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Un debate congelado

Se calcula que en nuestro país hay unos quince mil embriones congelados, excedentes de procedimientos de fecundación in vitro. No tienen un destino cierto: podrían ser implantados, donados, utilizados con fines científicos o, incluso, descartados, sin que el Estado regule esa práctica. Para algunos, detrás del persistente vacío legal hay intereses económicos; para otros, la dificultad de legislarsobre el comienzo de la vida humana

Domingo 29 de enero de 2012
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LA NACION

Los embriones congelados eran hijos míos y de mi ex marido. Ya existían y eran seres humanos con derecho a vivir. Fueron producto de nuestras voluntades y nunca hubiera impedido que continuaran con su proceso de desarrollo para poder nacer."

En septiembre del año pasado, Ana Perasso logró que la Justicia fallara en su favor en un caso que despertó la polémica y sembró desconcierto: ya separada y pese a la negativa de su ex marido, logró el aval judicial para que le implantaran los embriones que habían obtenido cuando eran una pareja que buscaba un hijo (ver aparte).

El caso de Ana reinstaló un debate incómodo: el comienzo de la vida humana. ¿Empieza desde el momento de la fecundación, como sostuvo el fallo que le autorizó a Ana Perasso la implantación de los embriones, o empieza más tarde? La pregunta es clave para la regulación de una práctica que ya está afianzada en el país, pese al vacío legal: la criopreservación de embriones en el marco de las técnicas de fertilización in vitro. Hoy se estima que hay unos quince mil embriones congelados en el país, excedentes de procedimientos de fertilización in vitro. ¿Por qué? Porque las parejas buscan garantizarse un back up en caso de que fracasen en el primer intento: sólo habría que descongelar los embriones y volver a implantar (lo mismo en el caso de que la pareja decida tener otro hijo más adelante).

Pero, ¿qué son los embriones? ¿Un conjunto de células o una chispa de vida en potencia, como sostienen los científicos o el germen de la vida humana puesta en pausa, como resolvieron los jueces que entendieron en el caso Perasso?

Los desarrollos en materia de fertilidad asistida cargan interrogantes para nada intrascedentes. Sin embargo, la falta de respuesta no detiene el avance de la ciencia. Sólo basta con echar un vistazo a la combinación de posibilidades que ofrecen las clínicas en la actualidad.

A la tradicional oferta de bancos de óvulos y bancos de esperma, se sumó la posibilidad de congelar óvulos propios para preservar la fertilidad así como la de crioconservar embriones propios. Y hay más: las clínicas también ofrecen embriodonación, una variante más controvertida ya que implica que una pareja done embriones propios para que sean gestados, alumbrados y criados como hijos propios por otras parejas. También es posible solicitar embriones a la carta, generados a partir de material genético de terceros que la clínica seleccionará para que haya parecido físico entre el embrión y sus padres (ver aparte).

A medida que la ciencia avanza, la oferta se amplía, habilitando dilemas mucho más complejos: ¿hasta qué edad es razonable ser padres? ¿Es correcto llamar "padres" a los que aportan el material genético de un embrión?¿Hasta cuándo se puede tener congelado un embrión? ¿Qué hacer con los embriones excedentes de un procedimiento de fertilización in vitro? ¿Está bien descartarlos? ¿Y donarlos, a la ciencia o a otra pareja?, ¿Qué ocurriría con la identidad genética de un embrión donado?

El sueño de tener un hijo

Sin leyes a la vista, las clínicas de fertilidad llevan dos décadas de actividad en el país sin rendir cuentas al Estado. No hay ley que regule su actividad ni que controle la idoneidad de sus profesionales, o los estándares de calidad con que trabajan estos establecimientos que han resultado tan fundamentales en la vida de miles de familias argentinas.

Así y todo, cualquier pareja que hoy acude a una clínica de fertilidad tiene que firmar un formulario en el que debe decidir si está dispuesta a donar a la ciencia, donar a otras parejas o, incluso, descartar sus embriones remanentes, pese a que ninguno de esos casos está formalmente legislado.

Se estima que, en nuestro país, el 15 por ciento de las parejas en edad madura padece problemas de fertilidad. Pero su problema -salvo en la provincia de Buenos Aires, en donde este mes empezó a regir la nueva ley de fertilización asistida- no está considerado dentro del programa médico obligatorio de prepagas y obras sociales. En la esfera de la medicina privada, el sueño de gestar el hijo propio no es apto para bolsillos flacos. Cualquier tratamiento de fecundación in vitro -incluyendo medicación, material descartable y criopreservación de embriones excedentes- supera los diez mil pesos, en una práctica no demasiado compleja. El mantenimiento en frío de los embriones tiene un costo anual que arranca en los cien dólares.

La necesidad de una ley que regule este tipo de prácticas llegó, incluso, a las redes sociales y Jorge Dotto, médico especialista en genética, es allí uno de sus principales activistas desde su cuenta Twitter ( @jorgedotto ) y su perfil en Facebook.

En diálogo con La Nacion, Dotto recuerda que a lo largo del año último había tomado forma un proyecto de ley que no sólo establecía la cobertura de este tipo de tratamientos por las obras sociales y prepagas sino que también se proponía como marco regulador de la actividad. El proyecto llegó al recinto, al filo del cierre del año legislativo, pero el debate no prosperó.

"Yo creo que el proyecto se trabó por un conflicto más bien económico que dogmático-religioso. Contra lo que algunos pueden llegar a pensar, la ley de fertilización asistida está a favor de la vida y de la familia y, en definitiva, sólo se propone regularizar lo que, en la práctica, existe desde hace más de una década", sostiene Dotto. "La gente me escribe y me cuenta el enorme esfuerzo emocional y económico que significa intentar tener un hijo en el actual contexto. Gente que tiene que vender el auto para afrontar los gastos, parejas que hoy terminan siendo un poco rehenes de las clínicas de fertilidad", se lamenta.

A lo largo de estos años, por la cámara baja circularon todo tipo de proyectos, incluso, iniciativas bien restrictivas, que buscaban prohibir la actividad. Sin ir más lejos, a principios de los noventa, cuando tomaron estado público los primeros nacimientos en los que se aplicaron este tipo de técnicas, un abogado presentó un recurso de amparo ante la Justicia solicitando la protección de la integridad de los embriones congelados.

Luego de varios años de idas y venidas en los Tribunales, desde mediados de la década pasada, unas siete clínicas porteñas -las únicas que congelaban cuando se presentó el recurso judicial; hoy ser reconocen 27 oficialmente, pero hay más-, son obligadas a rendir cuentas periódicamente al ahora Ministerio de Salud porteño sobre su stock de embriones. En 2007, según publicaban algunos medios periodísticos, la cifra alcanzaba los doce mil embriones. La Nacion se comunicó en reiteradas oportunidades con el organismo para solicitar una cifra actualizada, pero no tuvo respuesta. Los especialistas consultados para esta nota coincidieron en que se trata de una cifra muy dinámica, ya que a diario se congelan y se descongelan embriones.

Después de haber atravesado un cáncer en los dos ovarios a los 35 años, María T. creyó que tenía pocas chances de ser madre cuando tomó la decisión a los 41. Pero luego de dos años de tratamiento, el especialista con el que se atendía logró cinco embriones con potencial. "En 2003, me implantaron dos y sólo prosperó uno: allí nació mi primer hijo. El resto lo congelamos, pero ya me parecía un milagro haber sido madre a los 43, así que internamente supuse que ahí cerrábamos", recuerda en diálogo con La Nacion.

Hasta que decidieron qué hacer con el resto, pasaron cuatro años. "Nos sentíamos plenamente felices con nuestro hijo. Pero a la vez sabíamos que estaban esos otros embriones con posibilidades de vivir y que, si no hacíamos nada, iban a quedar ahí, en el frasco."

María está convencida de que la fe religiosa de la pareja -ella es católica, su marido, anglicano- no fue lo que más pesó al momento de decidir la implantación de esos embriones. "Tenemos una pareja amiga, padres de tres hijos que, por aquella época, nos comunicaron que habían decidido donar los dos embriones que tenían congelados. La sensación de ambos era que ahí se iban dos hijos suyos que nunca iban a conocer. Pero ellos son totalmente ateos, así que la creencia de que tenían hijos suyos en algún laboratorio no pasaba por la fe religiosa sino por el profundo convencimiento de que ahí había vida. Humanamente, es difícil que no lo pienses."

Santiago Brugo Olmedo, director de la clínica de fertilidad Seremas, circunscribe este tipo de dilemas -si los embriones son, en definitiva, vida humana o no- a la esfera dogmático-religiosa. Pero eso no evita que, en determinadas circunstancias, la duda se instale en el laboratorio, tal como pudo comprobar en un simposio organizado en abril del año último.

Se refiere al encuentro sobre "Aspectos éticos y legales de las técnicas de reproducción asistida y las diferentes alternativas terapéuticas", que organizó junto a otros colegas. "Eramos unos ochenta asistentes, entre médicos, biólogos, genetistas y demás especialistas. Y surgieron conclusiones interesantes. Por ejemplo, todos concordamos allí en que la vida humana comienza después de la etapa del laboratorio. Sin embargo, no se alcanzó el mismo consenso cuando se preguntó qué hacer con los embriones afectados por enfermedades. Si decimos que no son personas, ¿habría que descartarlos? No todo el mundo estuvo de acuerdo."

Pero tal vez no se trate únicamente de dilemas de tipo religioso. Basta recordar el revuelo mediático que se originó hace algunos años cuando Inglaterra había anunciado el descarte de ocho mil embriones excedentes que luego debió dejar en stand by ante la presión internacional. Frente a tal rechazo, varios institutos españoles decidieron tiempo después dar en adopción unos 1700 embriones congelados.

Es que allí también, en Europa, las aguas están divididas. "De acuerdo con un fallo del Tribunal de Justicia de la Unión Europea, constituye un embrión humano todo óvulo después de su fecundación", puntualiza Jorge Mazzinghi (h), miembro del estudio jurídico que intervino en el caso de Ana Perasso.

"Paralelamente a las regulaciones de países más permisivos en la materia, como Inglaterra o España, también allí ganan espacio legislaciones más cautelosas, como en el caso de Alemania o Italia, en donde no se permite el congelamiento de embriones", compara el letrado.

Mazzinghi reconoce que, a la par de magistrados como los que entendieron en la causa de su clienta, también hay juristas que no concuerdan con los fundamentos del fallo. "La Constitución habla de la protección de la vida desde el momento de la concepción. Pero los que discuten éste y otros argumentos suelen ser juristas partidarios del aborto. Cuanto más logren retrasar el inicio de la vida, más amplia es la ventana para habilitarlo."

"Esas células"

Marina sólo puede hablar de eso que tiene congelado en una clínica llamándolo "esas células o embriones", como si de esa forma le pesara menos. A los 35 años, esta mujer que es docente y madre de dos hijos muy pequeños, siente que ya tiene suficiente y no desea más descendencia. Pero, aunque se refiere al tema como "esas células o embriones" congelados, no puede dejar de pensar muchas veces que "esas células" se formaron en el mismo momento en el que lo hizo su hijo mayor, que también fue "esas células".

Sin embargo, algo le pesa: "Yo sé que en la medida en que sigan pasando los años no sólo voy acotando mis chances sino también la de esos embriones."

Las posibilidades de que un embrión congelado logre prosperar como embarazo van decreciendo a medida que pasan los años. No hay consenso definitivo al respecto, pero la Sociedad Argentina de Medicina Reproductiva recomienda que la criopreservación no exceda los cinco años. Este dato, por supuesto, suele utilizarse como argumento para los que promueven la embriodonación como un destino alternativo para esos embriones que no puedan ser gestados por la pareja que los generó.

Aunque no ocurre con frecuencia, la posibilidad de que una pareja decida no implantarse, finalmente, los embriones conservados es una variable que todas las clínicas manejan. Por eso, en los últimos tiempos se tiende a congelar una menor cantidad de embriones remanentes. O, incluso, a no congelar.

"La gran mayoría de las parejas te expresa su interés en tener embriones sobrantes. Esto tiene que ver con los costos de los procedimientos: si no se embarazan en el primer intento, quieren tener otras chances. A veces están más pendientes de congelar que de embarazarse. Cuando uno les pregunta: ?¿Y qué vas a hacer, si te embarazás, con los congelados?', te contestan: ?Después veo'", analiza Fernando Neuspiller, director de la Clínica IVI de Buenos Aires, que actualmente tiene poco más de trescientos embriones congelados y cuatro pacientes con casos conflictivos.

"Cuando una busca desesperadamente un hijo, no ve más allá de su objetivo -reconoce Ana Perasso-. Lamentablemente, muchas mujeres, una vez que tienen ese hijo se olvidan de todas las esperanzas depositadas en esos embriones porque ya tienen lo que querían: un hijo. No se dan cuenta de que ese hijo que está hoy acompañándolas podría estar congelado, porque fue elegido al azar."

Para Ana, los embriones son seres humanos con derecho a la vida. Para los amigos de María T., son hijos que, por decisión propia, nunca verán crecer. Para Marina, en cambio, son un tema tan delicado, que incomoda hasta nombrar, y sobre el que tal vez lo mejor sea dejar pasar el tiempo.

Para el Estado, hasta el momento, la criopreservación de embriones es un asunto sobre el que no sabe ni contesta mientras las clínicas privadas continúan haciendo camino al andar.

Embriones a la carta

El término, provocador, es mencionado por Fernando Neuspiller, director de la clínica IVI Buenos Aires que ofrece esta posibilidad. "Lo que hacemos es generar un embrión fresco, a partir de óvulos y semen de banco", explica. ¿Por qué "a la carta"? Porque lo que se busca es que el embrión resultante posea ciertas características similares a las de la pareja que lo solicita.

"Las características de ese embrión se seleccionan a partir de un cuestionario que los pacientes llenan previamente, que consideramos una declaración jurada. Lo hacemos así para evitar que los pacientes "pidan", por ejemplo, ojos celestes o pelo rubio si es que alguno de ellos no tiene dicha condición."

27

Clínicas de fertilidad reconocidas por la Sociedad Argentina de Medicina Reproductiva.

15%

De las parejas en edad madura padecen problemas de fertilidad.

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