Alemania, la potencia renuente
Los históricos intentos alemanes de dominar a Europa militarmente terminaron en el desastre moral y físico del país, y la más reciente aspiración de dominio comercial podría naufragar junto con el euro, la moneda que debía sepultar diferencias en la UE. Aún así, la respuesta a la crisis podría estar en el modelo productivo de la gran potencia
Por Simón Winder | Para LA NACION
Ingolstadt es una de esas encantadoras ciudades alemanas de tamaño mediano que, si a uno le gustan tales cosas, hacen que los visitantes felices como yo aplaudan de entusiasmo. He estado yendo y viniendo de Alemania durante gran parte de mi vida adulta y nunca me canso de tantos muros defensivos, portones y torres.
Ingolstadt da una excelente impresión, aparte de todas las casas de Kebab y de los automóviles, de estar aún atrapada en algún período histórico muy anterior. Es también uno de los motivos por los que el sur de Alemania sigue siendo un motor tan poderoso de la economía europea; en realidad, la última esperanza para Europa. La conducta y la actitud de gente como la que vive en Ingolstad tendrán un profundo impacto en cómo se desarrolle la actual crisis.
Donde vaya en Alemania, hay un ambiente llamativamente similar. Hay una profunda cohesión social y cierta formalidad, notable en cosas pequeñas como el hábito universal de vestirse formalmente para ir a conciertos de música clásica. Sufrí la humillación recientemente en Dresden de llevar una camisa a cuadros rojos, con lejanas reminiscencias del salvaje Oeste, en un mar de hombres vestidos con traje oscuro y corbata, siendo mi único consuelo un personaje de aspecto hippesco que usaba lo que parecía ser un pulóver tosco. Resultó ser la parte superior de un hábito de monje. Este formalismo se extiende a un muy elevado nivel de control social, una presencia policial implacable en "áreas de inmigrantes" y la pretensión escalofriante de muchos alemanes de que los inmigrantes no existen.
La gente generalmente hace lo que se le dice y es feliz de que las cosas sean así. En el diminuto pueblo de Bückeburg (antigua capital del principado de Schaumburg-Lippe) una vez tuve que soportar que un policía me aleccionara por haber cruzado una calle vacía en el cruce de peatones cuando el pequeño hombrecillo aún no se había puesto verde. Había estado al acecho en su patrullero y me trataba de modo despreciativo, con una pose arrogante.
Este tipo de conformidad agresiva será crítica en el desarrollo de los eventos en los próximos meses. Los alemanes valoran sus pueblos, se preocupan por el punto de vista de sus vecinos, gustan de las reglas y su premio es un sistema social y económico que realmente funciona.
El superávit comercial alemán alcanza los 15.300 millones de euros, su gobierno está por introducir rebajas impositivas por unos 6000 millones y recientemente descubrió -aparentemente por casualidad- que la recaudación de este año sería 16.200 millones más de lo que se pensaba. Pero lo que ahora todos están comenzando a advertir es que esta cohesión tan ordenada que hizo que esto fuera posible no es compartida por algunos de los socios más soleados de Alemania en Eurolandia.
Volviendo a Ingolstadt, sus placeres son felizmente confirmados a lo largo de varios días. El Danubio pasa raudo, las campanas de las iglesias tañen y los restoranes están llenos de alemanes sentados en largos bancos, rugiendo de risa (en las horas prescriptas). El pueblo tiene una grilla de calles en gran medida sin cambios desde 1700, con plazas llenas de fuentes, iglesias espectaculares y una vieja facultad de medicina que alberga varios horrores embotellados (no sorprende que Mary Shelly determinara que el barón Frankenstein hiciera su formación médica aquí).
Ingolstadt también es famosa en los círculos católicos por la defensa heroica de sus muros en la Guerra de los Treinta Años. Batallando contra el vengador protestante que todo lo conquistaba, Gustavus Adolphus, rey de Suecia, los ingolstadtianos exitosamente lo mantuvieron fuera de la ciudad, obligándolo a ir galopando a su muerte en la batalla de Lützen. Durante el sitio, al rey le mataron un caballo en el que montaba; los habitantes recuperaron el infortunado animal y lo hicieron embalsamar como trofeo de la victoria. Sigue siendo el elemento más destacado del museo de la ciudad, muy emparchado y con manchas de vino de los banquetes cívicos en los que solía ser el adorno central.
Pero lo más llamativo es la prosperidad del pueblo. Las tiendas son del tipo usual alemán de alto nivel, una mezcla de lugares que ofrecen vacaciones exóticas, equipamiento de cocina, sacos de piel y lencería desplegada de manera sofisticadamente grosera. Todo el mundo cruza de aquí para allá comprando cosas y charlando, y pronto se hace evidente que todos allí deben saber exactamente quién lleva qué ropa y para beneficio de quién.
Autos y combustible
La riqueza de Ingolstadt y sus tenderos proviene de dos fuentes: la enorme fábrica de Audi, al Norte, y las instalaciones petroleras de Petroplus, al Nordeste, más grandes que la misma ciudad vieja. Su éxito, como el de tantos pueblos alemanes, se basa en un vínculo íntimo y moderno entre determinado pueblo y una especialización. Cuanto más inmaculado y encantador el lugar, tanto más probable es que una vuelta por las afueras revele la verdadera fuente de su riqueza. Schwäbisch Hall, un pueblo al oeste de Ingolstadt, hizo su fortuna original con la sal y la casa de la moneda, pero ahora está rodeada de una cantidad de sedes corporativas, con el tradicional énfasis alemán de enormes estacionamientos (llenos de Audi) y arquitectura baja falsamente informal de "campus". Un número llamativo de pueblos se basan en fabricar cosas. En todo el sur de Alemania es la propensión alemana a la precisa, experta y elaborada creación de objetos -motores, lentes, microprocesadores, enormes piezas de acero- que pagan los viajes a Tailandia, los abrigos de piel y todo lo demás.
La pregunta del porqué Alemania es así ha generado debates sin solución por lo menos desde hace un siglo. Pero si hay una solución para la actual crisis europea, probablemente se encuentre en pueblos como Ingolstad y cientos de otros muy similares.
Una explicación tradicional, con raíces llamativamente persistentes, es que el éxito se debe a la ética protestante del trabajo, pero hoy algunas de las áreas más productivas de Alemania, en particular las abrumadoramente prósperas Baden y Baviera, son católicas. Y los pequeños bolsones de mayor pobreza del país son protestantes.
Una respuesta más plausible se encuentra en la tradición del "oficio". Cuando la región estaba dividida en cientos de miniestados bajo el Sacro Imperio Romano, cada uno de estos estados tendía a especializarse en algo. Algunos de los lugares -con nombres graciosos tales como Öttingen-Öttingen- eran pobres y consistían en un castillo con un lord borracho desmayado en su interior y un puñado de granjeros y sirvientes amargados afuera. Las ciudades estado tales como Hamburgo, o territorios más grandes como Sajonia, eran más serios.
Pero a diferencia de Gran Bretaña, por ejemplo, había una falta absoluta de un Londres, o incluso un Manchester o un Glasgow. En cambio, cientos de lugares competían entre sí, muchos con sus propias cortes reales alentando el tipo de trabajo de precisión que requieren los instrumentos musicales o las armas de alta calidad, lo que llevó naturalmente a modernizaciones que llegan al presente. Cada lugar defendía lo suyo y niveles ridículos de burocracia paralizaban el movimiento a través de Alemania. El comercio a lo largo del Rin casi no dejaba ganancias por los impuestos que cobraban cada pocos kilómetros un microestado detrás de otro, cada uno dueño de su pequeño tramo de río.
Este provincialismo extremo era el territorio de administradores visionarios. Luego de visitar Londres o París, volvían púrpura de vergüenza por lo atrasada que era Alemania. El pobre Goethe, en sus años como administrador de un estado tan poco impresionante como Saje-Weimar, a veces se escapaba a la aldea de Ilmenau para tratar de persuadir a los locales de que pusieran en funcionamiento su pequeña mina de cobre inundada. Pero se daba por vencido y se iba a caminar por las montañas, donde escribía poemas y obras de teatro y estudiaba geología.
Por supuesto que esto cambió con tremenda rapidez en el siglo XIX. Napoleón venció sin esfuerzo a las tropas del Sacro Imperio Romano, aboliendo todo eso en 1806, y reunió los microestados en unidades más grandes y coherentes. Luego siguieron una serie de convulsiones y guerras que eliminaron otras anomalías. El comercio transformó lo que era un rompecabezas de lugares atrasados en una superpotencia, aboliendo impuestos internos, construyendo ferrocarriles y canales, creando una flota mercante global. Fue un éxito magnífico. El diminuto pueblo de Essen, esencialmente una abadía, anduvo soñadoramente por las décadas hasta que en 1803 las monjas fueron echadas y en 1811 Friedrich Krup construyó allí su primera acería. Para fines de siglo ya estaba dominada por la industrialización, y terminó siendo la "armería del Reich".
Los cataclismos de 1914-1945, en los que Alemania usó su fuerza para fines cada vez más terribles, nunca modificaron su extraña estructura subyacente: una masa de pequeños especialistas basados en pueblos aún más pequeños. La capacidad de recuperación y el alcance que dio esto a Alemania la volvió formidable en ambas guerras mundiales, lo que quedó grabado en la memoria británica por la interminable cantidad de blancos industriales que tuvieron que ser bombardeados por la RAF. Y, desgraciadamente, en la memoria alemana, por la contribución de los nazis a la infraestructura y la industria: autovías, el Volkswagen e incluso el talento de Albert Speer para lograr instalaciones fabriles más eficientes.
Una observación frecuente en la actual crisis es que los alemanes están aterrorizados de que su pasado reaparezca y los muerda, que vuelva la hiperinflación posterior a la Primera Guerra Mundial si se rescata a los países europeos quebrados, que la inestabilidad, por alguna vía extraña, resulte en el colapso de la democracia alemana. Para mí esto no tiene ninguna relevancia. Si por más de medio siglo se ha tenido éxito sin par, el incentivo para amenazarlo es muy pequeño. La idea de meterse voluntariamente con los bancos alemanes y meter a Alemania aún más en el desastre griego es tan plausible como que David Cameron decida prender fuego al Palacio de Buckingham.
La Alemania occidental devastada, ocupada y humillada de 1945 se reconstruyó a partir de una versión más pequeña de los mismos principios: cientos de pueblos, cada uno produciendo algo excepcional. Y resultó que esta nueva prosperidad alemana también estaba íntimamente vinculada con la exportación exitosa de cosas que gustaban a los extranjeros, y el dinero resultante que permitía a los alemanes comprarse cosas. Este patrón exitoso, una especie de línea de montaje de inversiones, ideas, cosas y consumidores, continúa hasta el presente. Pero en vez de sólo ser una fuente de felicidad para muchos de sus afortunados habitantes, de pronto debe hacerse cargo de responder a un desastre global.
Desde el fin de la Guerra Fría, Alemania ha dado dos bendiciones al mundo. La primera fue la decisión de volcar muchos miles de millones de Deutsche Marks a la reconstrucción un poco complicada de la vieja Alemania oriental. La segunda sería el principio que llevaría al euro, que debía ser el acto final para terminar con el legado de la Segunda Guerra Mundial. En un gran replanteo de los principios que habían cementado el Tratado de Roma original, los europeos que compartieran la divisa tendrían tanto en común que no podrían soñar con luchar entre sí. Algunos de los que se postulaban para sumarse al euro parecían un poco extraños o dudosos, pero los alemanes preferían ignorar esto porque había una cuestión más elevada, casi mística, en juego.
Es quizá la pregunta fundamental que enfrenta ahora a Europa: ¿qué pensará la gente que deambula por las principales calles comerciales de Ingolstadt respecto de lo que ha sucedido? Los intentos de Alemania de dominar a Europa militarmente terminaron en el desastre moral y físico total. El intento más reciente de Alemania de dominar a Europa por medio de los recursos benignos del trabajo duro, las relaciones constructivas y el respaldo al euro parecía ser un éxito brillante. La forma particular de provincialismo que está en el corazón de Alemania de algún modo resultó en la creencia de que el resto del mundo compartía sus valores: trabajar toda la semana en Audi, pasar el fin de semana bebiendo ruidosamente y debatir los méritos relativos de vacaciones en lugares lejanos y mezclar esto con la ocasional infidelidad matrimonial y la crisis espiritual. Simplemente no podía absorber la idea de que Grecia o Italia usarían el acceso al euro consciente y despreciativamente para tirar la ética del trabajo por el inodoro.
¿Y de qué modo le agradecen a Alemania su intento de ayudar? Hubo manifestaciones en contra de Alemania en Grecia y a Angela Merkel le enviaron una bomba desde Atenas. En cuanto a Italia en julio se grabó a Silvio Berlusconi lanzando un insulto irreproducible contra Merkel; antes le había dicho a Martin Schulz, un parlamentario europeo alemán, que hubiese sido un excelente "capo" de campo de concentración.
En los últimos meses, Alemania ha asumido un nuevo rol, para el que no sirve: su localismo y su política de consenso ligeramente corrupta operando ahora en un ambiente muy distinto y hostil.
Nadie en Alemania quiere tanto poder o llamar tanto la atención. La mayoría de los alemanes quieren que los dejen solos, idealmente en la Weissbräuhaus zum Hernbräu, en Ingosltadt, con un inmenso vaso de cerveza, unos pedazos de cerdo quemado y muchas papas asadas. Pero me temo que eso no es posible..
