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Desafíos de un año clave

Miércoles 29 de febrero de 2012
LA NACION
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El devenir es zigzagueante y a menudo impredecible, pero pocos años empiezan con el suspenso eléctrico de 2012. No tenemos la posibilidad de conocer la evolución de muchos conflictos, pero existe la certeza de que el final de este año no será igual al principio. Ojalá que predomine la sensatez, un insumo que escasea cuando flamean las llamas de la emoción.

En América habrá varias elecciones, pero las más significativas serán las de Venezuela y los Estados Unidos.

Venezuela se yergue ahora como un ejemplo de la inteligencia que puede desplegar una oposición liderada por gente joven y bien inspirada ante un populismo cavernario y asfixiante. Acaba de realizarse una interna entre todos sus candidatos. El ganador, Henrique Capriles, asumió la conducción rodeado de sus adversarios circunstanciales para demostrar que el arco político -cansado del narcisismo-leninismo de Chávez- mantiene su unidad. En octubre desbancará al despótico, corrupto y reaccionario "socialismo del siglo XXI". Si las elecciones tuviesen lugar hoy, ya estaría ganándole al más colorido papagayo de América latina, según se desprende de la multitud que acudió a las internas. La caída de Chávez llenará de oxígeno al continente, porque llevaría a su fin la gerontotiranía de Cuba. Además, debilitaría los autoritarismos vergonzosos de Nicaragua, Ecuador y Bolivia. No sería menor el hecho de poner fin a la infiltración de Irán en América latina, que pretende instalar bases desde las cuales amenazar a Estados Unidos, como una patética reproducción de los misiles soviéticos en Cuba durante la presidencia de Kennedy. Los disparates son grandes, pero extremadamente peligrosos.

Las elecciones en Estados Unidos implican un intenso ajuste de políticas internas y externas que se dirimen frente a un conjunto grande de ciudadanos y periodistas con espíritu crítico. La contienda bipartidaria afila los aceros. Demócratas y republicanos examinan con lupa sus aciertos y errores. Estados Unidos sigue siendo la primera potencia mundial, no sólo en el campo económico y militar, sino también en el académico y tecnológico. Es un país donde se pueden asesinar presidentes pero jamás se soñó con un golpe de Estado, porque su democracia se sostiene sobre los pilares de la institucionalidad con irrenunciable división de poderes. Aunque con menos poder, sigue siendo la punta de lanza de Occidente.

Fuera de nuestro continente se observa con angustia la rápida metamorfosis de la "primavera árabe" en un invierno tenebroso. Donde se esperaba el ingreso con gloria de genuinas democracias se hace fuerte un islamismo fanático, xenófobo y reaccionario. ¡Qué poco recuerdan las multitudes árabes los tres siglos de dominio musulmán en España, donde desplegó una cultura de tolerancia y sabiduría entre las tres religiones monoteístas de la península! El Corán, entonces, era especialmente exaltado en las suras que exigen solidaridad y amor, no en las pocas que llaman a la guerra. También la Biblia contiene porciones agresivas, pero tanto el cristianismo como el judaísmo ponen el acento en las que conducen a la paz. El caso de Siria es el colmo del horror. Y no sólo Siria: las matanzas que se llevan a cabo entre rivales del extenso territorio con mayoría musulmana ya ingresa en la dimensión del genocidio. ¡Se están matando entre hermanos! Pero también brotan luces de esperanza, como la postulación a la presidencia de Egipto de una mujer. ¡Esta sí que es una revolución! Jordania, el desértico país despegado de la Palestina histórica por Gran Bretaña en 1922, se está convirtiendo en la capital editora de libros en árabe más importante del mundo. Por doquier surgen voces de musulmanes que llaman a la racionalidad y la cancelación del odio predicado obstinadamente por los ulemas. ¿Qué será de Siria y el resto de los países árabes hacia fines de 2012? ¿Qué será de la frustrante "primavera árabe"?

El otro gran conflicto está representado por el Goliat de Irán, que recuerda la tragedia desencadenada por la Alemania nazi. Alemania, tras su derrota en la Primera Guerra Mundial, era un país impotente. Gracias a la prédica de la discriminación y el estímulo sistemático del fanatismo, consiguió alienar a la mayoría de sus habitantes por el camino de la locura. Puso en marcha un programa armamentístico que violaba los Acuerdos de Versalles. Francia, Alemania y la URSS prefirieron mantener la calma por miedo a una segunda guerra. Cuando pretendieron frenar al nazismo, ya era tarde. La ingenuidad de quienes no querían la guerra fue respondida con hipocresía por quienes ansiaban empezarla. Por eso, cuando ya era imposible detener los ataques, Churchill exclamó: "Les dieron a elegir entre el deshonor y la guerra; eligieron el deshonor y por eso tendrán guerra". Ya es difícil detener el agresivo programa atómico de Irán. Hace años era posible, pero las medidas que entonces se tomaban parecían un juego para ganar tiempo. Quien ganaba tiempo de verdad era el sector fanático iraní, no su oposición interna ni la angustia que sienten las inminentes víctimas de las apocalípticas bombas.

También genera temblores el futuro de la eurozona. Las experiencias acumuladas por todos sus integrantes, más el anhelo de mantener la democracia, impedir los defaults , recuperar la economía y disminuir el desempleo, permiten convencerse de que lo mejor es avanzar por los escabrosos caminos del ajuste al gasto público, la privatización de las empresas y una seguridad jurídica férrea que estimule la inversión. Ante los problemas que presentan las naciones mediterráneas, calificadas por el Norte como "los vagos del Sur", se baraja la probabilidad de constituir dos Uniones Europeas. La de los "vagos" y la de los "trabajadores". Estos últimos serían Alemania, los países bálticos, los países nórdicos y quizá Francia, Gran Bretaña y la zona rusa en torno a San Petersburgo. ¿Tendrá éxito esta iniciativa? Es otro capítulo del suspenso.

En el extremo asiático sigue creciendo China con maravillosa intensidad. Pero la paleontológica obstinación en el partido único va tajeando grietas que pueden llegar a convertirse en precipicios. La sedimentada cultura que ese país acumuló durante milenios todavía no consigue imponer los prodigios del consenso. Predomina el criterio tribal del autoritarismo, la inviolabilidad de las jerarquías, la formación de masas humanas que se compactan como los rebaños, las bandadas o los cardúmenes tras quien va adelante. Por lo menos las presidencias no son eternas como en el tiempo de Mao y lentamente progresan las aperturas. ¿Seguirá China sin cambios dramáticos?

Un vecino misterioso como Corea del Norte presenta un relevo en la monarquía comunista inaugurada hace décadas. El nuevo "amado líder" tiene mofletes que no se parecen a los muertos de hambre que abundan en su país. Pero está dando señales de querer dialogar sobre su futuro, tan ligado a las relaciones con el resto del mundo, del que se mantiene herméticamente aislado. ¿Esto llevará a un acuerdo con Corea del Sur y un mejor destino de los millones que se destinan al armamento atómico?

No podríamos escamotear el suspenso que reina en la Argentina. La conversión de nuestro país en algo diferente de una república (porque ya no rige la división de poderes), unitaria (porque las provincias dependen del Ejecutivo nacional), con un programa goebbeliano para manipular la opinión pública, descalificar y amordazar el disenso, la desvergonzada impunidad que se brinda a los delincuentes de la función pública, la ponzoña autoritaria que lleva a creer que sólo mediante la extorsión y el control absoluto se pueden resolver los problemas económicos y sociales, la elección de genuflexos en lugar de eficientes, conducen al desastre.

Para colmo, la oposición argentina no consigue imitar a la de Venezuela. Se vive en las turbulencias de un thriller perpetuo. Cada día nos sacude otro sobresalto. La anestesia que pretende imponer el relato oficial ya comienza a resultar insuficiente. No existen fuerzas de contención, porque se atrofiaron las Fuerzas Armadas, la policía no goza de respeto y hasta la Gendarmería cayó en desgracia. ¿Cómo se hará frente a los próximos cacerolazos? ¿Sólo con discursos?

© La Nacion

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