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Editorial II

Encuesta sobre drogadicción

Opinión

Alrededor del uno por ciento de los argentinos que tienen entre 16 y 65 años consume sustancias ilegales, entre las que se destaca la marihuana. Esto es lo que se desprende de una encuesta oficial, impulsada por la Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico.

El titular de ese organismo, Eduardo Amadeo, al difundir las cifras obtenidas, señaló, como dato especialmente preocupante, que el 1,2 % de los adolescentes entre 12 y 15 años es consumidor. Aclaró, además, que el uso de drogas pesadas, tales como la heroína, es comparativamente insignificante entre nosotros.

El funcionario manifestó alarma, en cambio, por los elevados consumos de alcohol y de tabaco. Dijo que el 92 % de los jóvenes ingiere bebidas alcohólicas y que la mitad de ellos comenzó a beber a los 15 años.

La sociedad entera vive, con una alarma que no tiene precedente, las consecuencias del peligroso crecimiento de las adicciones. La violencia infantil y juvenil, que se manifiesta con rostros de especial dureza, crea sensaciones de verdadero espanto generalizado cada vez que se manifiesta, en la calle, en una escuela, en los que deberían ser lugares y ocasiones para el sano entretenimiento de la gente joven. Los estallidos periódicos de furor absurdo y enloquecido, tales como los producidos en ciertos recitales de rock, corroboran la certeza de que estamos frente a un fenómeno que puede acrecentarse en una medida apenas imaginable todavía. Resulta más que evidente la necesidad imperiosa de llegar especialmente hasta los más jóvenes, con una tarea orientada hacia la prevención de las adicciones y de sus terribles consecuencias.

Cabe preguntarse por las estrategias más precisas para lograr estos objetivos, sobre todo cuando se tiene la certeza de que la realidad suele desbordar los mejores ensayos de contención. En cualquiera de los casos, el diálogo personal en el hogar, en la escuela, en las parroquias, puede hacer mucho para impedir la desmesura de las respuestas desaforadas o restablecer los desequilibrios emocionales en crisis.

La lucha contra las adicciones debe ser una cuestión de Estado, frente a la cual no quepan las pasividades ni la indiferencia. No es suficiente argumento comparar nuestra situación con las de otros países para determinar cuál es la magnitud del precipicio en el que podemos desbarrancarnos.

Es la salud moral y física de nuestros jóvenes lo que en esta batalla se está jugando. Esto es equivalente a decir que esa lucha tiene por objeto salvar el futuro, empresa común que a todos nos concierne. .

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