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Fútbol por escrito

Racing, River y Lionel Messi son los temas de tres libros publicados recientemente en el país, que ofrecen una visión novedosa del deporte más popular entre los argentinos

Viernes 16 de marzo de 2012
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PARA LA NACION
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Hace veinte años, Nick Hornby publicó Fiebre en las gradas, donde contaba su infancia y su adolescencia en los suburbios de Londres a través de su vida como hincha del Arsenal. O quizás era al revés: Hornby contaba su obsesiva relación con el Arsenal a través de sus triunfos y derrotas escolares, la relación inestable con su padre, la sorpresa de las primeras novias y la mezcla de pánico y conformismo de la adultez.

En cualquier caso, el libro tuvo muchísimo éxito y prácticamente inauguró el género de los libros de fútbol que, en lugar de mirar a los 22 animalitos en pantalones cortos, se dan vuelta y ponen la vista en otros animalitos: los apasionados, entrañables y un poco patéticos animalitos que los miramos dar patadas desde las tribunas o desde nuestras casas, con lluvia o sol, con frío o calor, a medida que escribimos nuestras propias biografías usando como mojones las victorias o las catástrofes de nuestros equipos favoritos.

Hornby, que después escribió una docena de novelas (algunas muy exitosas), tiene muchos fans en la Argentina y en Latinoamérica, pero casi nadie había intentado hasta ahora adaptar su receta a los pantanos del "aguante" y las barras bravas porteñas. De hecho, para un país tan obsesionado por el fútbol como la Argentina, es relativamente poca la cantidad de libros de fútbol que se editan. Ahora, sin embargo, han llegado juntos tres libros que tienen una visión novedosa no sólo del fútbol (y del fenómeno del fútbol como espectáculo y como parte de nuestras vidas) sino también de la escritura de no ficción. Los tres (¡Academia, carajo!, de Alejandro Wall; Ser de River, de Andrés Burgo; y Messi, de Leonardo Faccio) están editados por Sudamericana-Mondadori, que en los últimos años parece haber hecho un esfuerzo por tener atentas sus antenas de no ficción.

Estos tres libros son modernos o novedosos en su visión del fútbol porque no son nostálgicos de edades de oro que quizá nunca ocurrieron o no tuvieron la pureza que les adjudican otros autores más tradicionales, como Eduardo Galeano u Horacio Pagani; y son modernos o novedosos también en su uso de los géneros literarios, especialmente porque van más allá de lo que en los últimos años se ha conocido como "crónica" y han logrado transformarse, especialmente ¡Academia, carajo! y Ser de River, en objetos vivos y jadeantes y complejos, difíciles de clasificar con otro término que con el cochambroso y tartamudo mote de "no ficción". Messi, un libro más prolijo y más cerca de la crónica tradicional (una primera versión del texto fue publicada en la revista peruana Etiqueta Negra, emblema de la crónica latinoamericana reciente), intenta descifrar al ser humano hermético e impertérrito que seguramente habita –lo suponemos, pero no estamos seguros– dentro del mejor futbolista del mundo.

El foco de ¡Academia, carajo! está puesto en la carreras paralelas de Racing hacia el título del Torneo Apertura de 2001 (su primer campeonato en 35 años) y de la Argentina hacia la explosión de sus sistemas político y económico. A medida que Racing se acercaba al campeonato ("paso a paso", como decía su entrenador, Reinaldo Merlo), también se desmoronaban, paso a paso, la convertibilidad y el gobierno de Fernando de la Rúa. Ambos clímax ocurrieron casi al mismo tiempo: la olla a presión de la política estalló entre la noche del 19 de diciembre y la mañana del día siguiente, y Racing, al que le quedaba un solo partido, salió campeón una semana más tarde. Algunas de las mejores partes del libro de Wall son las que cuentan las negociaciones entre Racing, la AFA y los escombros del Poder Ejecutivo (a cargo, durante dos días torrenciales, del misionero Ramón Puerta) para impedir que se suspendiera el desenlace hasta después del receso de verano. Puerta, que aparece en el libro con una sensatez inexistente en otros relatos de la época, decidió que lo más apropiado era aparentar una sensación de continuidad, y que sería bueno para el país que Racing saliera campeón.

Para los hinchas de Racing, el título del Apertura 2001 es inolvidable no tanto por la calidad del juego (el equipo de Merlo era intenso y aguerrido, pero no brillante) sino por haber podido terminar con la humillación de los 35 años en uno de los momentos más turbulentos de la historia del club, que llevaba dos años quebrado y desahuciado por los jueces y había sido recientemente semiprivatizado.

"Tuvimos que vivir muchas cosas extradeportivas", dice en el libro Flavio Nardini, cineasta, hincha fanático y actual dirigente de Racing. "La quiebra, la clausura de la cancha, el remate de la sede. Somos todos abogados, somos todos contadores, somos todos jueces." ¿Son comparables los hinchas de Racing con los hinchas de la Argentina, que con cada crisis se convirtieron en expertos en inflación y tipos de cambio y riesgo país? Wall trata de no forzar la analogía, pero a veces se ve obligado (uno de los subtítulos del libro es Racing campeón en el país del que se vayan todos) a buscar paralelismos. En un momento escribe, con emoción pero sin exagerar: "Los argentinos nos habíamos cansado de perder; los hinchas de Racing, también. Ahí estaba nuestra rebelión". Y ahí está probablemente el corazón sentimental del libro.

Wall cuenta las historias de media docena de hinchas de Racing, unificados por su pasión académica pero también, en casi todos los casos, por su pasión política de militantes peronistas o de izquierda: hay uno que fue concejal de Sabbatella y había militado en la Federación Juvenil Comunista; otro, militante del MAS que había sido delegado gremial (y despedido) en Clarín; un miembro de la Corriente Clasista y Combativa; y el funcionario kirchnerista y bloguero Abelardo Vitale, más conocido como "Mendieta". Wall, que trabaja como editor en Tiempo Argentino, a veces se deja llevar demasiado por la jerga de su empleo diario. Cuando cuenta un escena en la que participa el CEO de Clarín, no lo nombra como Héctor Magnetto sino que le dice "El Poder". Unas páginas más adelante vuelve al argot kirchnerista para hablar sobre el viejo contrato entre la AFA y Torneos y Competencias, "que secuestraba los goles hasta después de mostrarlos en [su] pantalla".

Por momentos, esta abundancia de marcas ideológicas y de racinguistas peronistas le da al libro un tono político al que Wall (por supuesto) tiene derecho, pero del que podría haberse hecho cargo de una manera más satisfactoria. No sabemos si el narrador de ¡Academia, carajo!, por ejemplo, tiene una posición política desde la cual organiza estos testimonios. Lo suponemos, porque casi todos sus protagonistas son de izquierda o kirchneristas, y por detalles como la cita de casi una página de un discurso de Luis Zamora en el Congreso. Pero el narrador habla poco de sí mismo e introduce la política un poco por la ventana: si uno no supiera nada de la Argentina o del autor, creería, leyendo el libro, que el 80% de los hinchas de Racing son nacionales y populares (o nacionalistas y populistas) y que el título del Apertura 2001 fue para Racing un triunfo deportivo y para el "campo popular", un triunfo político. Quizá fue así.

Desde la trinchera

Así como el narrador de Wall escribe con energía pero mantiene un enigma hasta casi el final, el de Burgo se arranca el corazón y nos lo ofrece en una bandeja. Construido alrededor de la temporada 2010-2011 del equipo millonario (incluyendo los dos partidos contra Belgrano que sellaron su descenso a la Primera B Nacional), Ser de River es una declaración de amor y un grito de guerra. Imitando a Vargas Llosa, Burgo se pregunta cuándo se jodió River y cómo permitieron sus hinchas el proceso de deterioro que llevó a un club campeón y señorial a convertirse en el indeciso hazmerreír en el que por momentos parece haberse transformado. Las respuestas del autor –una minuciosa denuncia del ex presidente José María Aguilar y una resignada desconfianza hacia el presidente actual, Daniel Passarella– son convincentes y duraderas.

Burgo declara sus intenciones temprano, en el modelo de Hornby: "Haber resistido desde la trinchera junto a River fue una experiencia que permitió revisarme ya no como hincha, sino como persona". A diferencia de Wall, Burgo se permite preguntarse a sí mismo si vale la pena todo este esfuerzo de ser hincha de un club de fútbol. Admite que su pasión por River le impidió a cuidar mejor a su padre enfermo, le trajo problemas en su relación de pareja y le fundió el auto en un viaje a Mendoza. Cuando su fidelidad está a punto de quebrarse, frena a tiempo. "River es mi gran verdad, mi espacio innegociable", escribe. "Han pasado amores, han pasado trabajos, han pasado incluso amistades y el equipo siempre ha quedado. En un mundo de lealtades efímeras, hay pocos códigos de reafirmación que permanecen inalterables como el rito de la tribuna."

Todo esto es cierto. A los varones argentinos nos encanta sacar a pasear la fidelidad a nuestro equipo como si fuera una virtud ("es más fácil cambiar de mujer que de camiseta"), pero en el fondo sabemos que no lo decimos del todo en serio y que somos fieles a nuestros equipos porque no nos piden demasiado a cambio. En el libro de Burgo, uno cree que el narrador participa de esta idea (de que el fútbol es importantísimo y ridículo al mismo tiempo) hasta que se encuentra con frases como ésta: "Si por la razón que fuera llegaste a la Polinesia y te dicen que perdiste contra Boca, te arruinan el día". Quizá sea así, pero también es cierto que un momento como éste sería ideal para que el macho argentino post-adolescente se despertara del hechizo futbolero y se diera cuenta de que no puede desperdiciar un día de mal humor por un resultado sobre el que no tiene ningún control.

A mediados de la década del 90 trabajé durante dos años en TyC Sports, como cronista de su noticiero. A veces, cuando iba a la cancha a cubrir partidos de Primera B o Primera C, los productores de El aguante, el programa dedicado a las hinchadas, me pedían que hiciera entrevistas para ellos. Entonces iba a los estadios de tablón y yuyo del conurbano y hablaba con hinchas de todos los equipos. "¡El Celeste es un sentimiento inexplicable!", decían los hinchas de Temperley, y al otro día, en Núñez, los de Defensores de Belgrano repetían: "¡El Dragón es un sentimiento inexplicable!".

Me sorprendió ver en ese momento que los hinchas de fútbol tenían sentimientos muy fuertes pero muy parecidos entre sí. Con la excepción de unos pocos matices, los hinchas de fútbol sienten cosas "inexplicables" pero bastante parecidas. El libro de Wall se hace cargo de esto en un momento, pero Burgo prefiere mantener la idea de que ser hincha de River es una condición muy distinta de la de ser hincha de Independiente o de San Lorenzo. El autor (que estuvo en la cancha en 38 de los 40 partidos de la temporada de River) siguió el clásico en La Bombonera en la platea local. Ante la oportunidad de ver que los hinchas de Boca son físicamente indistinguibles de los de River, escribió: "Camuflarse entre los hinchas de Boca en la Bombonera es una aventura antropológica. Te das cuenta de que lo que te separa de ellos no es todo, sino más".

Comparados con Messi, ¡Academia, carajo! y Ser de River son libros más transpirados, más improvisados, con más problemas de arquitectura pero también más simpáticos. El perfil de Messi está mejor parado sobre sus hombros, es más tradicional y de mayor calidad, pero también más frío. Faccio no es un aficionado al fútbol (lo admite él mismo en su biografía de autor), y eso le roba al texto algo de temperatura futbolera y literaria. Messi empieza con una entrevista a Leo en la Ciudad Deportiva del Barcelona. Faccio le saca todo el jugo que puede, pero sólo tiene 15 minutos y Messi, que acaba de volver de vacaciones, tiene pocas ganas de hablar. "¿Cuál es tu muñeco favorito de Disney?", pregunta el autor, desesperado por una respuesta, pero Messi, inmutable, se niega a contestar.

Faccio entonces escarba por migajas de información, habla con personajes periféricos del mundo de Messi y arma con pocas piezas un retrato deforme pero consistente. Nos enteramos de que a Messi le gusta dormir la siesta, de que en los restaurantes siempre pide tira de asado, de que antes le gustaban los videojuegos (ya no), de que empezó a ver Lost pero la abandonó, de que en el casamiento de su hermano estuvo toda la noche sentado, de que come chicle antes de los partidos, de que juega al fútbol sin vendarse ni ponerse tobilleras.

¿Qué tan importante es todo esto? La estrategia de Faccio, como la de muchos perfiles publicados en Etiqueta Negra, consiste en mordisquear datos alrededor del centro con la esperanza de acercarse al corazón de la identidad de Messi. El subtítulo del libro –El chico que siempre llegaba tarde (y hoy es el primero)– apunta en la misma dirección: algunos de estos detalles quizás parecen irrelevantes, pero en el fondo son estos detalles los que nos dicen cómo es una persona. En otros momentos, Faccio apunta al centro del enigma, como cuando sugiere que la timidez patológica de Messi le impide ser un caudillo, y que "en la Selección Argentina para ser un líder hay que ser caudillo". En su (hasta ahora) melancólica carrera con la selección, Faccio encuentra un filón y algunos de sus mejores momentos: "Vestido con la camiseta de Argentina, presionado por los deberes de la adultez, Messi pensó y, mientras pensaba, traicionó su juego, que consiste en la irresponsabilidad de la infancia", escribe. O cuando admite, después de ciclópeos esfuerzos por descifrar su personalidad, que no hay mucho para decir: "Lejos del balón, Leo Messi parece un clon sin baterías del jugador electrizante que todos conocemos".

Cerca del final, Faccio le pone al retrato un poco de bienvenida pimienta. Desde que cortó con su novia rosarina, hace un par de años, Messi aparentemente se ha convertido en un veinteañero calentón, como casi todos los veinteañeros y casi todos los futbolistas. Cada vez que viene a Buenos Aires, llama a Gabriela Vitale, una ex novia de la Bruja Verón que trabaja de intermediaria sentimental entre futbolistas y botineras, según el libro. "A Messi le gustan las de la tele, como a todos los chicos", le dice Vitale a Faccio. Este Messi obsesionado por las mujeres sorprende un poco pero le da al último tercio del libro una vitalidad y una escapatoria para sumarle carne al personaje del niño-hombre bondadoso pero sin atributos.

Un buen libro, como un buen equipo de fútbol, sabe que a veces hay que jugar rápido y otras veces es mejor hacer una pausa y descansar con la pelota en los pies. Estos tres libros, que son buenos libros, saben hacer un poco de todo esto, pero a veces pasan demasiado tiempo acelerados, como si desconfiaran de la reflexión o el descanso. En cualquier caso, son libros que están despiertos, que tienen entusiasmo y ganas de hacer una conexión con el lector. Comparados con la ficción literaria de algunos de sus contemporáneos, habitada por personajes quietos y desencantados que desdeñan el mundo y casi no muestran emociones, estos libros futboleros, proletarios y descangayados tienen una vitalidad y una ausencia de ironía refrescantes y bienvenidas.

Y además, casi sin proponérselo, empujan las fronteras de sus géneros: ¡Academia, carajo! y Ser de River mezclan la crónica y la autobiografía con la sociología, el ensayo y la historia para generar un combo bastardo pero inteligente y vibrante, que permite a sus autores acercarse a los temas desde ángulos y registros nuevos. También entienden el fútbol y el fenómeno social del fútbol de una manera más abarcadora y más abierta que autores de generaciones anteriores. No sé si lo entienden como fenómeno económico (me parece que tienen una idea equivocada y excesivamente paranoica de lo que es el "negocio" del fútbol), pero sí entienden que el fútbol es mucho más que espectáculo: no es la ópera al aire libre y en pantalones cortos. Es algo mucho más importante. Y también un poco ridículo.

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