sin proponérselo. Porque llevan en la piel un don especial. Innato.

El Gordo Losa, fallecido anoche, dejó su vida y mucho más en LA NACION Deportiva, de la que fue jefe entre 1995 y 2007. Sobrevivió a muchas batallas, las profesionales, en las que se enfrascaba por su inextinguible pasión por lo que hacía y por su vocación de docencia. Nadie que haya pasado por su tutela sintió precisamente indiferencia; por el contrario, sabía que detrás de un reto o de una observación altisonante, había un buen motivo, un deseo de sembrar una semilla. Casi paternal.

Los tiempos de juventud en Caseros, los amigos que inexorablemente aparecían en sus relatos de sobremesa, como el Gallego Velázquez, los picados en los potreros polvorientos; hasta el paso por JJ Urquiza, donde su zurda desairaba a más de un rival, fueron dejándole lugar al periodismo. Y mucho de lo que transmitió a lo largo de tres décadas de entrega absoluta a su gran pasión, lo incorporó de su maestro: Alberto Laya. Una pluma incomparable y que, como Losauro, son personas irreemplazables.

Siempre contó como un orgullo lo que fue su primera crónica. "Me llamó Laya -decía-, me preguntó si yo había escrito eso, le dije que sí, y entonces hizo un bollo y lo tiró al cesto. «Hágalo de vuelta, hijo», me pidió. Lo escribí una y otra vez. Hasta que quedó bien. Nunca me olvidé de ese día."

El boxeo lo atrapó como ninguna otra disciplina. Noches de Luna Park que se hacían madrugada, entre pocillos y cigarrillos. Pero también noches de Las Vegas, siguiendo de cerca las carreras de prestigiosos campeones. Debilidad por algunos, como Gustavo Ballas, Martillo Roldán y Falucho Laciar, a quien acompañó por destinos recónditos en sus defensas. Y mil anécdotas. Si algo le sobraban a Losa y lo ponían exultante frente al ocasional auditorio, que se incrementaba en cuestión de minutos, eran relatos, situaciones, vivencias. Con el efecto sorpresa para el interlocutor desprevenido. "Nene, ¿sabés quién le presentaba las mujeres a Tyson en Las Vegas?", soltaba con una media sonrisa y las manos apuntándose al pecho. Inigualable.

Amigo de los amigos. Y de los que no, también. Extraña cualidad que se da en aquellos que no tienen maldad, sino sólo afecto para repartir. Sin interés alguno. De buena gente nomás. ¿A cuántos conoce así?

No concebía los métodos rigurosos para dejar enseñanzas. Por el contrario, confiaba ciegamente en la autoconducta, en que la persona supiera tomar la mejor opción para construir su camino, lo cual redundaría no sólo en beneficios laborales, sino también en una madurez individual. Había que captar e interpretar la profundidad de ese mensaje y ese manejo. Muchos de los que trabajaron con él lo entendieron a la perfección desde el mismo momento en que lo conocieron; otros lo entendimos por la mitad y actuamos en consecuencia, con altos y bajos. Algunos no lo entendieron jamás.

Dueño de un estilo frontal, genuino, y con un carácter explosivo que podía resultar irritante para quien no comulgara con sus formas, Losauro siempre tuvo la mente abierta para no creerse el dueño de la verdad. Consultaba, daba su punto de vista y lo justificaba, pero a la vez tenía la grandeza de variar el rumbo si la situación lo ameritaba. Y sus enojos, normalmente, duraban poco. Una disculpa bastaba. Muchas veces, ni siquiera era necesaria.

Además de boxeo, realizó numerosas coberturas de fútbol, incluido el Mundial de 1994. Pero su hábitat era la Redacción. El primero en llegar y el último en irse. También el primero en no respetar sus propios francos. Con un sentido del profesionalismo que excedía todo. Restándoles horas, días y meses de afecto y presencia a sus amores, relegados por la pasión.

Participó de todas las etapas de reconstrucción de LA NACION Deportiva. Desde cuando eran páginas sábana que compartían cuadernillo con Espectáculos, hasta desembocar en la edición de un suplemento diario. Más la curiosidad lógica por los tiempos modernos de Internet, esos que seguramente hubieran dejado a un costado aquellos años de la vieja libreta de apuntes que solía llevar en el bolsillo de la campera o en la mano.

Tuvo varias batallas también más delicadas: las de salud. Una de ellas en 2002, muy seria, justo antes del Mundial de fútbol. Sorteó la trampa del destino y cuando volvió no pudo con su genio. Sentado en su escritorio, exclamó: "Soy indestructible".

Le decían Cascarita de joven. Más de grande fue El Faraón. Hace cuatro años dejó la Deportiva, y a pesar de que no volvió por LA NACION, nunca se fue. Su recuerdo volaba de un escritorio a otro y aparecía repentinamente. Siempre junto a una sonrisa, porque ése era el mejor tributo que podía ofrendársele. Y a pesar de que Bertolt Bretch no lo conoció, Losauro fue uno de "sus imprescindibles" inmortalizados. Esos que marcan la vida para siempre.

Tenía razón: es indestructible.

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