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El sueño del tonto

Celina Rozenwurcel sorprende con este divertido policial

Sábado 19 de noviembre de 2011
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LA NACION
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Dirección y dramaturgia: Celina Rozenwurcel / Intérpretes: Guillermo Giusto, Cristina Lamothe, Ignacio Bartolone, Ramiro Gimenez, Laila Duschatzky, Gonzalo Dutria / Escenografia: Magalí Acha / Vestuario: Micaella Muñoz / Voces en off: Emma Rozenwurcel, Patricia labonia / Musical original: Ignacio Martin / Luces: Lucas Orchessi / Asistente de dirección: Malena Grilli / Sala: Vera Vera (Vera 108) / Funciones: sábados a las 13.00 / Duración: 75 minutos. Nuestra opinión: muy buena

El sueño del tonto es una gran producción teatral en un pequeño espacio, así que el desafío para todos los integrantes del equipo de trabajo es mucho. Se trata de convertir a la sala Vera Vera en un lugar repleto de posibilidades y entonces aprovechan cada uno de los espacios de ésta, los recovecos, todo, y hasta nos hacen creer que el detrás de escena es enorme.

La historia transcurre sobre todo en una oficina común y corriente, salvo por el hecho tétrico de que se trata de una de sepelios, así que el contacto con la muerte es algo casi natural y cotidiano para todos los que trabajan en ella. Todo muy cuidado, los objetos en los escritorios, los caóticos montículos de papeles y esa luz blanca nos arrojan inmediatamente la sensación de estrés laboral y rutinario. Ese día una nueva empleada se suma al equipo, y ¿quién no vivió ese momento tan incómodo, humillante, en donde no se encuentra el lugar por ocupar y tus compañeros lejos de ayudarte te demuestran sin cesar que sos un estorbo? Muy bien logrado, esa nueva secretaria se mueve en el espacio sin encontrar algo que hacer y sus dos compañeros parecen más que molestos con su llegada. ¿Algo más sucede? ¿Reemplaza ella a alguien que era muy querido o conflictivo?

Pero además de esa oficina, otros espacios se suceden y, entonces, entre apagón y apagón la escena se transforma radicalmente para mostrarnos la casa de un personaje siniestro que mira televisión de manera compulsiva y con pocos elementos nos dejan claro que ese personaje, ese aparato, casi deshumanizado, tendrá un lugar importante en la trama.

La rutina inicial se va transformando en una historia de enredos, con muchas entradas y salidas, diálogos cortos y, de a poco, con objetos, detalles, palabras sueltas y preguntas que incomodan, iremos armando una suerte de policial –siempre con chispazos cómicos– con asesinos incluidos, crímenes pasionales, infidelidades y todos los componentes necesarios para que la historia convenza y se desarrolle de manera ágil.

Como primera obra de Celina Rozenwurcel sorprende su calidad como dramaturga, pero también como directora. Cada actor está perfecto en su rol, bien estereotipados: la empleada que parece mala, pero es más insegura que nadie, la buena que ablanda a cualquiera, el empleado ambicioso que solamente quiere que lo asciendan, el jefe canchero, vulgar, que usa su poder para todo, el cadete simplón y el personaje oscuro, nodal para toda historia policial. Una muy buena propuesta para no dejar pasar.

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