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Silvia Hopenhayn: "La violencia escolar hoy es una perversión generalizada"

La historia de su novela "Elecciones primarias" transcurre en un colegio público durante la dictadura; "Es la infancia en una época de horror", dijo

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LA NACION
Viernes 03 de febrero de 2012 • 03:35
Foto: LA NACION / Matías Aimar
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Pensó que sería un típico encuentro con ex compañeras de séptimo grado. Resultó que de los recuerdos de ellas y de los olvidos propios surgió la idea de esta novela que se lee en clave autobiográfica. Silvia Hopenhayn acaba de publicar "Elecciones primarias" (editorial Alfaguara), una novela que, como ella dice, surge del olvido: narra la infancia vivida en un colegio público de Buenos Aires durante la última dictadura. "Era un escenario de represión, esa es la presión que hay en la novela y en sus niñas", dice.

Cuando se refiere a la violencia escolar que se vive hoy, hace una distinción respecto de lo que ella narra: "Lo de ahora, tiene más que ver con una especie de perversión generalizada en la sociedad". Y contrasta: "Hoy es algo individual; en cambio antes era un régimen".

-¿Te parece que ayuda mirar el pasado desde la literatura?

-En realidad, los episodios de la historia no importan mucho en la literatura, no se agotan porque la literatura es atemporal, lo que aflora es la condición humana a través de distintos estilos, miradas, el sabor de la lengua. Para mí es muy importante en un texto literario no sólo lo que se escribe sino cómo sentís las palabras.

Sobre la novela

-¿De qué trata Elecciones primarias?

-Es una novela sobre la infancia. El palo borracho de la tapa tiene que ver, porque la infancia es una especie de algodón y, con el tiempo, empiezan a aparecer esos pinches y uno no está preparado, más en la época en que transcurre la novela, durante la dictadura, donde lo que pincha es verdaderamente cruel.

Entonces, la novela por un lado busca rescatar esa intensidad feroz de la infancia que es el descubrimiento, cuando uno se apropia de la vida sin que nadie te diga exactamente con qué ni cómo; es una infancia de la degustación: de degustar malas palabras, de intuir el otro sexo, de descubrir los árboles, de enfrentarse con la institución. Pero también es una infancia que transcurre en los años ‘70, entonces eso forma parte de un escenario, una especie de presión que hay en la novela para las protagonistas.

-¿Cómo surge esta historia?

-Esta novela surge del olvido más que de recordar la propia infancia. Viene de no recordar ciertas cosas bastante tremendas que aparecen en un encuentro actual con mis compañeritas del colegio estatal de la época. Yo acudo feliz y contenta para ver cómo fueron nuestras vidas y empiezan todas a recordar aquellos años y dicen cosas que no sólo no recordaba sino que yo pensaba que nunca habían ocurrido. La novela surge por la posibilidad de inventar un pasado real, pero el ejercicio literario era inventarlo, no contarlo.

-¿Por qué se lee como autobiográfica?

-Porque hay una narradora muy presente, una especie de voz autobiográfica muy fuerte.

Foto: LA NACION / Matías Aimar

-Pero, a la vez es alguien sin nombre...

-Sí, a mí me gustaba la idea de la ausencia del nombre por la época, donde los nombres se fueron ausentando, porque no había que dar nombres y porque, ya pensando en otro terreno, es la edad en que uno se hace un nombre. En un momento dado en la novela ellas dan cuenta que te llamaban por el apellido en el colegio y que los nombres eran casi como códigos secretos entre ellas. En la protagonista, al mismo tiempo, como tiene esta oscilación masculino - femenino, la ausencia de nombre le permite vacilar mejor.

-¿A qué se debe esta cuestión de querer ser varón?

-Más que querer ser varón, es no saber cómo carajo ser mujer frente a la inminencia de la menstruación, los cambios hormonales, la metamorfosis. Es más una intención de ser varón para verse como mujer, cómo un varón te ve mujer.

-¿Qué significa esto de que ser varón no la hizo ser más fuerte pero la achicó lo suficiente?

-Siempre en la novela se juegan los dos registros: el del terror y el registro que es válido para todas las épocas, que son esos años en los que la infancia se va deshaciendo y uno deviene un fruto de la vida. Ser varón, con respecto al terror de la dictadura era una máscara de cierta fortaleza y una manera de evitar el abuso, achicarse para no ser visto...hay muchas referencias del estilo.

-¿En la novela, la escuela aparece como un lugar donde se sufre más de lo que se aprende?

-Para mí, la escuela es un espacio interesantísimo de ficción, porque es justamente un lugar donde la identidad estalla y, al mismo tiempo, es cercenada. Es cierto que los recreos, los baños, los salones que no están siendo usados siempre son lugares propicios para que aparezca lo prohibido, el secreto. Y además eso de cotejar la experiencia con los pares: sino, ¿en qué momento sabés si la otra se toca, si escupe, si habla con su madre? porque no se dan en otra situación. Es un aprendizaje único e imposible de institucionalizar. ¿Cómo enseñás la subjetividad, la experiencia más íntima?

""Para mí, la escuela es un espacio interesantísimo de ficción, porque es justamente un lugar donde la identidad estalla y, al mismo tiempo, es cercenada". "
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-¿Sentís que en ella el padre era un maestro?

-Sí, y ahí sí hay una referencia autobiográfica importante, una especie de homenaje a mi propio padre. El me transmitió la literatura con gran placer, como un espacio de goce, de libertad. La traducción misma -él fue traductor- como esa especie de frontera de sentido donde vas llevando la música de una lengua a otra.


"Se hizo traductor leyendo Eliot a los gatos. Probaba los versos en inglés y los decía en castellano (...) Cuando estaba conmigo los gatos se iban con las viejas que les traían las sobras de comida. Ellos las seguían como locos enamorados de viejas caritativas (...) Mi padre levantaba de vez en cuando la vista de su libro y miraba la escena con desdén. Prefieren un mondongo a un buen poema."
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-¿Cómo definís la figura de la madre?

-Es una madre silenciada. Es una madre inventada porque a mí me gustan mucho las madres en la literatura: hay mucho relato de madres, locas, enamoradas, obsesivas. Acá me gustaba la idea de que fuera una madre ausente con indicios de muchísima intensidad en la presencia, por ejemplo, la yema de los dedos. Me gustaba mostrar cómo la ausencia de una madre puede ser mitigada por pequeñísimos signos de presencia, sobre todo físicos, de contactos, no de palabras.

-¿Su prima adolescente es la presencia más patente de lo político?

-La prima es una chica de 15, 16 años y tenerlos en los años ‘70 no fue fácil. Porque ya estás involucrado, ya entendés lo que está pasando. Lo que a mí me interesaba en esta novela, por eso el título, es lo poco que se puede elegir en esa época, es ese no saber y percibir. Me interesaba manejarme no en el campo de la sabiduría, ni del compromiso ni de la militancia sino en el de las percepciones directas.

-¿Te parece que ayuda mirar el pasado desde la literatura?

-En realidad, los episodios de la historia no importan mucho en la literatura, no se agotan porque la literatura es atemporal, lo que aflora es la condición humana a través de distintos estilos, miradas, el sabor de la lengua. Para mí es muy importante en un texto literario no sólo lo que se escribe sino cómo sentís las palabras. Por eso, en este caso, la novela arranca sin comas. No fue una búsqueda estilística, de experimentación sino que fue el tono en el que arrancó. Fue un tono de escucha y ahí seguí. Es la voz de esa chica que hablaba así, como de corrido.

-¿Y ahora que la terminaste como la sentís?

-Ahora a mí me gusta porque me resulta una novela fresca de una etapa sórdida. Digo, ¡qué extraño!

Foto: LA NACION / Matías Aimar

-La muñeca que aparece combina un poco lo sórdido y lo infantil, ¿no?

-Sí, ahí me siento identificada con las corrientes infantiles actuales, con cómo los muñecos dan cuenta de la infancia, de la ternura de una niña. Es una muñeca que, al mismo tiempo, es institucional, del colegio y se la viste para las fiestas patrias. Hay un juego casi absurdo entre lo institucional y lo más íntimo, como si fuese incongruente la institución con el deseo. Pero al mismo tiempo conviven. No es que sean niñas rebeldes. Hay mucha novela de colegio que apela a lo represivo, entonces, los niños o se liberan o se maltratan entre ellos. Acá lo represivo no es el colegio, es el clima de la Argentina.

-¿Cómo vincularías tu libro con los casos de violencia escolar más frecuentes?

-Lo de ahora, la violencia escolar tiene más que ver con una especie de perversión generalizada en la sociedad. Hoy es algo individual; en cambio antes era un régimen. En la novela no se ve violencia. Yo quería que fuera un clima en sordina, porque sino no me dejaba darles vida a los propios deseos de ellas si estaba la violencia de manera documental.


El amor por la palabra -¿Por qué te interesa llevar la literatura a la TV? -En TV nunca me propuse nada didáctico, más bien lúdico. Pero sobre todo esta sensación de poder transmitir este placer personal que es la lectura, una especie de contagio. Abrir algunos libros que están cerrados y hacerlo a través de los autores que los escriben. Estoy totalmente convencida, y por eso me gusta la literatura en los medios de comunicación, de que los escritores y los libros tienen una seducción en la lengua que no la tiene ninguno de estos personajes que están en la tele. Tienen diversidad. La lengua de un escritor es como un mar lleno de peces. Entonces, el ejercicio de la entrevista en la televisión siempre va a ser una palabra seductora, rica y por eso mismo me parece que son programas que se recuerdan más por lo que se dijo que por lo que se vio. -¿Por qué creés que puede pasar que un lector rompa su hábito? -Si se rompe el hábito es porque los estímulos están en otra parte, supongo. Pero si surgió…el amor a las palabras es fulminante. Igual, yo creo que es constitutivo, no es que haya que obligar a alguien a leer, que leer es bueno, que te ordena la mente, te recuerda que hay otras palabras para hablar también, sino que el lenguaje es constitutivo, somos seres de lenguaje. Una vez, uno de estos conductores de TV me hace una entrevista y me dice: ‘Con esto de que la imagen le gana a todo, ¿cómo vas a seguir haciendo programas literarios?’ Le digo: ‘¿A vos te parece que la imagen le gana a lo que una mujer te puede llegar a decir a vos? ¿Qué es lo que te hiere o te emociona? ¿Qué es lo que no te olvidás jamás? Lo que alguien te dijo o te dejó de decir’. Finalmente, lo que nos afecta es la palabra.
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