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El costoso aplauso del populismo

El gobierno nacional destina unos $ 2400 millones al año para alabarse a sí mismo y distraer de los problemas de fondo

Miércoles 08 de febrero de 2012
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El populismo es una suerte de malsana religión política. Es también una adicción. Se expresa siempre con un estilo estridente, ampliamente conocido por los argentinos. Sus líderes exigen protagonismo exagerado y requieren tener a su disposición una audiencia constante, cuya complicidad emotiva apuntan a explotar. Para esto recurren a los mitos y a la explotación de los resentimientos, en un escenario donde la confrontación deviene permanente. En lo económico, la receta es simple: calmar los males del presente sin pensar en el futuro. Por esto, de pronto, cuando llega la inevitable hora de los ajustes, procuran disfrazarlos y disimularlos de mil maneras.

Los gobiernos populistas recurren descaradamente al uso partidista de todos los recursos del Estado, lo que naturalmente reduce al mínimo las posibilidades de que la oposición tenga presencia en el escenario informativo que no sea el mismo al que ellos convocan.

Para esto, el gasto publicitario simplemente no tiene límites. Idealmente, para los populistas la información debe ser monopolizada por el Estado, de manera que no se cuestione el discurso único ni se afecte el culto a la personalidad. Por esto la decisión de embestir a los medios independientes. También por esto la creación de los multimedios al servicio del Gobierno, a los que se disfraza de "públicos", cuando lo cierto es que están enteramente al servicio del poder político. Por esto la consecuencia es el aumento exponencial del gasto en publicidad oficial.

En esto se recurre, además, a las redes de medios de comunicación masiva que (por dinero) se transforman en sumisamente afines, a las que se alimenta con publicidad oficial, desoyendo abiertamente los fallos de la Corte Suprema de Justicia, como si no hubieran jamás existido.

El año pasado, a estar a las cifras difundidas por Poder Ciudadano, el desembolso en publicidad oficial del gobierno nacional fue la enormidad de 735,8 millones de pesos. Esto es, de dos millones de pesos por día. Prácticamente lo mismo que requiere cubrir el lamentable déficit operativo diario de Aerolíneas Argentinas.

Paralelamente, LA NACION dio a conocer la semana última un relevamiento de inversión publicitaria realizado por una consultora privada que daba cuenta de que los cuatro diarios del Grupo Uno, cuyos principales accionistas son el empresario Daniel Vila y el ex ministro menemista José Luis Manzano, recibieron en 2011 un aumento promedio de la pauta publicitaria oficial del orden del 920 por ciento respecto de 2010. Mientras, la publicidad oficial en Canal 13, del Grupo Clarín, representó el año pasado apenas un 12 por ciento del total de lo que había recibido un año antes.

A ello deben naturalmente agregarse las fuertes erogaciones necesarias para alimentar al "Fútbol para Todos", el recientemente anunciado y también oneroso "Automovilismo para Todos", a la Radio Televisión Argentina (incluyendo a las combativas Radio Nacional y Canal 7) y a la agencia oficial de noticias Télam.

El fútbol sólo suma otros 753,5 millones de pesos al año, sin contar las partidas adicionales, a las que se denomina "gastos asociados a la emisión y comercialización" del fútbol. Y el costo de Télam, Radio Nacional y Canal 7, que se estima en unos 910 millones de pesos al año.

En total, entonces, el gobierno nacional destina a alabarse y aplaudirse a sí mismo unos 2400 millones de pesos al año. Esto suma unos seis millones y medio de pesos por día, o sea algo más de un millón y medio de dólares diarios.

El costo directo de la gigantesca máquina de aplaudir que se ha estructurado es realmente enorme, según queda visto. No cabe duda de que con esos dineros públicos se podrían hacer muchísimas otras cosas en beneficio real y directo de los ciudadanos. Pero pocos lo advierten, precisamente porque con esos fondos el Estado los mantiene distraídos.

Esta es una realidad lamentable, que no puede soslayarse en modo alguno, porque estos biombos y cortinas de humo se están utilizando para justificar la construcción y el mantenimiento de un Estado cada vez más intervencionista y policial.

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