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Lunes 21 de noviembre de 2011
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LA NACION
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El martes pasado, el gobierno de Angela Merkel envió a Mariano Rajoy, a través del embajador de España en Berlín, este mensaje: "Esperamos que asuma el mismo día de la victoria los compromisos que demanda la racionalización de la economía española".

El triunfador de ayer respondió el viernes. Pidió a los mercados "más de media hora" de tregua para tomar las medidas que exige la crisis. Mientras tanto, como en una postal argentina, sus colaboradores negocian con los de José Luis Rodríguez Zapatero una entrega anticipada del poder.

Estas urgencias determinan que, por un tiempo cuya magnitud se desconoce, Rajoy no tendrá otra prioridad que la supervivencia económica. Sus relaciones con el mundo, con América latina y con la Argentina serán modeladas por ese imperativo. La política exterior no figuró en la campaña electoral. En el debate con Alfredo Pérez Rubalcaba, Rajoy sólo le dedicó una línea final cuando advirtió que le sobraban dos minutos. La prioridad internacional del nuevo gobierno será Europa, donde se juega su suerte financiera.

Sin embargo, es posible que las mismas angustias que lo llevarán a prestar atención a Bruselas y Berlín hagan que Rajoy gire la cabeza hacia el otro lado del Atlántico. En un par de entrevistas adelantó que su cancillería se enfocará en la economía y el comercio, sobre todo con América latina.

En esas pistas se justifican los que piensan que el nuevo ministro de Relaciones Exteriores de España podría ser un empresario del perfil de Manuel Pizarro (ex Endesa), César Alierta (Telefónica) o Francisco Louzón (Banco de Santander). Aunque existen opciones más ligadas a la política. Por ejemplo, la de Esperanza Aguirre, presidente de la Comunidad de Madrid, a quien Rajoy podría confiar sus relaciones con el mundo, en una jugada parecida a la que realizó Barack Obama cuando puso al frente del Departamento de Estado a su rival femenina, Hillary Clinton.

La pretensión de una apertura externa que se preocupe por los números y mire hacia el Atlántico podría ser más que retórica. España tiene del otro lado del océano una formidable área de reserva, capaz de compensar en algo la entropía europea. Las ganancias ultramarinas de las grandes empresas españolas comienzan a superar a las que obtienen en casa.

Si toma ese camino, Rajoy estaría reponiendo la tradición diplomática posfranquista que quedó interrumpida durante el mandato de Rodríguez Zapatero. Felipe González y José María Aznar pusieron en valor el término Iberoamérica. Entendieron que en la aspiración a gravitar sobre los viejos reinos de Indias había un capital político que sus electorados apreciarían.

En ningún caso fue la ensoñación de un megalómano. González y Aznar fueron los rostros de una España modélica. Por su ejemplar transición a la democracia, y por la capacidad para construir un socialismo compatible con el mercado, y un liberalismo conservador compatible con la democracia. Esas condiciones impulsaron un proceso de modernización que mostró a las naciones que hablan español la perspectiva de esa prosperidad que a lo largo de las décadas les había resultado tan esquiva.

Zapatero rompió ese consenso. Salvo una exploración inicial del experimento bolivariano, las relaciones con Iberoamérica quedaron instaladas en una inercia perezosa. El Palacio Santa Cruz fue confiado a Miguel Angel Moratinos, un diplomático interesado en el conflicto árabe-israelí, que se extasió con ejercicios más académicos que políticos, como la Alianza de Civilizaciones o el multilateralismo.

España rompió con Estados Unidos al abandonar la coalición militar que la había llevado a Irak. Pero mantuvo las tropas en Afganistán con un costo mayor en vidas humanas, y terminó cediendo la base de Rota al escudo antimisiles de la OTAN.

La diplomacia de Zapatero dedicó a Africa un énfasis inédito. Destinó torrentes de dinero a la cooperación internacional, que pasó de 2400 a 5000 millones de euros. Y se ubicó entre los primeros donantes a 70 programas multilaterales de Naciones Unidas.

Al mismo tiempo, la presencia española en América se fue desdibujando. A diferencia de González y Aznar, Zapatero no visitó todos los países de habla hispana. Mientras fue vicepresidenta, Teresa Fernández de la Vega se hizo cargo de esa tarea que, de paso, la convirtió en la mejor amiga de Cristina Kirchner en el ambiente internacional.

La crisis económica aisló más a Zapatero. Debió ausentarse de la Cumbre Iberoamericana de 2010, en Mar del Plata, por problemas en la Comisión Europea. A la de este año, en Asunción, ya no asistieron los demás socios del Mercosur. El proyecto de una Comunidad Iberoamericana que, con el rey en el centro, fue pensado por González y Aznar como una versión latina del Commonwealth, comenzó a desfallecer.

Las empresas españolas ansían que Rajoy restaure el vínculo con el otro lado del Atlántico. No sólo porque allí pueden encontrar un mercado que las compense de las penurias europeas. También porque se sienten desafiadas por la internacionalización de las compañías brasileñas, que se mueven siempre con el paraguas de Itamaraty. Brasil, México y, de a poco, Colombia están en el centro de la pantalla de los españoles.

Pero, para las grandes fortunas brasileñas y mexicanas, los activos ibéricos también son un objetivo al alcance de la mano. Basta examinar las inversiones de Carlos Slim en la península. Hay una especie de retorno de los galeones, por recordar aquel título de Max Henríquez Ureña.

Las relaciones de España con la Argentina, que fueron idílicas, se han ido complicando. El tiempo convenció a los españoles de lo mismo que creen los norteamericanos: el país no tiene la vocación de ser, como ellos pretenden, el equilibrio de la potencia brasileña. El congelamiento de tarifas, la estatización de Aguas Argentinas, el furcio de convertir a Juan Carlos I en "facilitador" del entredicho rioplatense por las pasteras, y la expropiación de Aerolíneas –cuyos dueños estuvieron muy lejos de exhibir las virtudes del empresariado español– dañaron las relaciones económicas.

Desidia

La desidia hizo lo suyo con el vínculo político. El único socialista que siguió visitando la Argentina, motivado sobre todo por su amistad con el embajador Carlos Bettini, fue Felipe González. En Buenos Aires también pesa el desgano: Héctor Timerman canceló sin explicaciones convincentes la visita a Madrid prevista para después de la cumbre del G-20 en Cannes.

La rutina bilateral quedó en manos de empresarios como Antonio Brufau (Repsol-YPF) o César Alierta (Telefónica). Las inversiones destinadas al mercado argentino suman un stock de 22.000 millones de dólares. Pero el flujo fue en 2010 de sólo 164 millones de euros. La décima parte de lo que se orientó hacia Brasil.

Como todo gallego que hace política, Rajoy está obligado a tener presente a la Argentina. La ha visitado muchas veces y, además, tiene cerca de sí a uno de los españoles que mejor la conoce, el ex secretario de Iberoamérica Miguel Angel Cortés, incansable predicador de los beneficios, materiales y simbólicos, que ofrece la comunidad de la lengua.

Más allá de estas motivaciones, una lectura sinóptica de la escena global descubriría que en el reencuentro de España con América se expresa una corriente profunda de la historia.

La incorporación de las muchedumbres asiáticas al mercado, que está en la raíz de la crisis de competitividad que afecta a Europa, es, a la vez, la razón principal de la bonanza sudamericana. Es razonable que Rajoy advierta que esa nueva clase media que está emergiendo en Brasil, Colombia o Perú, puede acceder a los bienes y servicios que dejan de consumir los españoles.

Hay, en fin, motivos bastante evidentes para suponer que España está llamada, como en las postrimerías del siglo XV, a superar el ahogo europeo buscando un horizonte al otro lado del mar.

Una larga lista de desafíos

Desempleo. Hay cinco millones de españoles sin trabajo. La tasa, actualmente de 21,5%, récord entre los países industrializados, empezó a aumentar desde la crisis inmobiliaria de 2008.

Crecimiento. La economía se contrajo 3,7% en 2009, y 0,1% en 2010. En el primer trimestre de 2011 creció 0,4% y en el segundo, 0,2%. Pero retrocedió a cero en el tercero. Muchos analistas creen que el país volverá a la recesión en 2012.

Déficit. El rojo fiscal alcanzó en 2009 un 11,1% y en 2010, un 9,3%. El objetivo para este año es reducirlo a un 6%. En 2012 se prevé que alcance un 4,4% y un 3% en 2013.

Bancos. También sufrieron las consecuencias del estallido de la burbuja inmobiliaria en 2008. Actualmente tienen una cartera de 176.000 millones de euros de créditos problemáticos, por lo que se requiere una amplia reestructuración del sector.

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