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Empiezan a agotarse las reservas políticas

Carlos Pagni

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LA NACION
Jueves 15 de marzo de 2012
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El ex jefe de Gabinete Alberto Fernández explicó que su participación en el programa de Marcelo Longobardi que emite C5N fue interrumpida a pedido de funcionarios del Gobierno. El dueño del canal, Daniel Hadad, se cubrió diciendo que Longobardi no pudo completar la pregunta que estaba formulando porque se había excedido en el horario. El ciclo de Longobardi no fue reiterado a la madrugada, como de costumbre.

Las estrategias de censura del kirchnerismo son conocidas. Lo que está variando es la modalidad con que esa vocación autoritaria se pone en ejercicio. La torpeza que exhibió el Gobierno en el episodio de C5N se integra a una lista de desaciertos políticos que inquietan sobre todo a quienes la observan desde el seno del oficialismo.

Cristina Kirchner está tan preocupada por el desenlace de las paritarias que, por momentos, parece atribuir la inflación nada más que a los salarios. Sin embargo, dos de sus soldados, Amado Boudou y Julián Domínguez, incrementaron las dietas de los senadores y diputados en un 100%. Una alentadora señal de largada para el ciclo de negociaciones que iniciaban los sindicatos. ¿Se la habrán adelantado a la Presidenta?

Para facilitar la discusión del ministro Alberto Sileoni con los maestros, la Presidenta redujo la demanda gremial al capricho de unos ingratos que pretenden cobrar sin trabajar. La gaffe fue tan desafortunada que, por primera vez, subordinados como el propio Sileoni y Aníbal Fernández enmendaron a su jefa. El ministro de Educación tampoco está para dar lecciones. "Si cobraran 10.000 pesos, igual harían un paro", fue su aporte. De cualquier modo, las dificultades de esta negociación, que incomoda al kirchnerismo frente a su clientela de centroizquierda, excede la retórica: José de la Sota aumentó los ingresos de los maestros cordobeses en un 25%, es decir, 5,5 puntos más que lo que propone la Nación. ¿Qué explicará el ministro del Interior a su jefa?

El manejo de la crisis ferroviaria fue otra demostración de incompetencia. Cuando logró reaccionar, la Presidenta insinuó que, en el fondo, la del Sarmiento fue una desgracia con suerte, dado que ahora hay trabajo, no como en 2001, cuando la gente no se trasladaba porque no tenía adónde ir. Siguió la doctrina Schiavi, quien lamentó que el tren no se hubiera estrellado en un feriado. O la de Nilda Garré, cuando trató de justificar la demora en encontrar los restos de Lucas Menghini en que el joven viajaba en un sector inhabilitado. Julio De Vido coronó esta tercerización de responsabilidades culpando a los medios de comunicación por no contabilizar los pasajeros que, a diario, llegan vivos a destino.

Garré prestó también otros servicios. En un momento en que la desprotección a los pasajeros se había cobrado 51 vidas, tomó la decisión simbólica de retirar a la policía de los subtes. De paso dio una excusa a Mauricio Macri para deshacerse del servicio. Garré también se enredó con el Proyecto X. Desconoció las pruebas del espionaje, admitidas por el propio jefe de la Gendarmería. Y aclaró que el plan no era secreto. No hacía falta: llevaba diez días en la tapa de los diarios.

Guillermo Moreno no podía estar ausente de este torneo de impericias. Además de bromear con la muerte de Iván Heyn, tuvo la psicodélica ocurrencia de sumar a su comitiva de Angola a uno de los dueños de Black, el night club de Ayacucho y Alvear. Nadie supo descifrar si el socio de esa pyme, un abogado, viajó como exportador o importador. Sólo se sabe que Moreno le está agradecido por los dólares que sus incitantes empleadas aportan a la balanza comercial.

Ciccone

La desarticulación del oficialismo se exhibe, sobre todo, en el escándalo de Amado Boudou y sus amigos de Ciccone. A medida que aparecen sus huellas en la trama, al vicepresidente le va quedando chica la coartada "son infamias de los medios hegemónicos". Aparecen notas con su firma, fantasmagóricos correos electrónicos, y el riesgo de que salgan a la luz otras intervenciones personales. Acorralado, Boudou irritó a Olivos. Dijo que "hay una embestida destituyente", una explicación exclusiva de la Presidenta, para grandes ocasiones. No debía malgastarse en la crónica judicial de un subalterno.

La solidaridad con Boudou fue escasísima. Mercedes Marcó del Pont le decapitó a Benigno Vélez, su hombre en el Central. Florencio Randazzo debió aclarar que no era quien informaba a los "medios hegemónicos". Boudou no pudo convencer a Randazzo de colaborar con Ciccone como "fuente de trabajo". Los DNI y los pasaportes se confeccionan en otra imprenta.

El gabinete entero sabe, sin embargo, que el problema de Boudou no es Randazzo ni Marcó, sino Carlos Zannini. La rivalidad entre ambos lleva años, pero estalló recién ahora. Se disputan el oído de la Presidenta. Son celos palaciegos. Ella lo sabe. Por esa razón calla sobre los desaguisados de Boudou, mientras aclara que Zannini es sólo su abogado.

El affaire Boudou-Ciccone inauguró una nueva era en la comunicación oficialista. Hasta ahora a los juglares del Gobierno se les pedía sólo propaganda. En adelante deberán dar la cara por los funcionarios acusados de corrupción.

Con este inventario de equívocos, Aníbal Fernández y Carlos Caramello completarían un segundo tomo de Zonceras argentinas y otras yerbas. Pero el problema excede la literatura. Este vendaval de errores revela un déficit de conducción que se enmascara con el culto a la personalidad que demanda la Presidenta. Se entiende que ella extrañe cada día más a su esposo, organizador obsesivo de una arquitectura de poder en cuyo centro reinaba el apotegma "no hay que llevarle problemas a Cristina".

En su ausencia, ella habla cada vez más con menos gente. Su equipo íntimo se agota en Máximo Kirchner, Zannini y Héctor Icazuriaga. A las figuras con otra densidad, como en su momento fueron los Fernández, las reemplazó con Juan Manuel Abal Medina. Los ministros escuchan sus discursos en vilo, esperando el momento en que los sorprenda una decisión que afecta sus áreas. También deben someterse al patrullaje de La Cámpora. Y soportar las imposiciones de Moreno, que empuja una revolución en la que el primer blanco son sus propios compañeros.

La oposición, por su lado, ayuda poco. Una contradicción bien diseñada lograría que el Gobierno se amalgamara. Pero los conflictos se desarrollan en el seno de la corte. Algunos anticipan, borrosos, una guerra sucesoria. Garré, Boudou, Zannini se sueñan las Dilmas de una Cristina que, como Lula, engendre un heredero.

Curioso kirchnerismo. Hasta hace un mes, sus desafíos provenían de las inconsistencias económicas. Pero el avance sobre el Banco Central postergará un poco más las turbulencias. Mientras tanto, el Gobierno enfrenta dificultades de otro orden. A pesar de su enorme poder, las reservas que comienzan a faltarle son políticas.

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