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Las fronteras simbólicas de la migración

Opinión

En la sobremesa de la penúltima noche del año surge oblicuamente el tema de la migración. Los conceptos se confunden (mis contertulios son rosarinos, de residencia patagónica): migración, inmigración, federalismo trunco, fronteras geográficas y económicas. Fronteras simbólicas.

Uno de ellos cuenta una anécdota que le contó a su vez hace unos meses una jefa de enfermeras de un hospital de Salta que pasa unos días visitando a su familia en Tilcara, donde mi amigo está de turista. De viaje de intercambio profesional en Bolivia, en una visita "de campo", la doctora y un colega local se cruzan con un hombre en la calle con la pierna con principio de gangrena. Cuando ella le dice a su colega boliviano que hay que llevar al hombre al hospital para que no se muera, éste le responde que lo deje ahí: no hay nada que hacer, no hay hospitales públicos y el tipo no tiene un peso.

Con la misma resignada pasividad con la que le cuenta esto, la doctora señala las camionetas que llegan cargadas de mantas y personas que rápidamente montan sus tiendas copando la plaza. Los vendedores jujeños y los bolivianos son indistinguibles a la vista, pero entre ellos se recelan. Los jujeños se quejan de que los bolivianos les inundan el mercado de "artesanías industriales". Los turistas no distinguen y, si lo hacen, igualmente prefieren la versión más económica. Para los coyas jujeños, los coyas bolivianos son los chinos de la Puna.

En Bolivia, la salud pública no existe, me dice mi amigo que le dice la doctora, retomando el relato. Por eso se entiende que crucen a la Argentina para operarse. O para parir. Es una práctica aceitada: los hospitales públicos del NOA están llenos de inmigrantes fugaces. "Los bolivianos son implacables", resume la doctora.

Creo recordar un cuento de Tolstoi en el que un hombre rico explica por qué no distribuye su riqueza entre los pobres con el argumento de que si la dividiera entre todos los pobres, cada uno se llevaría una fracción insignificante. (En otro cuento de Tolstoi, el hombre rico delega la distribución de mil monedas de oro en la iglesia, que las da de manera arbitraria al primero que se presenta.) Una versión más oscura de esta fábula (o memoria falsa) remite a la última secuencia de Más allá de la justicia , una subestimada transposición de Bertrand Tavernier del noir de Jim Thompson al Africa colonial, en la que Lucien (un comisario corrupto y cornudo -o viceversa- con un dejo de humanidad, guionado a la medida de Philippe Noiret) observa a un grupo de chicos negros hambreados buscando hormigas en el campo para comer y, en un impulso de "acabar con la miseria", apunta su rifle hacia ellos. La cámara sigue la mirada en la mirilla, que se traslada de uno a otro de los chicos. No hay caso, son demasiados: van llegando más, siempre habrá más. Lucien baja el arma.

La distribución de los recursos es un ejercicio trivial en la abundancia. La economía, en cambio, tiene sentido en la escasez, es la gestión de la escasez (etimológicamente, del griego, la administración del patrimonio, o sea, de lo que hay). Si unimos este concepto al concepto de arbitraje (ese que indica que las personas tratan de sacar el mejor partido de las oportunidades disponibles), llegamos al problema de la migración como expresión de arbitraje.

En economía, si una moneda paga una tasa de interés mayor que otra, los inversores tienden a pedir prestado en la moneda de interés bajo para depositar en la de interés alto, haciendo que una se aprecie y la otra se deprecie. Si el gobierno de tasas altas no quiere que esto suceda, debe intervenir en el mercado cambiario comprando dólares a un precio superior al de mercado, con un costo. Esta intervención preserva el diferencial de tasas, trae más especuladores y de vuelta al comienzo.

En salud, si una provincia rica (o pobre, pero que prioriza la salud) decide invertir en hospitales y médicos, los pacientes se trasladan de otras provincias a la provincia rica en salud, depreciando sus servicios de salud (por agotamiento de insumos, congestión y racionamiento) y apreciando los de la provincia emigrante (por los mismos motivos, pero a la inversa). Si la provincia huésped no quiere que esto suceda, debe invertir para extender la capacidad de sus servicios médicos, con un costo. Esta nueva inversión preserva el diferencial de servicio y trae más inmigración local y extranjera, y de vuelta al comienzo.

La complejidad elude el planteo binario, la moraleja fácil, el "galerazo". Un análisis desapasionado indicaría que el problema de la migración exige una solución interior (es decir: un poco de cada cosa, ni todos adentro ni todos afuera). Pero esta salida genérica e imprecisa poco nos dice sobre la respuesta política. El humanismo pide generosidad para con los hombres y mujeres de buena voluntad. El hombre rico de Tolstoi, en cambio, capitula: la distribución es una misión imposible (el erario de una provincia es insuficiente para atender a un país; el de un país lo es para atender un continente). La solución interior recomendaría selectividad en la escasez, priorización, economía. Por ejemplo, atención a residentes, no a golondrinas. Pero esto no elimina el problema de conciencia. Volviendo al hombre gangrenado, si logra cruzar la frontera para instalarse en el hospital de Salta, ¿debería ser atendido como una emergencia (el caso más usual en todo el mundo)? Si cerramos "exitosamente" la frontera, ¿no es lo mismo que dejarlo morir en la calle?

La política se debate en la retórica. Dejando de lado a la derecha xenófoba (que admite una versión intranacional con el separatismo y el racismo), la discusión no oscila tanto entre el altruismo tribunero y la dura realidad de los números, sino entre progresismo de país rico (que, proteccionista por naturaleza, recela de la migración) y progresismo de país pobre (que, a falta de otra cosa, la promueve). La asimetría es obvia: la migración es inmigración en países ricos y emigración en países pobres. Nosotros, a mitad de camino entre EE.UU. y Perú, regionalmente pudientes y globalmente sudacas, enfrentamos una contradicción interna que por ahora salvamos por el lado humanista (obtener la residencia argentina, me cuentan, es casi automático) a expensas de nuestros pobres (que sufren la dilución de los servicios públicos) sin demasiado impacto en clases medias y altas que suelen optar por la versión privada. Lo mismo la salud que la educación, el trabajo, la tierra.

Esto explica en parte la mirada perpleja del progresismo bienpensante ante la lucha entre iguales en el parque Indoamericano (una traslación del cisma entre coyas jujeños y bolivianos en el mercado de artesanías). Suponiendo una distribución arbitraria entre quienes deciden y quienes viven el efecto de estas decisiones, podría decirse que nuestra decisión altruista distribuye los panes, pero no necesariamente los nuestros.

© La Nacion.

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