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Hábitos / De Inglaterra y EE.UU. a Buenos Aires

El ping-pong, un rey inesperado de la noche bohemia

Sociedad

Cada vez más jóvenes y turistas se reúnen para jugar de madrugada mientras un DJ pasa música.

Por   | LA NACION

 
 

La primera parada obligada es en la barra. "Una cerveza y una paleta, por favor", dice un chico de chomba al cuerpo. La paga en el momento y se va para el fondo del Café San Bernardo. Deja atrás a los mozos de delantal celeste que llevan y traen picadas, también a las mesas de billar. Un abrazo por acá, un beso por allá, y a esperar el turno para jugar en una de las cinco mesas.

Nadie lo duda: los martes del sanber son del ping- pong. Noches en el centenario bar de Villa Crespo que arrancan tipo diez y no terminan hasta el amanecer. Ya no son un secreto y superaron el boca en boca, con un grupo de amigos en Facebook que ya alcanzó los mil. La movida comenzó a extenderse por la ciudad como un extraño virus: hay un local en la calle Araoz al 600 y, en la zona sur, en el Club Deportivo Paraguayo (con un nivel más profesional).

La tendencia también puede verse en Nueva York (el moderno hotel Standard tiene mesas) y en clubes-bares de Inglaterra. Susan Sarandon es propietaria del Spin Club que nació en Los Angeles y que ya tiene varias sedes en el resto de ese país. A todo esto, la banda Two Bears -de uno de los Hot Chip-, regala un par de paletas y una pelota con la compra de su último disco.

En palabras del guionista y director de cine Lautaro Núñez de Arco, un club social y algo deportivo donde el ping- pong gusta y engancha, y al que se suman como 200 personas que van rotando y llegan de todos lados: skaters, músicos, publicistas, cineastas y turistas extranjeros.

Y quién mejor que él, que arrancó con la movida un año atrás, para definir a esas noches. "La angustia de vivir solo en la ciudad y la alienación que te produce el departamento de dos ambientes me hizo llamar a amigos del ámbito del cine y del skate para juntarnos a jugar. Bueno -dice, y se ríe- la angustia y resistirme a sentarme a escribir frente a la computadora."

Anteojos, camisa blanca de manga corta, shorts y ojotas blancas, Lautaro recibe una banda que ahora le cruza el pecho con la inscripción P.P.P.P., Primer Presidente del Ping-Pong. "Es un día a la semana para no ser cool ", dice, siempre sonriente. Y para jugar al ping- pong. Las reglas son claras: las mesas se comparten, hay turnos para jugar, todos pueden participar, y debe primar el respeto.

Las pelotitas naranjas rebotan acá y allá, ruedan por el piso entre ojotas, botitas, sandalias y All Stars. Más de uno tildó los martes del Samber como la catedral de los hipsters , término que se usó en los 40 para definir a los amantes del bop -un estilo de jazz- y que hoy está emparentado con esa subcultura de jóvenes -y no tan jóvenes- que se identifican con el cine y la música independiente. Juani Molina, uno de los DJ que musicaliza las noches del sanber, lo niega: "Eso es un mito. Acá hay gente de todos los palos". Un par de ventiladores colgados de las columnas cabecean de lado a lado y hacen lo que pueden. Alrededor de las mesas, eso no importa. "Esto no se da en ningún otro punto de Buenos Aires -dice Lautaro-. En todos los otros abren de 16 a 22 y lo segmentan en principiante, avanzado, pro, y no se puede jugar horas como lo hacemos nosotros ni tomar birra. "

Alejandro Danelli, psicólogo de 49 años, hace de las suyas en una de las mesas: y en la técnica te das cuenta de que tomó clases con el mítico Oscar Glustein, un habitué que falleció hace unos años; el ping- pong máster del San Bernardo como se lo recuerda en un corto filmado por estudiantes de cine que lo muestran paleteando al ritmo de Piazzolla. Alejandro acaba de ganar otra vez, pero agarra su toalla, se seca la frente, y fiel al espíritu del lugar, le deja su puesto a Noru Yamamura, un experto en sushi de 31 años que está ansioso por estrenar su paleta nueva.

Singles, dobles, singles. La cantidad de gente jugando en las mesas marca la noche. El pico es entre las 23 y las dos, cuando hay gente hasta sobre la avenida Corrientes. Adentro, Lautaro pasa un colorido gorro con forma de pescado en el que se dejan los $ 10 para pagar el alquiler de las mesas. Carlos Fernández, uno de los dueños, baja una escalera con cuatro docenas más de vasos. "Te dejan las heladeras peladas", dice, y en el camino a la barra se saluda amistosamente con Lautaro. También cuenta que ahí se filmó Roma y La s eñal. Que tocó la bandoneonista Paquita Bernardo -la flor de Villa Crespo-, Osvaldo Pugliese, y hasta el poeta Celedonio Flores le dedicó algún verso al San Bernardo.

Ahora una nueva generación también comparte sus mesas, y artistas, como Santiago Mitre, director de El estudiante , o Rodrigo Espina, autor de Luca , andan dando vueltas por ahí. Siempre con una paleta de ping- pong a mano..

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