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Cristina y Mauricio: ¿hacia un nuevo bipartidismo?

LA NACION
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Mariano Grondona
Domingo 27 de noviembre de 2011

El bipartidismo es la forma superior del desarrollo político porque, gracias a él, dos partidos predominantes se alternan periódicamente en el poder según los humores del electorado. En los países políticamente desarrollados, el bipartidismo regula los latidos de la democracia. Cuando el partido en el poder sufre el desgaste que trae consigo la función de gobernar y el electorado se "enfría" respecto de él, el partido de oposición crece simétricamente porque le ha llegado su hora. Al sucederse uno al otro en virtud de la alternancia que los tiene a veces en el gobierno y a veces en el llano, los protagonistas del sistema bipartidario terminan por anudar las grandes "políticas de Estado" que van dibujando el destino de la nación; impiden así a la vez que algún presidente de ambición desmedida pretenda convertirse en "vitalicio" y hiera a la democracia.

A partir del Reino Unido y los Estados Unidos, las dos naciones anglosajonas que lo fundaron, el sistema bipartidario ha llegado a ser la marca inconfundible de las democracias de vanguardia. ¿Qué acaba de ocurrir, por ejemplo, en España? Que uno de sus dos grandes protagonistas, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), que comandaba José Luis Rodríguez Zapatero, acaba de rodar por la barranca del desgaste, mientras que el otro gran protagonista, el Partido Popular (PP), accede al poder detrás de Mariano Rajoy.

Otro rasgo común de los sistemas bipartidarios es que, en tanto que uno de los dos partidos se inclina hacia la centroizquierda, el otro oscila hacia la centroderecha. Mientras la centroizquierda se caracteriza por enfatizar el papel del Estado en la economía y por obedecer a una estrategia distribucionista, la centroderecha apela al mercado y piensa en la inversión. Para tomar un solo ejemplo: los demócratas norteamericanos se ubican en la centroizquierda y los republicanos norteamericanos en la centroderecha. Ambas inclinaciones son, en definitiva, complementarias, porque los países requieren una dosis de Estado y otra dosis de mercado, un tiempo de distribución y otro de inversión.

Cabe anotar que a veces un "viejo bipartidismo" admite la aparición de un tercer partido como un paso intermedio en dirección de un "nuevo bipartidismo". Así pasa, por ejemplo, en Uruguay, donde el Frente Amplio ha venido a terciar con los tradicionales partidos colorado y blanco, a la espera de que alguno de éstos ceda su lugar a un bipartidismo frenteamplista-colorado o frenteamplista-blanco, en una evolución similar a la que está completando el Reino Unido, que pasó del tradicional bipartidismo conservador-liberal al nuevo bipartidismo conservador-laborista, pero aún retiene un residuo liberal, que es la porción minoritaria de la coalición conservadora-liberal que hoy lo gobierna.

Con sutiles variaciones, éste es el formato de las democracias avanzadas de nuestro tiempo. Un formato que la democracia adolescente de los argentinos todavía no ha alcanzado.

¿Por qué nuestro país soporta aún un grado de desarrollo político menor no sólo que los principales países europeos, sino también que naciones vecinas como Uruguay, Brasil, Chile o Colombia? Porque nuestros dos partidos históricos, el peronista y el radical, no consiguieron implantar el bipartidismo al que estaban llamados. El peronismo, porque sus ansias de dominación fueron excesivas. El radicalismo, porque no logró ubicarse como "el otro gran partido" de los argentinos.

En el peronismo, las ansias de dominar sin límites la vida política se manifestaron en el vicio del reeleccionismo. Cuando la República Argentina vivió su hora más esplendorosa, entre 1853 y 1930, ninguno de sus grandes presidentes fundadores, desde Urquiza hasta Roca, pretendió la reelección consecutiva. Esta costumbre fundacional se interrumpió en 1949, cuando Perón impuso una reforma constitucional que contemplaba su reelección indefinida. Después de él, el reeleccionismo peronista volvió primero con Carlos Menem y después con los esposos Kirchner. Estos, en lugar de retornar abiertamente al reeleccionismo de Perón, instalaron una fórmula original del poder sin fin, que dio en llamarse la "alternancia conyugal", en función de la cual Néstor y Cristina Kirchner pretendieron sucederse uno al otro mediante una rotación incesante. La muerte de Néstor Kirchner cuando pretendía suceder a Cristina en la Presidencia en 2011 como ella lo había sucedido en 2007 interrumpió este proyecto dinástico de poder y reabrió el horizonte republicano.

Sin abandonar el espíritu republicano como lo habían hecho los peronistas, los radicales cometieron su propio error cuando, a partir de la victoria inaugural de Perón en 1946 en nombre de una nueva "centroizquierda", en vez de mantenerse en la centroderecha de un Alvear pretendieron vencer al peronismo con su propia centroizquierda en nombre de Yrigoyen; colocaron así al país en la situación insólita de no tener una centroizquierda y una centroderecha como el resto de los países bipartidistas, sino dos centroizquierdas en competencia entre sí. Prueba de que esta pretensión "progresista" del radicalismo aún persiste es que, cuando Cristina autorizó el extravío de Guillermo Moreno al intervenir autoritariamente en el mercado de cambios, Ricardo Alfonsín salió a apoyarla de inmediato.

Dos acontecimientos recientes han reabierto las posibilidades del bipartidismo en la Argentina. El primero de ellos es que, al margen de la excepción insostenible de la furia cambiaria de Moreno, Cristina parece girar desde el agresivo populismo de izquierda del cual venía hacia una centroizquierda moderada. Lo prueban su embestida contra los gremialistas de Aerolíneas Argentinas –una embestida de la cual exime, todavía, a Mariano Recalde y La Cámpora, que son los responsables de la quiebra virtual de la compañía–, su intento de racionalizar la "fiesta" preelectoral de los subsidios y el freno que quiere ponerle al alza incontenible de los salarios. Todas estas medidas, que ella ha defendido en sus últimos discursos urgida por nuestra novedosa estrechez económica, indican cierto desplazamiento de la Presidenta de la izquierda populista a una centroizquierda más racional, más próxima al "centro". Lo cual es lógico no sólo desde el punto de vista económico sino también desde el punto de vista político ya que, habiendo venido el amplio respaldo electoral que ella obtuvo el 23 de octubre de la clase media que antes no la seguía, para conservar este nuevo apoyo necesita moderarse. ¿En competencia con quién? Precisamente con la centroderecha de Mauricio Macri, el único opositor que ha quedado en pie.

Que tanto Cristina como Mauricio compitan por seducir a los argentinos situados en el "centro" abre una perspectiva promisoria para el bipartidismo. El hecho de que Cristina gradúe el populismo mientras Mauricio ocupa la centroderecha como no supo hacerlo el radicalismo apunta hacia un horizonte del que habíamos carecido: la de dos partidos que viajan desde la izquierda y desde la derecha hacia ese "centro" que les promete la victoria. Si este diagnóstico se confirmara, nuestro país se acercaría a la configuración bipartidista de los países políticamente desarrollados, una configuración de la que hasta ahora no habíamos disfrutado, sin que importara a partir de este cambio fundamental quién ganara en 2015, ya que el bipartidismo no es un episodio, sino un sistema destinado, como tal, a perdurar a lo largo del tiempo.

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