Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí
lanacion.com | Las noticias que importan y los temas que interesan
Ver página en pdf

Debe y haber del Gobierno en un ajetreado comienzo de año

La teoría de la balanza

Opinión

Por   | Para LA NACION

Las últimas semanas de 2011 y las primeras de 2012 nos agobiaron, inesperadamente en el naciente verano, con un torrente de noticias en que lo policial se mezcló con la información médica, aunque siempre centrado en protagonistas políticos, de primero y segundo nivel. Aprendimos mucho acerca de la glándula tiroides y los errores de diagnóstico que, afortunadamente, puede generar; también nos enteramos de que, al parecer, una crisis de autoerotismo podía culminar en un ahorcamiento por parte de un subsecretario de Estado; por fin, nos explicaron que el gobernador de Río Negro había sido muerto de uno o dos balazos, mientras, casi en forma simultánea, el intendente de un pequeño pueblo de ese mismo Estado provincial desaparecía, se lanzaba como una tromba por los caminos patagónicos y se lo terminaba reencontrando, a más de mil kilómetros, agotado y ansioso. ¡Pobre periodismo! El Gobierno, ni se inmutó.

En medio de este loco escenario, tampoco faltó el debate político-intelectual, sostenido por figuras de valía. No repetiremos aquí la exhaustiva discusión acerca de la creación y el sentido del Instituto de Revisionismo Histórico Manuel Dorrego; hubo buenos argumentos para apoyarlo y para denigrarlo. Sólo anotaremos la pertinente observación de Israel Lotersztein de que no hay, entre los 33 miembros del Instituto, ni un solo historiador judío (puede ser una casualidad), y de que unos cuantos de los historiadores nacionalistas reivindicados por el nuevo centro de estudios habían dado claras muestras -en otro período histórico, eso sí- de antisemitismo.

Mayor interés tuvo, nos parece, el pequeño combate dialéctico suscitado por la publicación de la undécima carta del grupo oficialista Carta Abierta, dedicado esta vez al tema de la igualdad y con ciertas (saludables) notas críticas respecto al gobierno que apoya, y por la casi simultánea creación de un grupo intelectual opositor, Plataforma 2012, que publicó su propio contratexto fundacional, con una inspiración mayoritaria surgida del trotskismo, el Proyecto Sur y algunas organizaciones sociales. Para decirlo de un modo tosco y simplificado: Carta Abierta corre por izquierda al Gobierno, y Plataforma 2012 corre por izquierda a Carta Abierta.

En el nuevo documento de Carta Abierta hay varios conceptos compartibles, entre ellos dos que vale la pena mencionar: el retraso de la educación pública, una situación de la que toda la sociedad debería hacerse cargo, y la necesidad de una reforma impositiva de clara progresividad, que durante años hemos venido promoviendo. Lástima que estos planteos, y otros igualmente justificados, Carta Abierta los haga a modo de pequeñas espinas clavadas en una pesada armadura de verticalismo y obediencia, a la que nunca llegan a atravesar. Sumergidos en un mar de elogios, en una permanente aquiescencia, los redactores tienen serias dificultades para hacer visible el pensamiento crítico que, sin embargo, la carta contiene.

Entre los partidarios del kirchnerismo que conozco, he aprendido a diferenciar dos modalidades: los que eligen ser redencionistas y dogmáticos, y los que optan por la racionalidad y el cálculo. Quizá la misma división aparece en otros colectivos sociales o políticos. Y Dios me perdone si elijo la segunda actitud y no la primera. Con los dogmáticos es inútil discutir.

Esta imposibilidad se manifestó en un cruce entre Carlos Pagni, de este diario, que criticó con ironía el documento de Carta Abierta y lo contrastó con la política de ajuste oficial, y Ricardo Forster, filósofo kirchnerista, inteligente y con buena formación pero que padece de dogmatismo. Su respuesta a Pagni consistió, aparte de una entusiasmada defensa del "proyecto" oficial, en una serie de descalificaciones personales que inventaban un interlocutor vulgar y estereotipado. Así, definió a Pagni como "un sabueso del establishment ", igual al "resto de los escribas al servicio de la restauración conservadora" y "sesudo analista de la derecha vernácula" y, por supuesto, que escribe en "las páginas del diario de la derecha liberal conservadora". Fotografía en negativo del adversario; ningún ahondamiento de la controversia central. Por desgracia, esta es la estrategia de encasillamiento que usa, no sólo Carta Abierta, sino la mayor parte de nuestros gobernantes.

Hasta aquí, se trata de pequeños episodios limitados al mundillo intelectual que no afectan al Gobierno. Tampoco lo hace el grupo Plataforma 2012, ni parece pretenderlo por el momento. Naturalmente, debe celebrarse su aparición en un pacífico campo de batalla ocupado hasta hoy por una sola fuerza. Advertimos cierta simetría de enfoques y una escritura de cuño sociológico muy parecidos a quienes los han precedido en ese campo. A veces el lector distraído puede suponer que se trata de un desprendimiento de Carta Abierta, si bien con el abandono del cepo oficialista. Los reclamos políticos, plausibles en muchos aspectos, descuidan los temas institucionales, quizá por considerarlos de "derecha", rótulo que es posible que también alcance a tópicos como corrupción, inseguridad y clientelismo, aparentemente juzgados banales.

En lo personal, destacaré una ausencia en la que coparticipan Carta Abierta y Plataforma 2012: la discusión acerca de una política cultural a la que el mundo intelectual no puede estar ajeno, con sus marcas de libertad, pluralismo y decisiones patrimoniales, con bienes tangibles e intangibles. Valga el ejemplo de España: en estos días los ministerios de Relaciones Exteriores y de Educación y Cultura sostienen una sorda disputa sobre la jurisdicción del Instituto Cervantes, verdadero ariete de la difusión y defensa de la lengua y cultura hispanas en el mundo. La dirección del Instituto acaba de serle ofrecida a Mario Vargas Llosa.

De vuelta a nuestro vértigo de malentendidos, a los gruesos errores comunicacionales de fines y comienzos de año, ¿nada cambió en términos de imagen y credibilidad de la gestión oficial? ¿Es que debiera haber cambiado?

Me pareció oportuno consultar al respecto a un viejo amigo kirchnerista que no responde a la categoría dogmática descripta, y que más bien se aproxima a los requisitos deseables de racionalidad y cálculo. "Ante todo voy a explicarte -me dijo- por qué apoyo y voté al kirchnerismo. No nos exaltemos con grandes ideales ni logros épicos. Mis motivos se sostienen en una teoría que, en realidad, adopta buena parte de la gente común, porque tiene que ver con su vida concreta. Vale para cualquier país en que funcione la democracia, mediocre o consolidada."

-¿Cómo definís a esa teoría?

-Vamos a darle el nombre de teoría de la balanza, robándolo a los viejos mercantilistas de siglos pasados.

-Sospecho de qué se trata y desde ahora te digo que no estoy de acuerdo.

-No importa: ahí está el 54 % de octubre y la altísima imagen actual de la Presidenta. Y por eso es invulnerable hoy. Veamos los platillos de la balanza. Te admito que, de un lado, están la prepotencia oficial, las mafias del conurbano, los dibujos del Indec, los ataques a la prensa, la decadencia de la Justicia y la falta de diálogo institucional. Pero pesa más el otro platillo, con el crecimiento económico, la asignación a la niñez, los aumentos en las jubilaciones, el fútbol para todos, la adhesión emocional a la Presidenta y, muy especialmente, la gobernabilidad. ¿Quién más podría gobernar? ¿Qué hay del otro lado? Definitivamente, en mi balanza pesan más los éxitos que los fracasos del kirchnerismo. Y es evidente que lo mismo le ocurre a mucha gente, sin necesidad de apelar al paraguas ideológico de Carta Abierta, que de todos modos agrega unos gramos al platillo.

Aunque el planteo me pareció algo brutal y cínico, y me mantuve firme en mi propia balanza en la que pesaban más el respeto por la ley y las instituciones republicanas, no hallé respuesta para la pregunta acerca del otro lado, es decir, de la oposición. Allí no pude encontrar nada interesante, salvo algunos tímidos liderazgos que asoman, la positiva pero lenta reagrupación de viejos partidos, y un atisbo de unidad de, por lo menos, los que piensan parecido.

Me quedaba todavía un as en la manga. Y no dudé en utilizarlo.

-Puedo aceptar hoy como normal el uso de la teoría de la balanza por parte de muchas personas. Pero me gustaría saber qué pasará dentro de unos meses, con esas mismas personas de regreso de las vacaciones, cuando haya que pagar los servicios y el transporte ya sin subsidios; cuando se exaspere la puja salarial; cuando se perciba la escasez de las cajas estatales; cuando se aproxime, cada vez más, el efecto de la crisis económica de Occidente. ¿No hará falta entonces algo del diálogo institucional que pesa en mi balanza y ha desaparecido en la tuya?

Mi amigo se estaba retirando y masculló algo acerca del escaso afecto de los argentinos por las instituciones y las leyes, de lo poco representativa que era la oposición y de que no tenía respuestas para hipótesis de desastre.

Creo que entendí su postura. Yo persistiré en la mía. Y tal vez podamos, algún día, superar la miseria de las balanzas, en una sociedad plural donde al menos las cosas importantes, los valores, pesen lo mismo para todos.

© La Nacion .

TEMAS DE HOYLas trabas a las importacionesElecciones 2015El caso de Lázaro BáezCongreso Nacional