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Un solista de lujo para la Orquesta Sinfónica

Concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional con la dirección de Pedro Ignacio Calderón y la participación del violonchelista Iván Monighetti en calidad de solista. Programa: Concierto en Si menor para violonchelo y orquesta Op. 104, de Antonin Dvorak y Danzas Sinfónicas Op.45, de Rachmaninov. En el auditorio de Belgano. Nuestra opinión: muy bueno.

Jueves 01 de julio de 1999

Los amantes de la música sinfónica no habrán salido desilusionados del último concierto de la Nacional, que con la conducción de su director titular, Pedro Ignacio Calderón, hizo oír dos obras tan vinculadas con el género como para interesar aun a los oídos más despistados.

Las dos obras programadas para esta oportunidad guardan intrínseca vinculación con el lenguaje sinfónico, aun siguiendo el Concierto para violonchelo de Dvorak una forma que ha de atraer la atención sobre el solista.

En su debut ante el público porteño se contó con un violonchelista de altos méritos, como lo es Iván Monighetti, formado en Moscú con la guía de Mstislav Rostropovich y con una brillante carrera internacional. Monighetti posee un dominio tal sobre el instrumento como para que no se note que pone en primer plano su musicalidad y su personalidad artística.

Ello ocurrió en el Concierto de Dvorak, donde afloró por doquier la vital energía que recorre esta bella obra gracias al arco y el rico temperamento del músico letón, cuyo nervio lo convierte en protagonista.

Su sonido es profundo y de gran pureza, animado por un brazo dúctil que torna sencillas las más riesgosas combinaciones que la mano debe resolver. La entrada del violonchelo con el tema inicial en tono menor contrastó con la relativamente seca sonoridad de la orquesta al comenzar la obra, detalle que fue superado después, recobrando así la rica orquestación de la partitura.

Los pasajes cantados fueron amplios y melodiosos, pero los virtuosísticos apartaron a veces a Monighetti de los tempi de la batuta por los rubatos que introdujo. Las maderas de la Sinfónica se lucieron en el Adagio ma non troppo , en los temas que luego repitió el solista con depurada expresividad en sus cantilenas, con delicado vibrato en el pianísimo.

Pero fue la combinación de lo rítmico con los temas melódicos del tercer movimiento lo que produciría la síntesis feliz entre solista y orquesta por el vigor y la definición de los temas y por el virtuosismo antedicho, para Monighetti un juego de niños. Fue admirable en la inserción graciosa de las ornamentaciones en el discurso melódico y su nivel sonoro al intensificarse el dinamismo y el brillo orquestal manteniendo así el equilibrio.

La inclusión acertada de una obra como las "Danzas Sinfónicas Op. 45", de Rachmaninov, dio ocasión de escuchar a un Rachmaninov radicalmente diferente del mayormente difundido. Se trata de su última obra, que revela su interés profundo por el lenguaje sinfónico y por los instrumentos individuales, como con el saxo alto.

Fueron sin duda sobresalientes los diálogos instrumentales (flauta, saxo, fagot) expuestos con pulcritud melódica y ácido timbre, así como la energía rítmica y el toque grotesco en la primera danza ( Non allegro ) y los antiguos cantos litúrgicos rusos que fascinaron al autor.

La segunda danza, en tiempo de vals, con sus cambiantes armonías de llamativa originalidad, sus disonancias en los metales (que tuvieron brillo sin distorsión), y la vitalidad rítmica de la última, donde no falta la apocalíptica cita de la secuencia medieval Dies Irae, marcaron una vez más un sinfonismo de gran calidad, con una clara definición conceptual por parte de Calderón y un desempeño orquestal digno de mencionar.

Lo que viene

Mañana, a las 21, la Orquesta Sinfónica Nacional ofrecerá un nuevo concierto, con entrada libre y gratuita, en el Auditorio de Belgrano (Virrey Loreto y Cabildo). Con la dirección de Anton Nanut, seguirán con su recorrida por la integral de Beethoven, esta vez con las sinfonías Nº 4 y 5. Las entradas pueden retirarse en boletería, de 10 a 12 y de 14.30 en adelante.

Héctor Coda

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