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Trece días en el abismo político

Enfoques

Por   | LA NACION

A punto de perder el hilo de paciencia que aún le quedaba, Fernando de la Rúa mandó llamar a su secretario de Seguridad, Enrique Mathov, ese jueves 20 de diciembre de 2001 en el que en la calle reinaban el calor, los saqueos y la violencia. "No sé cuántos muertos hay; el SAME levanta heridos que después pueden morir o no", contestó el funcionario ante un presidente que ya no creía en nadie. Un rato antes de las 19, De la Rúa escuchaba de boca del presidente del Senado, el peronista Ramón Puerta, una promesa tardía. "Le dije que esperara, que no renunciara, que le íbamos a aprobar el presupuesto. Me dijo que a las 20.30, la hora en que yo llegaba a San Luis, ya sería de noche. Entendí que la decisión había sido tomada", dice Puerta a La Nacion hoy, a diez años de una de las peores pesadillas de la historia argentina.

El país estallaba. Con un ritmo dramático que quitaba la respiración, empezaban allí 13 días en los que cinco presidentes se sucederían al compás de enloquecidas cacerolas; una treintena de personas morirían por represión policial y la clase política se derrumbaría hasta su punto más bajo desde la restauración democrática. Fueron los días en los que -con una economía hecha trizas- soñar un futuro aceptable para el país sonaba a lejana e inalcanzable utopía.

La crónica de aquellos días terribles, que bien podría escribirse en clave de espeluznante thriller, tuvo una víspera. En la mañana del miércoles 19 el presidente irrumpió en una reunión organizada en la sede de Cáritas, donde la primera línea de la UCR y el PJ, sindicalistas y empresarios intentaban encontrar una salida a la crisis que ya se vislumbraba terminal. Raúl Alfonsín, Eduardo Duhalde, José Manuel de la Sota y Eduardo Bauzá encabezaron la larga mesa conducida por monseñor Jorge Casaretto. También estaban el jefe de Gabinete, Chrystian Colombo; el titular del Banco Nación, Enrique Olivera, y el jefe de gobierno porteño, Aníbal Ibarra. "No lo podíamos creer. Defendió lo que estaba haciendo [Domingo] Cavallo y llamó a la unidad del país. No había forma de hacerlo cambiar de idea", afirma hoy uno de los protagonistas de aquella reunión. Para De la Rúa, la reunión terminó con un sabor amargo adicional: a la entrada le gritaron "inepto", y a su salida del edificio de la calle Balcarce debió esquivar huevos y pedradas de ahorristas indignados por el corralito a los depósitos.

Al caer esa tarde llegaron la declaración del estado de sitio, el inolvidable cacerolazo en la Plaza de Mayo, los saqueos en el conurbano y la ruidosa renuncia de Cavallo. Casi al mismo tiempo, en el hotel Elevage, peronistas y radicales se reunían para encontrar una salida al laberinto. Fracasaron. "Fuimos a Olivos a contarle a De la Rúa. Le dijimos que las cosas estaban mal, pero nunca imaginamos que renunciaría", recuerda Rafael Pascual, que junto con Enrique Nosiglia, Ramón Mestre, Carlos Becerra y Colombo representaban a la UCR. Por el PJ escuchaban Eduardo Menem, Puerta y Carlos Ruckauf, poderoso gobernador bonaerense.

Ya en el fatídico 20 de diciembre, De la Rúa culpaba por sus desventuras al FMI, a un sector de la UCR y al PJ bonaerense, al que aún hoy sigue responsabilizando por su caída. "El día avanzaba sin noticias del PJ. Quería decir que rechazaban mi llamado a un gobierno de unidad. Y la UCR me hizo saber que verían mi renuncia como una solución", se enoja el ex presidente, una década después. "Había dos peronismos: el de los gobernadores que querían encontrar juntos una solución, y un PJ golpista con Duhalde y Carlos Ruckauf, que tenía el poder y estaba dispuesto a voltear al gobierno", coincide Nicolás Gallo, entonces ministro de Infraestructura.

Por supuesto, ni entonces ni ahora el PJ acepta haber tenido participación en la hora final del gobierno de la Alianza. "De la Rúa estaba totalmente fuera de sí, grogui. La explosión se dio de manera natural", dice Carlos Brown, entonces diputado por el duhaldismo. "Le dije a De la Rúa: «Va a tener menos problemas conmigo que con su partido». Me dio la razón", dice Puerta, que sucedería al radical por menos de 72 horas.

Fin de semana de locos

De la Rúa caminó resignado hacia el helicóptero en la terraza de la Casa Rosada el 20 a las 19.52, pero Ramón Puerta pudo llegar a Buenos Aires el 21 de diciembre a las 11, luego de un regreso desde San Luis atrasado por tormenta eléctrica. "Tenía dos objetivos: la seguridad y que los cajeros automáticos tuvieran dinero. La gente quería recuperar lo suyo", recuerda Puerta. Después de la jura en la Casa Rosada, aparecieron algunos pesos para municipios del conurbano sumidos en saqueos y furia. El español Felipe González llegó ese 21 a Buenos Aires para intentar sostener a De la Rúa. "Ya había renunciado, pero lo recibí igual. Le expliqué que no había podido esperarlo. Entendió", confiesa el ex presidente.

Puerta cumplió su promesa y se fue del poder el domingo 23, por la tarde, horas después de que el peronista puntano Adolfo Rodríguez Saá fue elegido presidente por una Asamblea Legislativa que pasó noches sin dormir. Exultante, Rodríguez Saá prometió cambios en los 60 días en los que debía ocupar el poder.

Ampuloso anuncio de cesación de pagos de la deuda externa; la nueva moneda (el argentino); Carlos Grosso como asesor estrella; tope de 3000 pesos para toda la administración pública. Anuncios y hechos que ya forman parte de la historia de aquella nebulosa semana. También una visita a la CGT y su foto, sudado y sonriente, junto a Hugo Moyano, Rodolfo Daer y Luis Barrionuevo. "Todo venía bien, pero ellos, y sobre todo el Alberto [Rodríguez Saá], se querían quedar en el poder. Los gobernadores del PJ no los perdonaron", recuerda Oraldo Britos, ministro de Trabajo en aquella semana surrealista, en la que Racing salió campeón. El 28 a la noche, mientras el gabinete debatía en la quinta de Olivos un nuevo presupuesto y la calle estallaba, el hermano menor de Adolfo trajo una orquesta de tango, e improvisó unos pasos con una bailarina. "Era danzar en la cubierta del Titanic", cuenta un discreto participante.

El sábado 29, los cacerolazos terminaron en violencia en la Casa Rosada y el Congreso. Rodríguez Saá convocó a Chapadmalal a los gobernadores, pero lo sorprendió una manifestación de empleados públicos. Sin apoyo del PJ, un desesperado Saá se fue a San Luis. Renunciaría por TV cerca de la medianoche del domingo 30, luego de denunciar un complot de Duhalde y De la Sota.

El bonaerense fiel

Con la renuncia de Rodríguez Saá, Puerta reapareció en escena, pero sólo para dar otro paso al costado. Nadie parecía querer comandar ese barco a la deriva. "Si no cumple con la Constitución, no me quedará otro camino que meterlo preso", le espetó la jueza María Servini de Cubría al titular de la Cámara de Diputados, Eduardo Camaño. El dirigente duhaldista acató: asumió a las 18.35 de aquel lunes 31, en una Buenos Aires parecida a Bagdad en tiempos de guerra. Menos de 20 horas después, su jefe político asumía la Presidencia.

Eduardo Duhalde comenzó a prepararse para lo que se había resistido durante 10 días: asumir el gobierno. "Le correspondía a él. El 40 por ciento lo había votado en 1999", coinciden Puerta y Brown. Durante el fin de semana, muchos dirigentes comenzaron a llegar a la casa del entonces senador en Lomas de Zamora. "Llamó José María Aznar y le preguntó qué porcentaje de posibilidades había de remontar la situación. El Negro le contestó: «Un 10 por ciento»", recuerda un dirigente peronista.

Con tropiezos, Duhalde juró y comenzó a gobernar el 1° de enero. Aquellos días se convirtieron, de a poco, en advertencia latente para un país que vio desde muy cerca el mismísimo abismo..

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