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Teatro / Comedia dramática

Mineros

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Despareja historia de los trabajadores de una mina convertidos en artistas visuales

Por   | LA NACION

 
 

Autor: Lee Hall / Elenco: Hugo Arana, Darío Grandinetti, Juan Leyrado, Jorge Marral, Patricia Echegoyen, Juan Grandinetti y Milagros Almeida / Escenografía: Alberto Negrín / Iluminación: Gonzalo Córdova / Vestuario: Mariana Polski / Dirección: Javier Daulte / Teatro: Metropolitan / Duración: 110 minutos. / Nuestra opinión: Buena.

La obra Mineros (o The Pitmen Painters , en su versión original) fue éxito tanto de público como de crítica en plazas como Londres y Nueva York. Aquí, el texto de Lee Hall se presenta según traducción y adaptación de la dupla Masllorens-González del Pino (con voseo incluido, aunque la historia transcurra en un pueblo inglés en la década del 30) y versión de Javier Daulte, el mismo que se encargó de la dirección.

La trama está inspirada en un hecho real. Los tres protagonistas son mineros (en realidad, uno tuvo que dejar la actividad por culpa de un accidente). El grupo, junto al sobrino de uno de ellos, decide tomar un curso de apreciación artística que organizan bajo el ala del sindicato que los nuclea. En ese contexto aparece el profesor Lyon (Jorge Marrale) quien, apenas se da cuenta del perfil cultural de su alumnado, les propone largarse a pintar. El primer trabajo que les encarga es un grabado, lo cual es una verdadera extrañeza por la dificultad técnica que implica para gente con nula información y formación sobre el tema. Más extraño todavía es cuando los nuevos alumnos (Hugo Arana, Darío Grandinetti y Juan Leyrado) le presentan obras que dan cuenta de un manejo técnico más que significativo. Así es como, desde un principio, la historia, aunque esté inspirada en un hecho real, circula por el límite de lo poco creíble.

Con algunos diálogos cargados de humor apoyados en la confrontación de realidades sociales y culturales opuestas, el texto intenta trazar una parábola sobre el hecho artístico como un don (el profesor usa ese término) que pertenece a todos. En esa línea, dirá cosas como "el punto no es estudiar una pintura, sino «sentir» una pintura" o "van a pintar para aprender de arte".

En ese tren de cosas, los ahora artistas del pueblo de Ashington conocen a una galerista/curadora (Patricia Echegoyen). Bajo la lógica de una estructura lineal, es ella la que tiene plata, glamour, conexiones con gente conectada y toda una serie de (¿buenas?) intenciones que ponen en crisis la unidad del grupo. Aunque, claro, ella misma reconocerá que pertenece a una clase social que perdió la luz.

Justamente la luz y el manejo del claroscuro es algo que los tres mineros (los tres artistas) manejan con suma personalidad, hecho que atrae al mundillo del arte. Sin embargo, en pleno momento de expansión, se produce la muerte de un personaje secundario en una escena de fuerte dramatismo (o esa especie de dramatismo próxima al golpe bajo).

Buena parte de la obra está cargada de conceptos políticamente correctos y muy afines a ciertas lecturas del arte. "¿Por qué debemos asumir que el arte es el dominio exclusivo de los cultos?" o "el arte no le pertenece a nadie", dice, por ejemplo, el profesor en plena inauguración de la "primera exhibición de cuadros hechos exclusivamente por artistas de la clase obrera en la historia británica". De todas formas, después de casi dos horas de ficción y de 6 años en la vida de este grupo, los compartimentos parecen estancos y el status quo de cada uno de los protagonistas de esta trama parecen reafirmarse.

De recordar las obras La forma de las cosas , un texto de Neil Labute; o la misma Art, de Yasmina Reza, en este caso la reflexión sobre el arte tiene mucho menos vuelo. Y desde el punto de vista del análisis de la conducta grupal, el texto de Lee Hall, en versión y dirección del prolífico Javier Daulte, genera varias dudas. ¿Acaso habrá que entender que la fidelidad a un grupo coarta las posibilidades individuales en vez de contenerlas y potenciarlas?

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En términos interpretativos y y de dirección, el trabajo es muy desparejo. En ese escena hay cuatro actores (Arana, Grandinetti, Leyrado, Marrale) a los cuales no les falta ni oficio ni conocimiento del paño. Más allá de esa realidad, Marrale opta por un único tono (exaltado, ganado por la pulsión de decir grandes verdades) que no abandona sea en el marco de una situación intimista o cuando habla a un supuesto auditorio. Ese tono monocorde también domina al trabajo de Patricia Echegoyen, la mujer de alta sociedad con sensibilidad artística. Desde otra perspectiva, el personaje de Leyrado peca de cierto esquematismo que, a medida que avanza la acción y más allá de su correcto desempeño, pierde fuerza dramática.

En los trabajos de Darío Grandinetti, como uno de los mineros, y Juan Grandinetti, sobrino de uno de ellos en un papel secundario, la propuesta que se acaba de estrenar en el Metropolitan gana en matices, en frescura y en contradicciones internas vitales para el crecimiento dramático. En esa misma línea, Hugo Arana resuelve en buena medida el peso de la obra. El plantel se completa con la actuación de Milagros Almeida, en un papel de poco lucimiento.

Eso sí: Mineros viene "vestida" como esas grandes producciones comerciales con un complejo mecanismo escenotécnico y una escenografía de fuerte tono realista (ese realismo que, a juzgar por la producción pictórica de los artistas de Ashington, no comulgaban del todo)..

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