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Vuelve Tintín

La historieta de Hergé mantiene su atractivo, pese a las críticas de corte ideológico que se le hicieron; llega otra vez al cine, en un film dirigido por Spielberg

Viernes 16 de diciembre de 2011
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PARA LA NACION
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En la primera página de Los cigarros del faraón , Tintín mira el mar desde un crucero por el Mediterráneo y le dice a Milú, su fox terrier, que se siente muy contento de estar de vacaciones. Milú, que entiende a su dueño pero no logra que su dueño lo entienda, contesta: "¿Esto te parece divertido? ¿Un barco lento como una tortuga, donde nunca pasa nada?"

La frase, que perfectamente podría haber salido de los labios de Tintín -pero Tintín casi nunca opina sobre nada, lo hacen siempre los personajes a su alrededor-, resume bastante bien el espíritu de toda la colección, donde casi no hay espacio ni interés por las vacaciones o las obligaciones cotidianas, esos lugares donde "nunca pasa nada". Es por eso que en Los cigarros del faraón , como en casi todos los libros de Tintín, la vida normal -esa nada- dura menos de una página.

En la viñeta siguiente, Tintín y Milú se ven sorprendidos por una voz fuera de cuadro que grita "¡Deténganlo! ¡Deténganlo!", un típico disparador de los álbumes de Hergé. A partir de ahí, el relato se acelera y entra rápido en su habitual montaña rusa de escapes milagrosos, cartas anónimas, loros parlanchines, pañuelos con cloroformo, dardos envenenados y ocasionales momentos de humor absurdo que convirtieron los libros de Tintín en un clásico de las últimas cuatro o cinco generaciones de lectores infantiles.

Releyendo aquellos viejos tintines, 25 años después de hacerlo por primera vez, una de las sensaciones más fuertes es percibir este desdén de Hergé por la vida rutinaria, la familia o incluso el sexo. En las aventuras de Tintín no hay nada de ninguna de estas cosas: no hay empleos fijos (Tintín es oficialmente un "reportero", pero no trabaja casi nunca), no hay parientes molestos (nadie tiene familia, ni Tintín ni sus amigos) y, sobre todo, no hay mujeres. En este sentido, Tintín puede ser leído como una gran fantasía de niños grandes, una nostalgia por una vida más simple donde lo único que cuenta es el valor puro y romántico de la aventura por la aventura misma.

Volví a leer la serie de Hergé con la excusa de Las aventuras de Tintín , la nueva película de Steven Spielberg que se estrena el 5 de enero, para ver cómo se sostenía en el tiempo (para ver si me seguían gustando) y, también, para ver cuánto había de cierto en las acusaciones aparecidas en las últimas décadas sobre el posible racismo (e incluso fascismo) de los libros, algo que no había notado a los diez años, pero a los diez años uno casi nunca nota esas cosas.

Ideológicamente, el resultado es más favorable para Tintín que para Hergé. Los libros tienen acá y allá dosis de incorrección o brusquedad políticas, sobre todo los primeros dos ( Tintín en el país de los soviets y Tintín en el Congo ), pero en general han sobrevivido bastante bien y hay incluso condiciones para decir que Tintín varias veces defendió a los que tenía que defender: en El loto azul , por ejemplo, simpatiza con los chinos frente a la invasión de los japoneses, a quienes Hergé pinta como despiadados y mentirosos; y en El cetro de Ottokar , publicado al principio de la Segunda Guerra Mundial, Hergé recrea con nombres ficticios el "Anschluss", la anexión de Austria por parte de la Alemania nazi, y le da al líder de los villanos el alevoso nombre de "Müsstler", mitad Mussolini y mitad Hitler.

Menos suerte tuvo Hergé, que se pasó el resto de su vida intentando borrar o adornar su actuación durante la Segunda Guerra Mundial. Nacido con el nombre de Georges Rémi en una familia de clase media baja en la Bélgica francesa, había publicado las primeras tiras de Tintín en el suplemento para niños de Le Vingtième Siècle, un diario católico, con muchísimo éxito. Cuando los nazis tomaron Bruselas, en 1940, Hergé se fugó a París, pero volvió a Bruselas después de la rendición de los belgas. Como el diario donde trabajaba había sido cerrado, empezó a publicar las tiras de Tintín en Le Soir, recientemente confiscado por los nazis. ¿Qué llevó a Hergé a trabajar en un diario que todos los días publicaba fotos de Hitler en la tapa? Es difícil de saber ahora, pero la circulación de 300.000 ejemplares de Le Soir debe de haber ayudado.

Mucho después, Hergé insistió en que condenaba todos los autoritarismos, "tanto de izquierda como de derecha", pero su actuación durante aquellos años -cuando quizás obró con buena intención, pero ciertamente fue menos heroico que su Tintín- manchó (y sigue manchando) su reputación. En su ingenuidad y su frivolidad para juzgar las consecuencias de sus actos, el apoyo implícito de Hergé a la ocupación nazi recuerda a Borges, que no sentía una conexión especial con Pinochet ni con Videla pero aun así aceptó ser agasajado por ambos y se sorprendió después cuando protestaron algunos de sus lectores.

Hergé, como Borges, era un niño-hombre obsesionado con el mundo de las aventuras. Su única fidelidad intelectual estaba dedicada, según declaró después, a los boy scouts , movimiento en el que pasó varios años de su juventud. No es difícil imaginarse a Tintín como un boy scout global, que va por el mundo corrigiendo los pecadillos de los malos y retando amablemente a los buenos que cometen errores. Tintín es abstemio, es casto, está casi siempre de buen humor, defiende a muerte a sus amigos y, en caso de conflicto, se pone del lado de quienes él cree que son los débiles. No es un revolucionario, porque no quiere cambiar el sistema, pero tiene la fe firme y transparente de que, si derrotamos a los villanos -a los contrabandistas de opio, a las bandas de "terroristas", a ciertos dictadores bananeros-, este sistema puede ser razonablemente bueno.

Literariamente, volver a leer los tintines después de tantos años es una experiencia extraña. Los chistes son bastante malos (son chistes para chicos de diez años) y los argumentos se resuelven a veces de maneras demasiado simplonas o arbitrarias. Pero hay algo en la pureza de la aventura y la crudeza del suspenso -un tipo escondido detrás de una puerta, una llamada misteriosa- que los hacen extrañamente irresistibles.

De todas maneras, para mí y para muchos de mi generación es difícil analizar estos libros sin mezclar el juicio con la nostalgia de una etapa de la vida en la que todo estaba a punto de complicarse y Tintín era un gran escape heroico, exploratorio y humorístico hacia las antípodas (o, en el caso de Aterrizaje en la Luna , el espacio exterior.) Tintín , imagino ahora, funcionaba como una especie de despedida de la niñez: una última vuelta al mundo antes de decirle chau a esa etapa preirónica, presexual y prerrealista de la vida en la que los chicos de clase media soñábamos con ser arqueólogos o detectives o futbolistas pero ya sospechábamos que no seríamos ninguna de las tres cosas.

***

En Tintín en el Congo , uno de sus álbumes más criticados, Hergé manda a Tintín de viaje a África, en una de los pocas ocasiones donde el trabajo del protagonista (ser periodista "de investigación") está incluido en la historia. Tintín llega a África y enseguida se mete en una serie de apuros aleatorios e inexplicables de los que siempre se salva por un pelo. Los problemas de Congo son su falta de tensión narrativa en general y, sobre todo, el tono paternalista y condescendiente con el que retrata a los africanos que le salen al encuentro al héroe. Hergé dibuja unos negros bien negros, de piel brillante y labios como salchichas, que se portan como animalitos domesticados o viven en la selva como salvajes. Este paternalismo resulta chocante y, tomándolo en el sentido amplio, también racista.

Pero Congo al menos evita la variante más ofensiva del racismo, que es la de incitar al odio. Ni Tintín ni ninguno de los personajes dice nada o hace nada que sugiera desprecio u odio por los africanos. A principios de noviembre, un tribunal belga rechazó una demanda de un ciudadano congoleño que había pedido retirar el libro de circulación: "Las representaciones que hace Hergé [de los africanos] son un reflejo del momento histórico", argumentó el tribunal. Eso mismo había dicho Hergé, que corrigió el texto en 1946 para hacerlo menos agresivo, pero aclaró que su visión de los africanos en 1931 era la que tenía toda Bélgica.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Hergé trabajó sin parar y escribió, según los tintinólogos, algunas de sus mejores obras, que son precisamente las que usó Spielberg para filmar la primera de sus películas sobre Tintín (el proyecto de Spielberg y su productor, Peter Jackson, es filmar tres películas). Estos álbumes tienen menos política y menos "inspiración real" que los anteriores ( La oreja rota , de 1937, había estado basado en la Guerra del Chaco, entre Paraguay y Bolivia) y más elementos de las aventuras clásicas. Esto lleva a Tintín y a Milú al agua: buena parte de El cangrejo de las pinzas de oro , El secreto del unicornio y El tesoro de Rackham el Rojo , los tres álbumes incluidos en la película de Spielberg, transcurre a bordo de barcos cargueros o en islas desiertas o rodeados de tiburones.

Todos estos libros respetan la estructura clásica de las historias de Tintín, donde lo único realmente importante es mantener bien alto el ritmo de la narración. Cuando aparece un conflicto entre el suspenso y la credibilidad, Hergé casi siempre sacrifica la credibilidad en favor de la velocidad jadeante de sus páginas. Así empiezan a aparecer coincidencias inexplicables o resoluciones deus ex machina que probablemente no me molestaban en 1984 pero que en esta relectura me hicieron bufar con incredulidad, sintiéndome levemente estafado.

En Los cigarros del faraón , por ejemplo, Tintín se escapa en avioneta desde lo que parece ser Yemen, es baleado por aviones de guerra enviados por los malos, se queda sin combustible y finalmente cae en medio de una jungla. Ileso, Tintín le dice a Milú: "No sé dónde estamos, pero estoy casi seguro de que es en India". Dos viñetas más tarde se encuentra, en esa selva de India, con Filemón Ciclón, el extraño profesor que al principio del libro había gritado "¡Deténganlo!" en el crucero y lo había convencido para bajarse en El Cairo. "Doctor Ciclón, ¿qué hace usted aquí?", pregunta Tintín. Eso mismo, señor Hergé, ¿qué hace Ciclón ahí?

Igual, Hergé hace estas cosas con tanta ligereza y buen humor que uno elige perdonarle las inconsistencias. Sobre todo porque, como lector, uno no tiene tiempo: cada problema de verosimilitud está seguido por una nueva amenaza de bomba o alguna sombra misteriosa o una oportuna llamada por teléfono que hay que solucionar de manera urgente.

La estructura de los tintines clásicos es así: una página de vida cotidiana, con Tintín de vacaciones o caminando por la calle de su ciudad (que nunca sabemos cómo se llama); una interrupción de esa vida cotidiana, que desencadena 60 páginas frenéticas de peleas y piñas y disparos y persecuciones; y una última página con un dénouement cortito y feliz, con la cara de Tintín en la tapa del diario local o con un banquete exótico en honor del joven reportero. En Las aventuras de Tintín no hay progresión ni clímax ni revelaciones psicológicas. Usando las categorías tradicionales de introducción, nudo y desenlace, Tintín empieza enseguida y termina de golpe: es todo nudo.

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Una de las cosas más curiosas de Tintín es la relación que tiene con sus amigos, el capitán Haddock, el profesor Tornasol y los chaplinescos detectives Hernández y Fernández, todos personajes coloridos y levemente absurdos que Hergé usa para contrastar con la insipidez de Tintín y, también, para multiplicar la cuota del humor físico que parecía gustarle tanto. ¿Cuántas veces es gracioso ver a alguien golpeándose contra un poste de luz en la calle? Algunas, pero no infinitas. Esta torpeza generalizada, al menos, sirve para humanizar a Tintín, a quien Hergé normalmente trata como a un héroe pero también somete a la humillación de los accidentes estúpidos.

Tintín muestra algo más que curiosidad y energía en su relación con Haddock, quien empieza como una válvula de escape humorística y termina convirtiéndose en su mejor amigo. Haddock es un alcohólico, pero los libros nunca transforman el asunto en un tema moral. De hecho, en La estrella misterios a y en Tintín en el Tíbet Tintín se aprovecha de la adicción de su amigo para manipularlo y hacerlo cambiar de opinión. En estas dos ocasiones, Haddock quiere volver a casa, exhausto y rendido ante el aparente fracaso de las expediciones, pero Tintín le da whisky y Haddock se envalentona por el efecto del alcohol y quiere seguir camino, respectivamente, hacia el Círculo Polar Ártico y las cuevas del Himalaya donde vive el Yeti. (Muchos lectores de Hergé nos cruzamos por primera vez, en los insultos legendarios de Haddock, con palabras como "ectoplasma", "iconoclasta", "bucanero", "invertebrado" o "filibustero". Mucho después nos enteraríamos de que no todas eran insultos reales.)

A pesar de todo esto y de los años que han pasado, sigue siendo un poco sorprendente ver que Tintín no tiene ningún amigo de su edad. No sólo eso: en los 23 álbumes de Hergé prácticamente no hay "jóvenes" de ningún tipo que no sean soldados o policías. Los personajes son adultos o niños o es Tintín, que boya en su propia edad indefinida sin apenas crecer o cambiar de aspecto en su medio siglo de vida. La falta de juventud es una elección de Hergé pero también una marca de su época: hasta los años 60, ser joven era visto poco más que como una transición incómoda entre ser niño y ser adulto. Incluso el viejo Hergé que dibujó Tintín y los Pícaros , en 1976, creó un grupo guerrillero que se parecía mucho a los cubanos de Sierra Maestra pero que no tenían ningún gesto de la juventud sesentista o setentista: eran borrachos de una manera bastante patética y su jefe, un clon del Che llamado Alcázar, vivía sometido domésticamente por una mujer mandona y bastante insoportable.

El propio Tintín, aunque sus últimos tres álbumes fueron publicados en 1963, 1968 y 1976, parece vivir refugiado física y socialmente en 1935: los autos se mantienen iguales, la ropa de los personajes apenas cambia y las maneras de relacionarse son casi idénticas de principio a fin. Hergé, que murió en París en 1983, a los 75 años, nunca sometió a Tintín a la tentación de la contracultura: no lo hizo beatnik ni hippie ni rockero. En Tintín hay viajes a la Luna (escritos en 1958, una década antes del Apollo 11) pero no hay Mayo del 68.

En la Argentina inflacionaria e inestable de los años 80, los álbumes editados y exportados por la barcelonesa Editorial Juventud no eran nada baratos. Por eso nos los intercambiábamos y prestábamos en los recreos y las plazas (a veces redondeando el precio con un Astérix o un Lucky Luke ), para leerlos sin tener que comprarlos. Si se mantienen las restricciones actuales a la importación de libros, los lectores de mañana quizá tengan que hacer algo parecido, como pequeños aventureros, en puntitas de pie, inventándose un mercado negro. Un poco como hacía Tintín: susurrándose contraseñas en las plazas, mandándose mensajitos encriptados, diciéndoles cosas raras a sus perros, demorando el calvario de la adolescencia. Esperemos que no necesiten el cloroformo.

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