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Hitchens, un contrera de manual

El autor de Cartas a un joven disidente cultivó muchas veces una opinión a contrapelo de las mayorías, como ejercicio de libertad intelectual pero también por el placer de provocar

Viernes 13 de enero de 2012
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PARA LA NACION
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Hace diez años, Christopher Hitchens publicó un libro que se llamaba Letters to a Young Contrarian y que Anagrama editó después como Cartas a un joven disidente . Una editorial porteña quizás habría titulado aquel libro con una palabra más informal pero seguramente más certera para definir el carácter del libro y de su propio autor: "Cartas a un joven contrera".

Hitchens, que murió hace pocas semanas por una neumonía derivada de un cáncer de esófago, era un contrera de manual. Cuando veía demasiado consenso alrededor de un tema, buscaba la manera de encontrar la posición opuesta. Si veía que se elogiaba demasiado a alguien, sentía una cosquilla irreprimible por atacarlo; si veía que alguien era criticado por un unánime coro mediático, le daban ganas de defenderlo.

Pero no era un resentido. No elegía sus objetivos o sus proyectos sólo para irritar a los demás (aunque eso seguramente también le hacía gracia), sino porque intentaba juzgar cada asunto o cada decisión por sí mismo, independientemente de lo que pensaran sus amigos o sus compañeros de bando. Un contrera, para Hitchens, era alguien que pensaba por sí mismo y se animaba a empezar de cero cada vez que se encontraba frente a un problema.

En Cartas a un joven disidente , que es una especie de manifiesto sobre sus ideas y su espíritu, Hitchens escribe: "La esencia de una mente independiente no radica en lo que piensa, sino en cómo piensa". No importa tanto el contenido de nuestras opiniones, dice, sino el combustible y los principios que alimentan esas opiniones. Ideología tiene cualquiera, pero no cualquiera tiene principios.

Este convencimiento explica la enorme sucesión de opiniones aparentemente contradictorias de Hitchens y su zigzag ideológico, desde el trotskismo de su juventud hasta su sorprendente y entusiasta apoyo a la guerra de Irak, en 2003. Una de sus primeras apostasías de la izquierda orgánica había ocurrido, curiosamente, en 1982, durante la Guerra de Malvinas. Mientras buena parte de la izquierda internacional (entre ellos, Fidel Castro) había decidido apoyar el golpe de la Argentina contra el viejo imperio, Hitchens usó su columna en The New Statesman , la revista de los socialistas británicos, para defender la decisión de Margaret Thatcher de echar a los militares argentinos de las islas.

Con el tiempo, los ataques de Hitchens se hicieron más impredecibles. No porque fueran arbitrarios o injustificados, sino porque no parecían importarle las consecuencias o los beneficios de tales demoliciones. Algunos de esos ataques hacían sonreír a la gente de espíritu conservador (como cuando colaboró con el proceso de impeachment contra Bill Clinton por el affaire Lewinsky). Otros les hacían mucha más gracia a los corazones progresistas, como cuando accedió a los archivos desclasificados de Henry Kissinger y escribió un libro ( Juicio a Kissinger , de Anagrama) en el que detallaba muchas de las pantanosas gestiones internacionales de Kissinger durante la Guerra Fría.

En una segunda edición de ese libro, Hitchens incluyó la conversación de Kissinger con el primer canciller de la última dictadura argentina, el almirante César Guzzetti, en una habitación del hotel Waldorf Astoria, en octubre de 1976: "Hagan lo que tengan que hacer -dijo Kissinger, según la transcripción de los archivos-, pero cuanto más rápido lo hagan, mejor". La Junta Militar leyó esta frase como un apoyo tácito a la represión.

En su libro de memorias, publicado el año pasado poco antes de conocerse su diagnóstico de cáncer, Hitchens explicó que aquella neblina ideológica se disipó a fines de los años 80, cuando el ayatolá Komeini declaró la fatwa contra Salman Rushdie. Ante la insípida respuesta de algunos de sus compañeros socialdemócratas, temerosos de ofender al líder islámico, Hitchens vio que el conflicto alrededor de Los versos satánicos dividía "todo lo que amo de todo lo que odio". En la columna del odio estaban "la dictadura, la religión, la estupidez, la demagogia, la censura, el patoteo y la intimidación". Y en la columna de lo que él amaba, en cambio, habían quedado "la literatura, la ironía, el humor, el individuo y la defensa de la libre expresión".

Hitchens llevó estos principios hasta donde pudo, a veces con mejor puntería que otras. Como creía que la religión era una influencia negativa para las sociedades, escribió un libro que tituló Dios no es bueno (Debate), como para que quedara claro desde el principio. Este libro fue su primer best seller, después de una docena de ensayos políticos e históricos que lo habían transformado en un personaje prestigioso pero de alcance limitado en Gran Bretaña y en Estados Unidos, donde vivía desde 1981.

"Ése no sería yo"

En su ateísmo militante, Hitchens encontró, por primera vez, un público amplio, incluso internacional. Y fue parte de ese público amplio el que en los meses de su enfermedad mostró por él una compasión y un apoyo de tintes casi religiosos. Hitchens no era pluralista: no le parecía bien que hubiera gente religiosa, aun cuando esa religión fuera privada. Creía verdaderamente que la progresiva desaparición de las religiones brindaría enormes beneficios a la humanidad. Y aun así, Hitchens generaba un cariño especial en muchísimos creyentes que detestaban a otros ateos famosos. Algo inexplicable. En las últimas semanas, se organizaron diversos grupos espontáneos en Estados Unidos para "rezar por Hitchens", que no quería que rezaran por él. Esta cuestión -la posibilidad de una súbita conversión final- surgió varias veces en 2011, cuando Hitchens escribió varias columnas en Vanity Fair sobre el progreso de su enfermedad. Cuando le preguntaban, en alguna conferencia o en una entrevista, si veía posible un despertar religioso tardío, él decía que no lo veía imposible, porque las enfermedades a veces hacen cosas extrañas con la química del cerebro, pero advertía que, en ese caso, esa persona ya no sería él. "No sería yo de ninguna forma reconocible", aclaró.

Hitchens había nacido en el sur de Inglaterra, hijo de un oficial de la Marina británica que estuvo destinado brevemente en las Malvinas y un ama de casa que escondió su judaísmo hasta su muerte. En la reglamentadísima escala social de los ingleses, los Hitchens tenían un pie en la clase media baja y el otro en la clase media media, pero aun así se esforzaron para que el entonces tímido Christopher fuera a un secundario "público" (es decir, en la jerga británica, "privado") y al aristocrático Balliol College, en Oxford.

Fue allí, en Oxford, donde Hitchens conoció a Martin Amis y a varios de quienes serían sus mejores amigos por el resto de su vida. Durante mucho tiempo, una de las cualidades que más se mencionaban de Hitchens, cuando no era tan conocido y además era periodista (una profesión menos glamorosa que la de escritor), era la enumeración de sus amigos: además de Amis estaban Ian McEwan, Salman Rushdie, Clive James, Julian Barnes y el poeta James Fenton, todos participantes de míticas (o mitificadas) tertulias político-literarias en pubs del Soho londinense y en madrugadas eternas en sótanos privados. Hitchens no era famoso ni novelista, pero la conexión con sus amigos la permitía untarle una pátina literaria a su personaje de ensayista cascarrabias.

Varios de ellos despidieron a Hitchens desde las páginas de The New York Times y The Guardian. Ian McEwan, autor de Expiación y Sábado , contó su última visita al hospital de Houston en el que Hitchens estaba internado. Lo vio escribir, medio dormido por la morfina, su último artículo, una reseña de una nueva biografía de Chesterton: "Su fluidez de otro planeta nunca lo abandonó, su compromiso seguía siendo apasionado. Nunca abandonó su oficio. Era un escritor consumado y un amigo brillante".

Algo que se menciona poco, sin embargo, es lo bien que escribía. Hitchens tenía una prosa musculosa, transpirada, que hablaba en voz alta pero no a los gritos, más como si conversara en un bar, entre whiskies y cigarrillos, que como si escribiera. Leyéndolo, uno tenía la sensación de que Hitchens redactaba unos primeros borradores geniales que después apenas retocaba, como si pensara en párrafos completos o pudiera grabar el hilo de su mente y escribirlo sobre la página. Hablaba todos los días con catedráticos universitarios, funcionarios de gobierno y rosqueadores políticos, pero nunca dejaba que la jerga de ninguno de ellos le manchara el texto. Leerlo era siempre estar escuchando su propia voz, o conversando con él, a pesar de que no era coloquial ni excesivamente informal. Su prosa era natural y erudita, salvaje pero bien plantada, plebeya pero con acento de Oxford: desmelenada por arriba, en la superficie, pero elegante y sólida abajo, donde realmente importa.

Hitchens había viajado a la Argentina en 1977, enviado por The New Statesman para escribir un artículo sobre la situación de Jacobo Timerman, detenido por la dictadura. Estuvo en la Casa Rosada, donde conversó con el propio Videla, del que no tiene un buen recuerdo: "Parecía un cretino imitando a un cepillo de dientes", escribió en Hitch-22 , el libro de memorias que publicó Debate. Pasó una tarde leyéndole poemas medievales a Borges, una parada aparentemente obligatoria para los escritores británicos de paso por Buenos Aires. Y, como V. S. Naipaul, otro británico gruñón que había estado poco antes en la Argentina y le había dedicado un retrato bastante poco halagüeño, Hitchens no tuvo casi nada bueno para decir del país. Mejoró su opinión cuando, treinta años después, contó que había conocido en Washington al nuevo embajador argentino, Héctor Timerman, y reflexionó sobre lo mucho que había cambiado la Argentina desde los años 70, del padre torturado al hijo embajador. (Esto era antes de que Héctor Timerman fuera nombrado canciller.) Dice Hitchens, citando a Martin Luther King y aplicándolo a la Argentina: "Parece haber un largo arco en el universo moral que lenta pero inexorablemente se está doblando hacia el lado de la justicia".

Leyendo esta frase le dan ganas a uno de preguntarse qué habría dicho Hitchens, si le hubiera prestado más atención, sobre la Argentina de estos últimos años. Una escapatoria posible es volver a sus ensayos sobre George Orwell, su ídolo moral y literario, a quien dedicó un conmovedor librito llamado La victoria de Orwell (Emecé, 2003). Orwell, como Hitchens, había quedado después de la Segunda Guerra Mundial en medio del tiroteo ideológico: su antiimperialismo lo había enfrentado con el mainstream de la política británica y su antiestalinismo lo había exiliado de la izquierda comunista, que lo acusaba de burgués y "democrático".

Y Hitchens, como Orwell, no tenía miedo de quedarse temporalmente solo, o solo con sus lectores. Esta triple condición de contrera, aventurero político y (al menos en su visión de sí mismo) amante de la ironía y la libertad lo hacían entonces un candidato poco probable para los palcos de Carta Abierta. El libro sobre Orwell se cierra con una meditación sobre la objetividad en los medios. Hitchens la considera técnicamente imposible, pero aun así valiosa como "un punto fijo de referencia teórico". Es decir: trabajemos y vivamos y escribamos como si la verdad fuera posible. Sabemos que no lo es, pero intentarlo vale la pena: nos hace mejores. Es lo que hizo Orwell, y es lo que intentó Hitchens.

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