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¿Quién le teme al Occupy Movement?

Miércoles 14 de diciembre de 2011
LA NACION
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Nueva York

Al poco tiempo de llegar a Nueva York, a principios de 1986, mi pareja y yo oímos por la ventana un ruido como de manifestación. El no perdió un minuto, se puso el sombrero y bajó a ver. Cuando volvió, me miró muy serio y sentenció: "Son humanos". Recuerdo que me causó gracia y que tuve que esperar un buen rato para que agregara, más bien perplejo, que habían salido campeones los Mets, uno de los equipos de béisbol de la ciudad, y que en la calle los estudiantes de Columbia festejaban.

La ciudad de entonces no se parecía en nada a la de ahora (yo tampoco me parezco mucho a la que era). Reagan dirigía el país, y en Nueva York hacía y deshacía el alcalde Edward Koch, un personaje que, por su ineptitud, hacía pensar en el Comisionado de Ciudad Gótica que siempre le está pidiendo socorro a Batman contra los villanos. Sólo que en esta ciudad no había Guasones ni Pingüinos ni Gatúbelas sino miles de homeless , subtes que parecían trenes fantasmas, calles como bocas de lobo, enfermos de sida que se morían como moscas, ventanas tapiadas, parques llenos de ratas y enormes espacios abandonados a la espera, quizá, de que viniera a filmarlos algún travelling de Jim Jarmusch. No recuerdo que hubiera muchos niños.

A pesar de que (o tal vez porque) no la entendía, esa ciudad me fascinaba. Me parecía estar fuera del mapa -y quizá del tiempo-, en un lugar de pesadilla, anónimo y, en cierto sentido, mítico -como la ciudad posnuclear del film Blade Runner - en el que me era dado alternar en un espacio de simulacros y basura urbana, mientras la astucia fotogénica de la posmodernidad -como se la llamaba entonces- disimulaba las perversiones del mercado y sus contradicciones atroces. Una peculiar cueva de Alí Babá, en suma, donde era posible perderse en busca de cachivaches como Joseph Cornell, catalogar escenas inesperadas de locura humana y también constatar, una y otra vez, al salir de cualquier teatro o museo o sala de conciertos, que lo que ocurría afuera era mucho, muchísimo más interesante que lo que ocurría adentro de las salas.

Entre esa primera época y hoy han ocurrido muchas cosas, algunas innecesarias o absurdas, otras vergonzosas, otras simplemente injustificables: tres guerras, cuatro presidentes, el atentado a las Torres, burbujas especulativas, cientos de escándalos sexuales dentro de la clase política (ridículos y ridículamente explotados), corrupciones, fraudes bursátiles, bancarrotas y debacles financieras. (Quizá, la más abominable para mí: cuando vi desfilar por el bajo Manhattan a las tropas que celebraban el "éxito" de la operación Desert Storm en 1991, y me pregunté, sin entender, quiénes eran esos millones de hombres obesos, con gorras de béisbol, que las ovacionaban y que yo nunca había visto antes.)

Cuando salgo ahora, me cuesta entender adónde estoy. Rudy Giuliani, dicen, fue el ideólogo y el paladín del "milagro". Nueva York, que lo tuvo de jefe de gobierno entre 1994 y 2001, es ahora un gigantesco shopping mall . Relucen las superficies, mi barrio es un jardín de infantes donde las mujeres embarazadas, los bebés y las niñeras (hispanas o negras) se cuentan por decenas, y las tiendas de diseño se multiplican como los precios, mientras la convivencia se desvía hacia las redes sociales (que garantizan una emocionalidad safe ) y el malestar se cubre con la afición al trabajo y el pensamiento políticamente correcto.

Y todo en medio de una crisis de magnitudes históricas, con un desempleo que roza el 10%, tasas de crecimiento en caída libre, desalojos por falta de pago de hipotecas, estudiantes que adeudan sumas gigantescas a las universidades, salarios congelados, recortes de beneficios sociales, pérdidas de aportes jubilatorios y despidos masivos.

Los nombres de los responsables son conocidos: Enron, Madoff, Lehman Brothers, Goldman Sachs o AIG encabezan, tan sólo, una larga lista. Son conocidos, también, los intereses que se mueven detrás de esos nombres, el modo en que bancos e inversores operan como grupos lobbistas en la política norteamericana. También se sabe que funcionan en Wall Street y que es allí donde los grandes ejecutivos hacen fortunas cuando les va bien y, cuando les va mal, reciben rescates de la Reserva Federal y de la Secretaría del Tesoro que les permite recuperarse con dinero de los contribuyentes y seguir cobrando exorbitantes bonos o premios.

Contra esto se rebelan los que hace dos meses empezaron el Occupy Movement (sin duda, inspirados por la "primavera árabe" y también por los movimientos de indignados de España, Italia, Grecia e Inglaterra), primero acampando en Zuccotti Park y participando en manifestaciones en las cuales ya han habido más de 1500 detenidos sólo en Nueva York -700 de ellos en el Puente de Brooklyn- y ahora desperdigados -pero no acallados- y reproduciéndose como un virus en otras ciudades del país, en algunas (como en Oakland) enfrentando la brutalidad policial, instigada y organizada, según rumores, por el mismísimo Departamento del Homeland Security.

¿Quiénes son? La mayoría, jóvenes de entre 20 y 30 años. Podría catalogárselos en una larga lista de especificidades: punks , estudiantes, oficinistas, hipsters , desempleados, miembros y líderes de sindicatos, poetas, artistas, neohippies , ecologistas, desamparados, maestros, blogueros, etc.

" All night, all week, Occupy Wall Street -gritan-. We are the 99% ", refiriéndose a la disparidad abismal que divide a la sociedad hoy en día y que es su denuncia más clara y casi su única consigna. La contundencia de los números -a los norteamericanos les encantan las estadísticas- está de su lado: el 1% de la población posee, según datos oficiales, el 40% de la riqueza del país. Se estima que el patrimonio de ese 1% supera los 14 millones de dólares per cápita y que sus salarios exceden los 500.000 dólares anuales. El 99% son todos los demás, incluida una clase media que ha sido despojada del sueño americano, que no es otro que el sueño de la movilidad social, hoy impensable. Baste agregar que hay 48 millones de personas en los Estados Unidos que viven bajo el nivel de pobreza, cifra que representa el 15% de la población.

El surgimiento del Occupy Movement no ha pasado inadvertido. La ocupación del Zuccotti Park -que los activistas rebautizaron Liberty Plaza- fue, en sí mismo, un hecho inédito. Durante dos meses, más exactamente entre el 17 de septiembre y el momento en que el alcalde Michael Bloomberg decidió desalojarlos entre gallos y medianoche, hubo allí un mundo: no sólo carpas de dormir sino también cocinas comunitarias, una biblioteca popular, grupos de meditación, puestos sanitarios, gente pedaleando bicicletas para generar energía, centros de información (en inglés y en español), computadoras para difundir información por la red, puestos de distribución de diarios (el Occupied Wall Street Journal , entre otros), recipientes de reciclaje y equipos de limpieza.

Quizá lo más extraordinario: las asambleas y el uso del people's mic (dado que los micrófonos estaban prohibidos, la gente repetía en voz alta lo que escuchaba de los oradores y lo transmitía por cadena humana a los que estaban detrás). También me tocó ver a un chico parado sobre un banquito, leyendo Oliver Twist a un grupo de concentradísimos oyentes. Parecía una escena salida de Fahrenheit 451 , más llamativa aún por ocurrir en el mismo lugar donde hace casi dos décadas Michael Douglas, en su célebre rol de Gordon Gekko, justificaba la codicia con su frase: Greed is good .

Hasta los medios más conservadores (como Fox News o el Wall Street Journal), e incluso los candidatos republicanos en sus debates, los han mencionado, aunque más no sea para denostarlos. No tienen líderes, no tienen propuestas, no participan de la política, dicen.

¿No participan? ¿No tienen propuestas? En las pancartas que levantan, se lee: "Basta de guerras", "Cárcel a los banqueros", "Abajo la deuda estudiantil", "Moratoria hipotecaria", "Impuestos a los ricos", "Reforma financiera", "No más subsidios a las corporaciones" y, sobre todo, "Afuera el dinero de la política".

El problema, se oye en las discusiones de activistas, es sistémico y funciona como un círculo vicioso: al no haber fiscalización y castigo del fraude, el dinero corrupto de las corporaciones dirige los asuntos de Estado que, a su vez, no tiene capacidad ni interés de fiscalizar y castigar el fraude, y así sucesivamente. Acaba de descubrirse, por ejemplo, que no es incompatible para los diputados y senadores que legislan sobre esas mismas corporaciones invertir su dinero en ellas.

Laurie Anderson y Philip Glass, Michael Moore y Susan Sarandon, el economista Dylan Ratigan, el periodista Keith Olbermann, la cantante Katy Perry, el rapero Kanye West y Tom Morello, ex integrante de la banda de rock Rage Against the Machine, han manifestado su apoyo. Pero los jóvenes no están a la caza de celebrities ni de donaciones (una de las formas que prefieren los progresistas de hacer política). Ya llevan más de dos meses haciéndose oír.

La pregunta se impone por sí sola. ¿Puede este movimiento imponer cambios a la política norteamericana? ¿Es capaz de hacer trastabillar los grandes intereses que la sostienen? E, incluso, más modestamente, ¿puede modificar, aunque sea en forma mínima, los fortísimos valores de esta sociedad que, en definitiva, cree a pie juntillas en la competencia, la eficiencia y el esfuerzo, y descree de cualquier tentativa que implique aunar voluntades en desmedro de la individualidad?

Mi respuesta es ambivalente. He vivido aquí suficiente tiempo como para saber que quienes provenimos de otra cultura no siempre entendemos lo que creemos entender. Incluso cuando las cosas parecieran mostrar que ahora sí, por fin, la identificación es posible, que de verdad son "humanos", algo, subrepticiamente, se nos escapa. Algo, en todo caso, frustra nuestras predicciones, lee los hechos con otra lente, otra cautela. Me refiero al temor que permea sin pausa los intercambios personales en la sociedad americana: un miedo a todo lo que implique descontrol -incluido cualquier tipo de confrontación o discusión-, como si la pluralidad sólo fuera tolerable en la medida en que no deje de ser aséptica, y las diferencias, en tanto no atenten contra la cordialidad nice .

No sé si esto proviene del puritanismo y su endiosamiento de los espacios privados, pero me consta que las diferencias entre demócratas y republicanos, entre "liberales" y conservadores, entre progresistas y reaccionarios, son menos radicales de lo que parecen. De hecho, de otro modo no se explicaría que un gobierno como el de Obama -con el caudal de apoyo que tuvo al asumir- no haya logrado imponer sus propuestas de cambio ni siquiera cuando tenía mayoría en el Congreso.

Y, sin embargo, la fuerza insumisa de este movimiento, su persistencia y su apuesta por la desobediencia civil -en medio de esos edificios que concentran la riqueza del mundo y parecieran poder aplastarlos-, me reconcilian con la Nueva York que amé, me hacen sentir otra vez la energía deslumbrante de todo lo que en esta ciudad sueña, crea y alza banderas, como en un poema, a favor de lo imposible.

© La Nacion

La autora, escritora, enseña literatura latinoamericana en el Sarah Lawrence College

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