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Riachuelo, el río muerto de agua aceitosa y burbujeante

Con menos basura, el curso volvió a ser navegable después de muchos años

Lunes 13 de febrero de 2012
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LA NACION
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Con menos basura, el curso volvió a ser navegable después de muchos años. Foto: LA NACION / Hernán Zenteno
Con menos basura, el curso volvió a ser navegable después de muchos años. Foto: LA NACION / Hernán Zenteno
Con menos basura, el curso volvió a ser navegable después de muchos años. Foto: LA NACION / Hernán Zenteno
Con menos basura, el curso volvió a ser navegable después de muchos años. Foto: LA NACION / Hernán Zenteno
Con menos basura, el curso volvió a ser navegable después de muchos años. Foto: LA NACION / Hernán Zenteno
Con menos basura, el curso volvió a ser navegable después de muchos años. Foto: LA NACION / Hernán Zenteno
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Con menos basura, el curso volvió a ser navegable después de muchos años. Foto: LA NACION / Martina Matzkin
Con menos basura, el curso volvió a ser navegable después de muchos años. Foto: LA NACION / Martina Matzkin
Con menos basura, el curso volvió a ser navegable después de muchos años. Foto: LA NACION / Hernán Zenteno
Con menos basura, el curso volvió a ser navegable después de muchos años. Foto: LA NACION / Hernán Zenteno
Con menos basura, el curso volvió a ser navegable después de muchos años. Foto: LA NACION / Hernán Zenteno
Con menos basura, el curso volvió a ser navegable después de muchos años. Foto: LA NACION / Martina Matzkin

El olor ácido penetra los sentidos. Y el sol no colabora. Cada vez que asoma, el hedor de las aguas turbias del Riachuelo se hace intolerable. El agua parece un aceite marrón. Las burbujas que se ven en la superficie son producto de los materiales pesados que se pudren en el lecho. En la superficie flotan bolsas de basura y residuos cloacales. Aquel olor se impregna en la ropa y en el cuerpo.

Este río muerto perdió el oxígeno y la vida hace más de 100 años. Las bolsas de residuos detienen periódicamente la hélice del bote que navega las aguas y obligan al conductor a detener el motor y limpiarla. Sin embargo, la realidad de este río, en cuya cuenca viven más de 5 millones de personas, empezó a cambiar lentamente. No se pueden pedir milagros. Recorrer los 16 kilómetros de la cuenca baja hasta los límites de la Capital con La Matanza demanda más de una hora, pero hoy se puede hacer.

"Antes no se podía avanzar de la basura que había flotando", dice a LA NACION Raúl, que maneja con destreza el bote de la Dirección de Limpieza porteña dedicado a recoger los residuos que se tiran al agua. La limpieza en las márgenes es notoria. Cambió aquella postal de los cúmulos de basura en las orillas. Sin embargo, es necesario que los municipios pasen por la orilla todos los días para levantar los desechos.

Los pequeños cambios que se perciben obedecen a la sentencia que la Corte Suprema de Justicia de la Nación dictó en 2008, en la que ordenó sanear el río. No obstante, la única biodiversidad que se divisa durante el recorrido son las ratas que, solitarias, esperan pescar algo de lo que flota desde las vigas que sostienen los puentes que unen la ciudad con los municipios bonaerenses de Avellaneda y Lanús. Raúl dice haber visto tortugas, especialmente a la altura del club Regatas, de Avellaneda. Sí cruzaban algunas aves, muchas palomas, pero que sólo se ven atraídas por los restos de basura que pueden quedar en las márgenes.

Sin cascos hundidos

El Riachuelo es un río de llanura, que en los siglos XIX y XX fue rectificado. Los restos de barcos y cascos hundidos que terminaron de sacarse el año pasado mejoraron el corrimiento de las aguas, pero la crecida del Río de la Plata en los últimos años (en dos décadas el nivel subió 20 centímetros) agregó una nueva dificultad."Todo lo que se ganó con la eliminación de los cascos hundidos se debilita con el aumento del nivel del río. El Riachuelo sigue sin tener pendiente", explica Jorge Codignotto, geólogo de la Universidad de Buenos Aires (UBA).

También se puede observar la liberación del camino de sirga (el espacio de cinco metros que debe quedar libre entre el Riachuelo y cualquier construcción). Cabe recordar que el juez de ejecución del fallo de la Corte, Luis Armella, estableció plazos para cada uno de los asentamientos que deben ser relocalizados. Se puede observar cómo se demolieron las casas que ocupaban las familias de la villa Pueblito, que fueron trasladadas a los complejos habitacionales del Bajo Flores. El año próximo vence el plazo para la mudanza de las familias que viven en las villas 26 y 21-24, en Barracas.

La villa 26 es chica. Unas 250 familias viven allí y las cloacas descargan directamente en el Riachuelo. Los miembros de las cooperativas que recogen los residuos y de la Dirección de Limpieza porteña trabajan con guantes y barbijos, y esquivan esos afluentes. El mismo modelo tienen las casas de la 21-24, la villa que más ha crecido en la última década, según el censo 2010. Allí los chicos, descalzos, saludan a los navegantes. El espacio que ha quedado sin basura es el escenario de sus juegos. Algunos, hasta simulan pescar.

En la provincia hay que construir unas 15.000 viviendas para los habitantes de la cuenca. Por el momento sólo se han mudado unas 200 familias. Es que los vecinos del Riachuelo conviven a diario con los restos de metales pesados que están en el agua y en las napas. Benceno, cromo, plomo, tolueno, mercurio son algunos de los contaminantes que les minan la salud. El plan de saneamiento promete recuperar el oxígeno de este curso que alguna vez fue un río, en el que alguna vez se juntaron vecinos a tomar mate y remar. En el que, alguna vez, hubo vida.

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