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"Se mataban a piñas por subirse a un bote"

Sobrevivientes relatan cómo salían del barco

Lunes 16 de enero de 2012

ROMA (De nuestra corresponsal).– Son miles las anécdotas y las imágenes de la noche trágica del viernes 13 de enero. Nicolás Lypka, el joven que estaba de luna de miel junto con su mujer, Gretel Stegemann, en el Costa Concordia, no puede olvidar, por ejemplo, la barbarie de la que fue testigo a la hora del "sálvese quien pueda".

"Los argentinos siempre tuvimos fama de brutos frente a los europeos del primer mundo, pero en medio del pánico de la desastrosa evacuación, los europeos, italianos y alemanes, se mataban a piñas entre ellos en la lucha por subirse a un bote", contó a LA NACION.

"Yo no lo podía creer, fui testigo de escenas impresionantes, los europeos se pegaban y se insultaban. Era la típica situación límite en la que ya a nadie le importa nada. Nosotros, en cambio, ayudamos a subir a una lancha de salvataje a un hombre discapacitado, que tuvo que dejar ahí su silla de ruedas. Nadie de Costa lo ayudó", denunció Nicolás, que perdió todo el efectivo que llevaba para el viaje.

Antes de subirse al maldito crucero en Civitavecchia, Nicolás había estado en Roma, Atenas y Creta, y tiene la esperanza de ser indemnizado para seguir su periplo por Europa hasta fines de febrero, como había planeado. "Ahorré como dos años para esto, pedí plata prestada, ahora me la tienen que devolver los de Costa para que pueda seguir con mi luna de miel", reclama Nicolás, de Vicente López.

Los sobrevivientes argentinos coinciden, sin embargo, en destacar que fueron tratados "diez puntos" por los habitantes de la isla del Giglio, el primer lugar al que llegaron en tierra firme. "Era de noche, hacía frío, nosotros veníamos con lo puesto y nos recibieron en una iglesia, donde nos dieron mantas o hasta las túnicas de los curas para taparnos", cuentan.

Lo mismo ocurrió con los habitantes del puerto de Civitavecchia. "Así como los de Costa nos ratonearon todo el tiempo, dándonos comida horrible y tratándonos como si fuéramos unos pobretones, los vecinos de la ciudad nos ofrecieron de todo", contó Gretel.

Contenta de estar viva y a la espera de volver a Málaga, donde vive y trabaja en una tienda de ropa, Laura Betti, rosarina de 28 años, sigue pensando en todo lo que perdió en el crucero. "En el barco llevaba lo mejor porque había muchas noches de gala. Ropa buena, pinturas, perfumes, accesorios, zapatos, botas. Y ni hablar de móviles, MP4, cámaras... Un verdadero trauma."

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