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La riesgosa tarea de desactivar las minas

Un grupo de expertos releva los campos donde hay unos 15.000 explosivos que dejaron los militares argentinos durante la guerra

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LA NACION
Miércoles 08 de febrero de 2012
Los especialistas en remoción de minas llegados de Zimbawe trabajan en campos que están alambrados desde los años 80 por riesgo de explosiones. Foto: LA NACION / Mauro V. Rizzi / Enviado especial
Los especialistas en remoción de minas llegados de Zimbawe trabajan en campos que están alambrados desde los años 80 por riesgo de explosiones. Foto: LA NACION / Mauro V. Rizzi / Enviado especial
Los especialistas en remoción de minas llegados de Zimbawe trabajan en campos que están alambrados desde los años 80 por riesgo de explosiones. Foto: LA NACION / Mauro V. Rizzi / Enviado especial
Los especialistas en remoción de minas llegados de Zimbawe trabajan en campos que están alambrados desde los años 80 por riesgo de explosiones. Foto: LA NACION / Mauro V. Rizzi / Enviado especial
Los especialistas en remoción de minas llegados de Zimbawe trabajan en campos que están alambrados desde los años 80 por riesgo de explosiones. Foto: LA NACION / Mauro V. Rizzi / Enviado especial
Los especialistas en remoción de minas llegados de Zimbawe trabajan en campos que están alambrados desde los años 80 por riesgo de explosiones. Foto: LA NACION / Mauro V. Rizzi / Enviado especial
Los especialistas en remoción de minas llegados de Zimbawe trabajan en campos que están alambrados desde los años 80 por riesgo de explosiones. Foto: LA NACION / Mauro V. Rizzi / Enviado especial
Los especialistas en remoción de minas llegados de Zimbawe trabajan en campos que están alambrados desde los años 80 por riesgo de explosiones. Foto: LA NACION / Mauro V. Rizzi / Enviado especial
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Los especialistas en remoción de minas llegados de Zimbawe trabajan en campos que están alambrados desde los años 80 por riesgo de explosiones. Foto: LA NACION / Mauro V. Rizzi / Enviado especial
Los especialistas en remoción de minas llegados de Zimbawe trabajan en campos que están alambrados desde los años 80 por riesgo de explosiones. Foto: LA NACION / Mauro V. Rizzi / Enviado especial
Los especialistas en remoción de minas llegados de Zimbawe trabajan en campos que están alambrados desde los años 80 por riesgo de explosiones. Foto: LA NACION / Mauro V. Rizzi / Enviado especial
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PUERTO ARGENTINO.– Justo después de cruzar la tranquera metálica, que tiene en el centro un pequeño letrero rojo con una calavera blanca y dos tibias cruzadas, Andy Frizzell, el neozelandés que dirige los trabajos en el lugar, advierte: "Caminen detrás de mí y por nada del mundo se alejen del grupo".

Es la puerta de ingreso en la zona de campos minados de Sappers Hill, en las afueras de la ciudad. Se trata de una de las 113 áreas donde, en abril de 1982, el Ejército Argentino colocó minas antipersonales y antitanques para contener el avance de las fuerzas inglesas, que en ese momento cruzaban el océano Atlántico para reconquistar este territorio.

Hasta hoy, más del 90 por ciento de esos campos, donde siguen sembradas alrededor de 15.000 minas, permanecen alambrados e inaccesibles para la población de la isla. Todos tienen el letrero de la calavera, que dice "Peligro. Minas".

Buena parte de los campos están situados en los terrenos costeros cercanos a esta ciudad, ubicada en el este de la isla Soledad, la más alejada del continente. Se pensaba que los ingleses iban a desembarcar por allí, pero finalmente ingresaron por el estrecho de San Carlos, el que separa las dos islas, y avanzaron por tierra hasta la ciudad.

En el interior de los campos de Sappers Hill, el equipo de Bac Tec, la empresa británica contratada por el gobierno de la isla, está en plena actividad. Robin Swanson, el inglés que trabaja como auditor general del programa, repite el pedido para que nadie se aleje del "sendero seguro". En el lugar no hay isleños ni británicos.

Los que se encargan de detectar objetos peligrosos son un grupo de 18 trabajadores llegados desde Zimbabwe. Están desperdigados por la superficie a relevar, unos 2,5 kilómetros cuadrados. Usan pantalón negro y un campera de lona azul con el logo de la empresa. Algunos de ellos trabajaron removiendo minas en el Líbano, Angola, Mozambique y Somalia.

El incesante soplido del viento no impide oír el zumbido de los detectores de metal. Son unos aparatos tubulares amarillos, de unos 70 centímetros de largo, con los que los zimbabwenses hacen el rastrillaje del terreno. Los usan como si fueran bastones para ciegos: caminan despacio y, con la mano derecha extendida, mueven los detectores de un lado al otro, cubriendo una superficie de un metro y medio de ancho, justo delante de sus pasos.

Desde ese lugar, un pastizal inmenso sin árboles con algunas pocas ondulaciones, puede verse, a lo lejos, la paleta de colores vivos que forman los techos de las casas de la ciudad. Del otro lado, a unos cinco kilómetros, se ven la playa y el mar. Las nubes grises hacen que no pueda distinguirse con claridad dónde termina el agua y dónde comienza el cielo.

De pronto, el zumbido de uno de los detectores de metal se vuelve más intenso. Phillimon Conamombe, el zimbabwense de 49 años que lo maneja, lo acerca aún más a la tierra y lo deja fijo en un punto, a pocos centímetros de su pie derecho.

Entonces, el sonido se torna mucho más agudo. Sin que se le mueva un músculo de la cara, Conamombe toma una de las estacas de madera con la punta roja que lleva en la mano izquierda y la clava en el lugar.

La tarea de investigación, la más peligrosa, la hace otro miembro del equipo, protegido con una especie de escafandra y un chaleco naranja hasta las rodillas, hecho de kevlar, un material usado en los chalecos antibalas. Unos minutos antes, en un contenedor ubicado en la entrada del campo que Bac Tec usa como oficina, Frizzell había contado que el trabajo puede hacerse con máquinas a control remoto, pero explicó que los resultados son mejores cuando se hace de forma manual.

Después de remover la tierra con una herramienta filosa y curva, el investigador avisa que se trata de una falsa alarma: sólo es una estaca metálica que se desprendió de algún alambrado vecino.

Despejar los terrenos

Swanson explica que la remoción y detonación de minas es una etapa posterior del trabajo.

En estos meses, están dedicados a redelimitar los campos minados y despejar los terrenos que los rodean.

Se sospecha que allí también permanecen enterradas granadas, morteros y piezas de artillería. Todo lo que se encuentre será destruido a fines de marzo, cuando termine el relevamiento.

La idea del gobierno local es limpiar esos terrenos para ampliar los lugares de esparcimiento público en la isla.

El experto explica que para la nueva delimitación de los campos minados –cuatro en Sappers Hill– fueron fundamentales los registros de minas que los ingleses obtuvieron de parte de los militares argentinos capturados luego de la rendición de junio de 1982.

Número exacto

Cuenta que en la primera etapa del trabajo, realizada entre 2009 y 2010, detonaron 1250 minas. "Recuerdo que en un campo en que los registros figuraban 190 minas, encontramos ese número exacto, ni una más ni una menos", detalla.

En los cuatro campos que se están redelimitando en la actualidad hay unas 600 minas. Cada sector tiene tres alambrados. El exterior fue colocado por Bac Tec; el del medio, por el ejército británico, y el interior, que delimita el extremo que da a la ciudad, fue colocado por el Ejército Argentino, para evitar que sus soldados ingresaran.

Los expertos a cargo de la tarea no saben cuánto tiempo llevará remover todas las minas que hay en la isla. Quizás sean necesarios otros 30 años.

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