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Una colosal máquina de ficción para Borges

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LA NACION
Jueves 15 de marzo de 2012
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Contra lo que suele creerse, la lectura "enciclopédica" no es nunca total, sino fragmentaria. La Encyclopædia Britannica depara, ante todo, una ilusión de totalidad hecha en realidad de fragmentos y de lecturas astilladas. Después de todo, nadie, salvo un personaje de la novela La náu sea, de Sartre, lee de punta a punta en orden alfabético. Se elige un tomo al azar y se puede obtener una información muy completa sobre, por ejemplo, el budismo; en otro volumen, descubrimos la historia del Imperio Romano, y en la letra "d", a los druidas. Nunca ocultó Borges su deuda con la Britannica, punta de ovillo de otras lecturas que vendrían luego, como ríos subsidiarios de esa corriente enciclopédica principal. Es una deuda de honor que terminaría saldando en sus cuentos disfrazados de ensayos. ¿Cómo es posible que alguien se eduque de semejante manera? La respuesta es muy sencilla: leer una enciclopedia como la Britannica era lo mismo que leer una colosal colección de ensayos. Precisamente la operación primera de Borges: confundir ensayo y ficción. Su uso de la Britannicafue ejemplar.

"Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar", anota Borges en la primera línea de "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius", el cuento que inaugura Ficciones . Esa enciclopedia que contiene un territorio imaginario es una reimpresión neoyorquina de la Britannica de 1902. Luego, la edición que Borges más frecuentó ("fatigó", habría sido el verbo elegido por él) fue la famosa undécima, publicada en 29 volúmenes entre 1910 y 1911. En sus páginas no existe todavía la Primera Guerra Mundial, pero aun así la mayoría de sus artículos siguen siendo definitivos. Pensemos nada más en las páginas que el sinólogo Herbert Allen Giles le dedica a la literatura china o en la entrada correspondiente a John Keats que firma Robert Louis Stevenson, el autor de La isla del tesoro .

Borges no leía de punta a punta; buscaba al azar, guiado por ese instinto, adquirido por todo lector hábil, que permite encontrar siempre aquello que se necesita para lo que escribe (si es que el lector en cuestión además escribe). Más que un lector hedónico, como insistía en definirse, Borges era un lector interesado. Leía para escribir, y se diría que, inversamente, el acto de escribir era otra excusa para leer. Ese es exactamente el protocolo de lectura que propiciaba la Britannica. En ella, Borges encontró, además de un resumen de conocimientos e informaciones salteadas, una colosal máquina de ficción.

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