El enfoque
Özil, serenamente bueno
Por Fernando Pacini | Para LA NACION
Mesut Özil tiene 23 años. Se presentó en Schalke 04, luego pasó a Werder Bremen y ya cursa su segundo año en Real Madrid. Sudáfrica 2010 fue el gran salto. Su fútbol regular, elegante y creativo obligó al mundo a ponerle atención. El jovencito de raíces turcas distinguía a la habitual potencia alemana con muestras técnicas tan efectivas como infrecuentes.
Su gran mundial lo llevó a Madrid. Se sabe que Real Madrid es inmenso, pero que también presiona con inmensidad. No es sencillo estar a la altura de las expectativas que despierta el club, mucho menos para un jovencito que juega de 10. Apenas comenzado este año, todos hablaban de la "mala racha de Özil". Cuando se instalan esos rótulos, hay futbolistas que no pueden salirse fácilmente del trance.
Özil parece inalterable. Simpáticamente inalterable. Como si supiera claramente que de las rachas se sale jugando, afirmándose en las seguridades. Y sus certezas están en los conceptos. Entiende que el juego, para ser mejor, debe combinar determinados tiempos con precisión. Y su criterio, además incluye colocación, recepción, pase, perfil y panorama. Todo lo que tiene, lo protege con su paciencia. En un Madrid vertiginoso por donde se lo mire, él participa del vértigo, demorando. No es que pierda tiempo, demora lo justo. Tiene su propio local de "slow food" dentro del Mc Donald's.
En su tranco aparentemente desinteresado esconde, entre otras, dos grandes virtudes que sólo saca a la luz cuando sus rivales se creyeron el desinterés. Una, es que acelera cuando llega la marca: ofrece la pelota, tienta al marcador y cuando éste va hacia él, acelera un segundo antes para romper la línea. La otra virtud es la opuesta a la aceleración: el freno. Cuando frena, también engaña en grande. Es una gambeta, pero en reversa. En los dos casos, el panorama se abre y el ataque mejora.
Se anota en cada fase de la elaboración: en los comienzos de la posesión y en el final del ataque. Aunque su incidencia más notable es en la mitad de ese camino: en el último tercio del campo, cuando la maniobra se resuelve en medio de tantas urgencias y con cantidades de obstáculos, ahí, en una buena noche, saca lo mejor de sí. Porque comprende ese panorama dinámico y complejo. Su procesador, convierte ese "caos" en un paisaje razonable, y le entrega una solución adecuada.
No cabecea, no es común que remate de media distancia (salvo cuando está bien afirmado), y tampoco suele jugar largo. Una de sus especialidades es provocar asociaciones cortas que permitan salir de la congestión. Un jugador, salvo los de la Liga de Messi, no puede ser genial todo el tiempo. Hay momentos para ser crack, y otros, en los que conviene la simplicidad. Eso, Özil lo sabe perfectamente.
Real Madrid jugó ante Barcelona uno de sus partidos grandes y sin complejos. En los pasajes de mayores tensiones, Özil fue clave. No necesitó el centro del campo para ser el conductor. Lo hizo, incluso partiendo desde el costado derecho. Es que el 10, siempre es 10, independientemente de su lugar en la cancha. "Özil me puede, es mi debilidad", me dice Juan Pablo Varsky después del clásico. Y ciertamente, cuando Özil está bien, es difícil resistirse..
