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Homs, la ciudad bajo asedio que sufre la furia de Al-Assad

Los bombardeos al bastión rebelde son cada vez más intensos; ayer hubo unos 50 muertos

Martes 07 de febrero de 2012
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PARA LA NACION
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HOMS, Siria.– Las camionetas con heridos llegan a toda prisa a las puertas de uno de los hospitales clandestinos de Homs. Los sacan por el aire y entran por el estrecho pasillo esquivando tres cuerpos destrozados que yacen en el suelo, cubiertos en parte por frazadas. En la sala de atención –una pequeña habitación– se acumulan varios heridos, algunos acompañados de familiares que tratan de curarlos con sus propias manos. No hay médico: sólo dos enfermeros que no dan abasto después del intenso bombardeo con el que el régimen de Bashar al-Assad castigó ayer a la ciudad de Homs, bastión de los rebeldes sirios. Ese ataque dejó por lo menos 50 muertos.

"Esto es lo que está haciendo Bashar. ¡Muéstrenlo!", grita uno de los enfermeros. No hay remedios ni se puede operar, y en total hay una decena de cuerpos destrozados. Algunos de ellos todavía no se han podido identificar.

En una de las camillas están atendiendo a Khaled Abul Salah, conocido en todo el mundo árabe por ser el único sirio que transmite para las cadenas en su lengua y a cara descubierta explicando lo que pasa en Homs.

Como represalia, los Shabiha, las milicias del régimen, secuestraron a su hermano y lo mataron hace unas semanas.

Afuera del edificio, la gente cubre los cadáveres con una sábana blanca con una cuerda y los cargan en la parte trasera de una camioneta. "No podemos ni siquiera enterrarlos ahora, ya no hacemos funerales porque nos disparan. Lo haremos esta noche, entre dos personas, a oscuras", explica Daniel Abu Dari, un activista sirio.

La mayoría de las víctimas son civiles, gente que no duerme por las noches pensando en qué será de sus vidas al día siguiente.

Tras la feroz ofensiva del régimen en los últimos días, Homs se ha convertido en una enorme jaula en la que miles de personas tratan de seguir con vida bajo el asedio de las bombas y el terror causado por decenas de francotiradores apostados en las azoteas de los edificios

"Después del veto de Rusia y China en la ONU, Al-Assad tiene su permiso para matar, como a animales en una ratonera", dice Maryam, una profesora de primaria de 40 años.

"¿Para qué? Sólo queremos libertad, sólo eso." Las familias evitan subir a las plantas más altas y se refugian en las habitaciones que consideran más seguras, alejadas de las ventanas. El combustible para la calefacción empieza a escasear y las temperaturas son muy bajas. Hay cortes de luz durante varias horas y las líneas telefónicas e Internet no funcionan.

Frente al hospital, 13 personas se hacinan en una habitación donde todavía tienen calefacción. "Se está acabando, ya no tenemos más", dice un padre de familia, rodeado por sus tres hijos pequeños.

La abuela se levanta y muestra un pedazo de pan. "Es el último, ya no nos queda nada", se queja, lanzando proclamas a favor de la revolución y en contra de Al-Assad. La heladera y la despensa están completamente vacías. Están mirando la televisión, la cadena Orient Express, dedicada única y exclusivamente a las revueltas, muestra en ese momento un video con caricaturas de Al-Assad con cuerpo de jirafa, el apodo que le han dado al presidente por su largo cuello.

El ataque en las zonas rebeldes comienza habitualmente cerca de las seis y media de la mañana. Ayer llovieron durante cuatro horas más de 200 morteros sobre una población civil, que, refugiada dentro de precarias casas, carece del más mínimo lugar en el que esconderse. La muerte puede sorprenderlos en el living, en la cocina, en la puerta de entrada. A partir de las diez, los morteros caen cada diez minutos hasta que llega la noche.

Francotiradores

Salir a la calle es un acto suicida. Los pocos habitantes que lo hacen aprietan el acelerador de sus vehículos a fondo y manejan agachados, evitando las grandes avenidas y esquivando los constantes disparos.

Los francotiradores son precisos y profesionales, y aciertan en la mayoría de las ocasiones en la cabeza y en la nuez. Casi todos los vehículos tienen impactos de bala y sólo circulan los que transportan a los enfermos o los cadáveres a primera hora de la mañana.

Los pocos que salen a pie corren a toda velocidad, atravesando los cruces y pegados a las paredes, tratando de protegerse esporádicamente en algún portal, gritando "Allah Akbar" (Dios es grande) para armarse de valor.

Las tropas del régimen rodean toda la ciudad. La brigada Al Farouk del Ejército Sirio Libre (ESL) está presente en el interior, pero no puede hacer nada para frenar la ofensiva, según el activista Abu Dari.

"La gente está muriendo, necesitamos ayuda. Esto no es una guerra civil, los nuestros sólo tienen kalashnikovs y RPG. No nos están atacando por tierra, sino que lanzan bombas desde varios kilómetros de distancia con artillería pesada. ¿Cómo podemos parar el bombardeo? Es imposible, estamos totalmente desprotegidos; es desesperante, nos estamos volviendo locos", agrega.

En las mezquitas de la ciudad, los parlantes emiten durante toda la mañana cánticos y rezos musulmanes. "Sólo podemos rezar. Es lo único que podemos hacer, porque estamos en las manos de Allah", dice Maryam.

Denuncian apoyo militar de Irán

JERUSALEN (AP).– Un miembro de alto rango de las fuerzas armadas iraníes llegó recientemente a Damasco para colaborar en la represión de las fuerzas de la oposición, afirmó ayer el diario israelí Haaretz, que citó una fuente de la organización opositora Consejo Nacional Sirio. Según el informe, Kassam Salimani, comandante de la fuerza Quds, la unidad de las fuerzas especiales de la Guardia Revolucionaria de Irán, tiene un lugar en la sala de guerra desde donde se disponen las maniobras del ejército contra los disidentes. Las fuerzas Quds incluyen 15.000 soldados de elite que operaron, entre otros destinos, durante la guerra de Irak, y su especialidad son los métodos de guerra no convencionales.

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