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La lucidez y el humor de Spark

PARA LA NACION
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Silvia Hopenhayn
Miércoles 28 de diciembre de 2011
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Es una alegría encontrar una novela de Muriel Spark. De seguro no habrá pasajes demasiado dramáticos ni melosos. Le importará poco el desconsuelo de una mujer abandonada y menos aún la pasión sin ejercicio retórico. En sus tramas, el placer del pensar, a lo largo del día, se asemeja al de la contemplación de un bello paisaje. No me refiero a la meditación filosófica; más bien, al detenimiento en gestos para discriminar su verdadero origen, como si consiguiera espiar las estrategias de existencia de cada uno, hasta las más viles. De allí que su estilo -preciso, punzante, simpático- sea reflejo de su visión de las cosas. Se trata de una rara dama de las letras, que nació en Edimburgo, Escocia, tuvo su único hijo en Zimbabwe, vivió en Londres, Nueva York, Roma y pasó la última parte de su vida en un pueblito de la Toscana. Durante la Segunda Guerra Mundial, trabajó en el Ministerio de Asuntos Extranjeros en Gran Bretaña, donde trabó una amistad fundamental con Graham Greene. Comenzó como poeta; escribió una excelente biografía de Mary Shelley (la autora de Frankenstein ) y también realizó estudios sobre Wordsworth y Brönte. Con su primera novela, Los que consuelan (1957), Spark irrumpe en el ambiente literario de la época, mientras ejerce el periodismo en prestigiosas publicaciones, como The New Yorker .

En nueva traducción y recién publicada, La intromisión (La Bestia Equilátera) es una excelente manera de ingresar en su ficción, y a través de su vida, ya que se trata de una novela mayormente autobiográfica. La historia cobra vida propia a través de esta increíble Asociación Autobiográfica, cuyos miembros se dedican a escribir sus memorias, "que piensan guardar durante setenta años en un lugar seguro hasta que todas las personas mencionadas en ellas hayan muerto". Cada uno tiene un elemento que lo caracteriza: "Uno de ellos era la nostalgia; otro, el delirio de persecución; el tercero, el ansia de autores por aparecer como figuras simpáticas". Fleur, la protagonista, es contratada supuestamente para pasar a máquina y dar sentido al relato de estas vidas ajenas, que trastoca a gusto.

Su objetivo en la vida es otro, y se aclara en las primeras páginas, cuando una compañera le pregunta si piensa casarse. La respuesta es rotunda y probablemente parecida a la que Spark aplicó para su propia vida: "No. Escribo poesía. Quiero escribir. El matrimonio sería un obstáculo". A su vez, Fleur está escribiendo su propia novela, titulada Warrender Chase , y es muy interesante cómo diferencia su escritura del modo de vivir de los otros. "En mi novela me había acostumbrado a fijar primero una presencia imaginaria en mi mente, para agregarle luego una historia. En el caso de los invitados de sir Quentin (su jefe), las historias se habían presentado antes que los personajes físicos." Toda una enseñanza, literaria y vital, de fina ironía y moderno candor.

Lectura recomendable, también para atenuar el aluvión de escritoras mujeres de alto perfil comercial y bajo vuelo poético que ya cunde en los balnearios.

© La Nacion

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