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Ultimas generaciones

Elsa Drucaroff analiza en Los prisioneros de la torre la narrativa producida por autores de la “posdictadura”

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PARA LA NACION
Viernes 03 de febrero de 2012
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Con la envergadura de una tesis doctoral, por su aparato erudito y su apoyatura teórica, esta obra de la escritora, crítica y docente Elsa Drucaroff (1957) recurre no obstante al discurso apasionado y polémico del ensayo de opinión para sentar posiciones sobre una producción que ella considera escasamente advertida y valorada por la crítica académica (al menos, la ejercida en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, a la que se refiere siempre). Su objeto es la narrativa publicada, entre 1990 y 2007, por las dos generaciones de posdictadura nacidas a partir de 1960. En estos relatos, Drucaroff lee los traumas de toda una sociedad, utilizando sobre todo el concepto de "mancha temática" de David Viñas.

Contra lo que algunas figuras de la crítica universitaria, en particular Beatriz Sarlo, prefirieron pensar -afirma la autora- ni la literatura joven se desinteresó de la cuestión de la última dIctadura y los desaparecidos ni se dijo sobre el tema todo cuanto se podría o debería decir. La nueva narrativa se hace cargo de las omisiones y silencios sociales más allá de lo meramente "informativo", relevando sus efectos como profundos núcleos imaginarios de conflicto. Surgen así isotopías obsesivas que la autora va detectando en su vasto corpus, como la desrealizada condición de los descendientes (que sienten que viven entre fantasmas, o viven ellos mismos como fantasmas o zombis, en una errancia perpetua). Así también, el tópico del "doble muerto" (que evoca al inalcanzable e inimitable militante inmolado) o la imagen del filicidio. Todos ellos emergen en un presente de la narración donde se experimenta la muerte de las certezas, la desolación de un lenguaje que construye una mentida realidad mediática (al servicio de los poderosos) pero no logra incidir positivamente en el mundo, mientras que el cuerpo (erótico, drogado, monstruosamente obeso) parece la única forma de escapar a la cárcel imago-verbal, o de rebelarse contra ella. En la "democracia de la derrota", incluso la antinomia civilización/barbarie ha dejado de tener sentido porque todos son bárbaros; la ciencia y las tecnologías, vinculadas al neoliberalismo salvaje, construyen un horizonte distópico donde el temido futuro de la ciencia ficción ya se ha realizado. Un tono irónico, socarrón, permea estas visiones, proclives a los climas del neogótico y también de la novela negra, que poseen un carácter distintivo y suelen crear lo que la autora llama "realismo agujereado". Contra la idea de que no existiría "trabajo con el lenguaje" en tales textos, contra la denigración de lo representativo en las capillas universitarias que privilegiaron la pura "autorreferencialidad" de una obra "inconsumible", Drucaroff recuerda (con razón) que no hay "grado cero", que el trabajo con el lenguaje pasa también por la elaboración de tramas, de personajes y por el recorte y el cruce de los discursos sociales, que ningún procedimiento considerado en sí mismo produce automáticamente valor o disvalor estético. Pone en jaque, por otro lado, como modelo indiscutido de excelencia literaria, la obra de César Aira, uno de los íconos más sostenidos por esa academia.

En su condición de miembro de la "última generación de militancia", bisagra entre los años 60 y 70 y la posdictadura, Drucaroff interpela a las anteriores generaciones de intelectuales, señalándoles su cuota de responsabilidad en el destino de las siguientes. Se hallan entre sus duros y atendibles cuestionamientos: la negación de la propia derrota generacional, la inexistencia de un balance crítico de lo actuado, la "falsa marginalidad" y la "eterna rebeldía" adoptada por algunos de sus miembros más conspicuos (cuando era obvio que se habían constituido, a su vez, en oficialismo dominante), la actitud "patovica", consistente en dispensar o negar la entrada al canon prestigioso de la literatura "coolta", la incapacidad de aceptar la presencia de los más jóvenes en otro lugar que el de "laderos" o acólitos, al tiempo que se les reprochaba no ser "rebeldes" a la manera de los intelectuales precedentes.

Iconoclasta, erosionador de inconsistentes lugares comunes, Los prisioneros de la torre es un libro valiente, pionero y esforzado que ofrece una coherente mirada totalizadora sobre su objeto de estudio (sin proponerse por ello como mirada única y sin negar las diferencias entre los escritores individuales). Sus eficaces y a menudo humorísticos neologismos críticos se entretejen con muchas lecturas detenidas y sutiles; entre ellas, todos los análisis en que el "orden de clases" es puesto en conexión con el "orden de géneros" para iluminar no sólo la escritura de las mujeres sino también la "mirada femenina" en la que algunos varones de la nueva narrativa han logrado asimismo situarse.


Los prisioneros de la torre Por Elsa Drucaroff Emecé530 páginas$ 139
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