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Regresa el "efecto Orloff"

Opinión

En el Brasil de los años 80, una propaganda de vodka Orloff mostraba a una persona que, al prepararse para salir una noche de sábado, veía en el espejo del baño a otro parecido a él, pero arruinado por la resaca que lo miraba y sentenciaba: " Eu sou você amanhã ". La publicidad cerraba con un " Pense em você amanhã. Exija Orloff hoje " (el supuesto inverificable era, claro, que Orloff no dejaba resaca).

En Brasil se llamó "efecto Orloff" al carácter pionero de la Argentina en los planes de estabilización de precios (variantes de las tablitas cambiarias) y a la sensación ominosa que el fracaso argentino despertaba en el país vecino. Cuando, emulando a la Argentina, Brasil implementaba su plan de precios y salarios unos meses más tarde, el plan argentino ya comenzaba a mostrar sus fisuras debajo del maquillaje. Brasil se miraba en el espejo argentino y pensaba: ése soy yo mañana.

El mundo ha cambiado desde entonces. La inflación dejó de ser un problema endémico en los años 90, con la desdolarización financiera de la década siguiente el ancla cambiaria fue abandonada a favor de una intervención cambiaria en la dirección contraria (priorizando un dólar alto antes que un dólar bajo) y hoy Brasil sólo emula a la Argentina en su gesta sojera.

Pero, con la crisis mundial, el "efecto Orloff" ha regresado recargado. No entre la Argentina y Brasil, sino entre el mundo y Brasil (y la Argentina). O, mejor dicho, entre el mundo avanzado y el resto, que nos incluye.

Recordemos: a mediados de 2008, mientras Estados Unidos se hundía en la recesión, peleábamos contra el recalentamiento y la inflación de las commodities y debatíamos si el mundo en desarrollo se había desacoplado de los países avanzados. Seis meses más tarde, el crecimiento en la región caía en promedio más del 5% (6% en nuestro caso, según datos oficiales).

Hoy, decir que la recesión mundial anticipa la recesión local es una perogrullada. Pero, ¿cuánto de lo que pasa en nuestros países se explica por lo que pasa afuera? O, alternativamente, ¿cómo y cuándo impactaría una recesión mundial en nuestro vecindario?

Eso intentamos responder en una reciente investigación que preparamos con Luciano Cohan para las Perspectivas Económicas Latinoamericanas de la Brookings Institution. Allí encontramos que, en promedio, la mitad de la variación en la tasa de crecimiento de los principales países latinoamericanos se explica con tres variables globales (fuera del control de la política local): riesgo financiero en mercados desarrollados, precio de las commodities y crecimiento de los países del G-7 y de China. Hay más. En tiempos de crisis, la incidencia promedio se eleva al 80%. (La Argentina no es la excepción: nuestros números son 65% en tiempos tranquilos y 92% en tiempos "intranquilos".) Por otro lado, el rezago aproximado de estos efectos es un trimestre: las consecuencias locales del colapso de los bonos italianos tras la última gafe alemana o del aterrizaje suave que ya se insinúa en China comenzarán a sentirse en unos meses.

En principio, es posible interpretar los resultados de este ejercicio, por demás simple, de varias maneras.

Primero, lo obvio. La respuesta política debe anticipar la onda de choque de modo de no correr detrás de los hechos (como, en alguna medida, hicieron todos en 2009). Algo de esto se percibe en la región, donde los bancos centrales van adoptando una posición expansiva, reflejando tanto el peligro inminente de la recesión como la escasa munición fiscal para hacerle frente.

Otra interpretación señalaría la poca influencia de las decisiones propias de los países. Así, el incipiente enfriamiento de la industria argentina sería el reflejo de la desaceleración en Brasil, que a su vez sería apenas el reflejo cercano de la ola de frío global. Pero si nuestras subas y bajas se deben mayormente a elementos ajenos a nuestro control, ¿qué le queda entonces a la política económica?

Sin embargo, esta visión excesivamente pesimista pasa por alto dos distinciones. La primera es de plazos: el impacto de una recesión mundial es inmediato, pero la recuperación y el costo final a largo plazo dependen más de lo que haga cada país.

La segunda distinción es aún más importante, y remite a la diferencia entre PBI (ingreso) y consumo (o, más en general, bienestar). En una investigación realizada hace unos años para el Banco Mundial encontraba que el impacto de una recesión sobre la pobreza y la equidad dependía negativamente de la capacidad fiscal para compensarla. Esta distinción es la que explica por qué, en la percepción de la gente, la breve pero aguda recesión de 2009 estuvo tan lejos de las crisis de los 90: los Estados de la región pudieron mitigar el golpe con más gasto (orientado a los sectores más expuestos), financiando el déficit fiscal con los ahorros de los años buenos. Lo que los economistas llaman política anticíclica.

Este nuevo capítulo de la crisis global nos confirma que 2009 no fue un epifenómeno, sino el anticipo de una nueva realidad. Lo sabemos por experiencia: la resaca de una crisis de deuda puede durar una década. Y si, hasta ahora, la abundancia pagó los platos rotos de los errores locales, hoy que no sobra nada hay menos margen para la improvisación y la autarquía financiera. Sin embargo, mirando el vaso medio lleno, las nuevas restricciones deberían generar las condiciones para replantear un modelo de desarrollo que, ya en los años de vacas gordas, contenía sus propios límites: una lenta evolución de la productividad, una insuficiente integración comercial regional (la contracara de la creciente dependencia china) y un relativo fracaso en extender la cadena de valor de la producción de recursos naturales. El regreso de la escasez puede forzar una bienvenida revisión del milagro latinoamericano.

El mundo nos mira desde el espejo, y nos dice: "Yo soy vos mañana". Al ver la lenta descomposición europea, la parálisis política en los Estados Unidos, el rebaje de la locomotora china y el incipiente enfriamiento de Brasil (que es apenas el reflejo cercano de esta ola de frío global), en los países emergentes atravesamos tres etapas. Primero, el regodeo y la autocongratulación por no compartir tamañas desgracias. Enseguida, la sensación de que, mientras los países centrales se lanzan a los botes en la cubierta del Titanic, nosotros jugamos a las cartas en alguna bodega del barco. Finalmente, el sentimiento ambiguo de que el fin de la abundancia no es ni el acabose ni más de lo mismo, sino la nueva realidad que llegó para quedarse. El siguiente test en la carrera de obstáculos del desarrollo.

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