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Cine / Una historia cómicamente filosófica

Paul Giamatti: Intercambio de almas

Espectáculos

Sophie Barthes tuvo -dice ella- la suerte de los principiantes. Tiene sus razones. Esta realizadora nacida en Francia, criada un poco en todas partes (del Medio Oriente a Sudamérica, a causa de los frecuentes traslados de su padre, dirigente de una empresa multinacional) y formada en la Universidad de Columbia, ha contado que Intercambio de almas ( Cold Souls ), su ópera prima, que IFA estrenará mañana, nació de un sueño.

Fue hace unos años. "Antes de dormirme -ha explicado- había estado leyendo El hombre moderno en busca de su alma , de Jung, y en ese sueño me encontraba en la sala de espera de un consultorio médico del futuro, rodeada de otros pacientes que como yo tenían una caja en la mano. Dentro de ella, cada uno llevaba su propia alma, que acababa de serle extraída, y justo frente a mí estaba Woody Allen, que, al abrir la caja, descubría que sólo contenía un garbanzo. Y se ponía furioso: su alma no podía ser sólo eso. Por suerte, yo me desperté antes de ver a qué se parecía la mía."

Después de divertirse bastante comentando el sueño e imaginándole posibles desarrollos con su compañero y colaborador, el fotógrafo norteamericano Andrij Parekh, a Barthes la idea de desarrollar un guión a partir de ese sueño se le convirtió en obsesión. Pensó escribirlo para el propio Woody Allen, pero desechó la ocurrencia por juzgarla irrealizable. Al poco tiempo, vio a Paul Giamatti en Esplendor americano (2003) y decidió escribir el libro pensando en él, sin saber si la idea podía interesarle. Y aquí intervino otra vez el azar, que hizo coincidir a la joven directora y al futuro protagonista de su film debut en el Festival de Nantucket de 2006. Giamatti estuvo encantado con el proyecto desde el principio, aunque primero debía cumplir con otros compromisos. Entre tanto, nuevamente la fortuna le sonrió a Barthes, que ya había filmado dos cortometrajes: en 2007 Sundance la puso bajo su protección, lo que la llevó a participar en un seminario de escritura y otro de realización, y le facilitó el acceso al equipamiento técnico y a muchos actores. Con ellos pudo filmar siete escenas y montarlas para mostrárselas a los profesionales. El resto lo hizo la originalidad de la historia -cómicamente filosófica o ciencia ficción poética, según cómo se la mire-, en la que algunos han visto cierto parentesco con la imaginación de Charlie Kaufman ( ¿Quieres ser John Malkovich? ) o de Michel Gondry ( Eterno resplandor de una mente sin recuerdos ).

Un año después de aquel encuentro en Nantucket, Giamatti pudo por fin representar al hombre con el alma del tamaño de un garbanzo. Es un famoso actor norteamericano llamado Paul Giamatti, que, angustiado por la crisis que le genera la encarnación de Tío Vania en el teatro, cree encontrar la solución en un modernísimo laboratorio norteamericano donde pueden aliviar el peso de su alma extirpándosela para conservarla en un depósito ultrarrefrigerado por el tiempo que sea convenido y, en caso necesario, reemplazársela por otra, a elección del cliente. Giamatti confía en que bastarán quince días liberado de sus tormentos psicológicos para poder acceder a la interioridad del personaje de Chejov y hallar la forma de transmitirla al público. Por supuesto, habrá algunos efectos secundarios y algún accidente que alterarán sus planes, le complicarán la vida conyugal (está casado con Claire, encarnada por Emily Watson) y lo llevarán a viajar a Rusia.

Porque detrás de este lucrativo negocio, a cuyo frente está un reputadísimo cirujano norteamericano (David Strathaim), hay toda una compleja organización con conexiones internacionales, una red de "mulas" que contrabandean almas entre San Petersburgo y Nueva York, y viceversa, y hasta el poder de la mismísima mafia rusa.

La versión de Paul Giamatti que Giamatti ofrece en Intercambio de almas coincide en buena medida con la imagen que el público se ha forjado de él a través de sus películas: un tipo ansioso, neurótico, inquieto. "Sí, el del film es un personaje inspirado en mí, pero no soy yo, no hay nada especialmente autobiográfico -aclaró el actor de Entre copas -; tampoco me generó ninguna presión especial interpretarlo: es sólo un personaje más, un neurótico actor neoyorquino que lleva mi nombre.".

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