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Si tuvieramos que elegir

Sábado 31 de diciembre de 2011
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PARA LA NACION

Si antes de nacer tuviéramos la posibilidad de elegir una sola cosa para nuestro futuro, ¿qué elegiríamos?

He hecho esta pregunta a muchas personas y una de las respuestas más originales que recibí fue la de Robert Sapolsky, un neurobiólogo estadounidense que dedicó más de veinte años a estudiar el efecto del estrés sobre la salud de un grupo de mandriles salvajes en Kenia.

Sapolsky acarició su frondosa barba y, antes de contestarme, se quedó mirando la ventana. Al fin dijo: "Pienso que, sobre todo, nos convendría elegir pertenecer al grupo de mandriles –¡o personas, claro!– que puede diferenciar entre una amenaza real, como un rival desafiándote frente a tus narices, y un hecho totalmente neutro, como un mandril durmiendo la siesta en la orilla de enfrente".

Sapolsky es investigador y profesor emérito de Biología y Neurología en la Universidad de Stanford, en California. Como neuroendocrinólogo, ha centrado su investigación en el estrés y la degeneración neuronal, y en la posibilidad de desarrollar una terapia génica para proteger ciertos grupos de neuronas. Como biólogo, se ha dedicado a analizar la relación entre la personalidad y las enfermedades de los mandriles y ha llegado a la conclusión de que no todos logran establecer la diferencia entre las amenazas reales y las imaginadas. "La salud de los que ven todo como provocación siempre acaba resintiéndose", me explicó, dando por sentado que entre los seres humanos pasa lo mismo. Por eso, puesto a elegir antes de nacer, Sapolsky elegiría pertenecer al grupo de individuos capaces de establecer aquella diferencia.

Antes de hablar con Sapolsky jamás se me hubiera ocurrido elegir algo relacionado con un aspecto tan profundo de la personalidad. Pensaba que si pudiera haber elegido algo para mi futuro, quizá habría querido tener más ocasiones para reír y bailar; más inteligencia emocional; o, sobre todo, más talento y facilidad para escribir, en vez de la lentitud tartamudeante con que suelo hacerlo. Sin embargo, después de escuchar a Sapolsky, me pareció que quizá lo mejor sería elegir una personalidad de esas que no se enrollan con casi nada. Capaz que si fuera una mandril desenrollada, automáticamente me sobrarían ocasiones para bailar, manejaría mejor mis afectos y, de ñapa, escribiría tan rápido como si una voz sideral me dictara las palabras.

Hay un poema en el que la Premio Nobel checa, Wislawa Szymborska, también habla sobre la posibilidad de elegir algo antes de nacer. El poema se llama Una versión de los acontecimientos y empieza así: "Si nos hubieran permitido elegir/ quizá nos habríamos demorado por siempre./ Los cuerpos que nos ofrecían eran incómodos,/ y se gastaban horriblemente./ Las maneras de saciar el hambre/ nos repugnaban./ El mundo que debía abrazarnos/ se desmoronaba sin cesar./ Con espanto y tristeza/ rechazamos la gran mayoría/ de los destinos/ que nos ofrecieron".

El poema es precioso, pero muy largo para transcribirlo entero aquí. Cuenta cómo a medida que pasa el tiempo, esas almas a las que se les da la posibilidad de elegir empiezan a hacerse preguntas: "Si merece la pena parir con dolor/ un niño muerto/ y para qué ser un navegante/ que nunca arribará." Mientras tanto, el universo sigue su curso, hay estrellas que nacen y mueren, hasta que al fin llega la hora de decidirse. A algunos les asaltan dudas: "Si sabiéndolo todo de antemano/ lo sabíamos en verdad todo/ si una elección tan prematura/ era en verdad una elección", pero los más impacientes se pierden de vista y parten a la tierra "A su primera prueba de fuego,/ a la lumbre del primer fuego verdadero/ en la escarpada orilla de un verdadero río".

Presionada por la urgencia y sabiendo que me estoy equivocando, creo que finalmente yo no le haría caso a Sapolsky, ni a mi sueño de escribir más y mejor, sino que me lanzaría al mundo como esas almas impacientes de Szymborska, sin decidir nada en absoluto, dispuesta a vivir exactamente la misma vida que he vivido. Querría para mí las mismas tristezas, errores, y alegrías..., no vaya a ser que por elegir cualquier otra cosa, después se alteren otras que amo entrañablemente. Estos tres fresnos majestuosos frente a mi ventana, por ejemplo. Este presente en un país y un continente sin guerras. O, sobre todo, mi hijo, ahora adolescente, de quien no puedo escribir nada porque me reta, pero que desde que nació no ha dejado de alegrarme y asombrarme ni un solo día.

¿Y ustedes? Si antes de nacer pudieran elegir una sola cosa para su vida, ¿qué elegirían?

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