"A estos tipos los van a tener que operar cuando terminen los Juegos. Tienen la bicicleta pegada al cuerpo", dice Sergio Hernández, mientras disfruta de su permanencia en la puerta del edificio argentino en la Villa Olímpica un día cualquiera en Pekín 2008. Son cerca de las 10 de la mañana. Juan Curuchet y Walter Pérez entran, sin bajarse de los asientos, por el pasillo principal (vienen de entrenarse); cruzan bromas con Oveja y siguen sobre las bicis hasta el ascensor. "Viven pedaleando, les falta subir las escaleras", lanza el DT del seleccionado, siempre ocurrente y con irrenunciable buen humor. "Les tengo una fe tremenda.", agrega días antes de la consagración dorada del ciclismo.
Al rato salen las Leonas para la práctica y el Oveja entra en un animado diálogo y las llama a cada una por su nombre. Todas quedan eclipsadas por su simpatía. Organiza para ir a ver el próximo juego del hockey femenino y Lucha Aimar asegura que mañana irán a alentar al básquetbol. "Se parecen mucho a nosotros. Tienen una mentalidad increíble. Están siempre preocupadas por mejorar algo y seguir ganando. Te comen el hígado", reflexiona desde el bunker argentino, mientras mira a lo lejos al grupo de judocas que se acerca. "¡No sabés lo que fue la espera de la Pareto el otro día! Cuando ganó el oro, todos los chicos del judo salieron corriendo a comprar flores y la esperaron con una gran fiesta. Fue emocionante. Además, la espera se hizo larga porque se quedó clavada en el control antidoping", cuenta con pasión.
"Vivir esto es algo impagable, una experiencia única. Yo la disfruto cada día. Ir al comedor y encontrarte con los más grandes atletas del mundo te pone la piel de gallina. No podés creerlo. Es lo más grande del deporte. Nada que ver con un Mundial", dice mientras sigue saludando atletas, entrenadores y voluntarios chinos. Sabe la historia de casi todos: "Esta señora es voluntaria en nuestro edificio y trabajó en la embajada china de Argentina", agrega.
"Estar en un Juego Olímpico es la experiencia más grande que uno puede vivir en esta profesión." Por eso no se queda un minuto en la habitación si no tiene que entrenar o jugar. En Pekín era fácil encontrarlo en la planta baja, en el living, en la antesala del edificio o en la puerta, hablando con todos.
A la hora de darle el "sí" a Julio Lamás, estas sensaciones deben haber pesado muchísimo, más allá de su gusto por volver a ser parte de la Generación Dorada y del máximo acontecimiento para el básquetbol. En Londres, el Oveja será otra vez ese gran hincha argentino que a todos alegra con su humor o alguna palabra de aliento.
