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El drama de Santa, víctima de los "ángeles de la muerte"

Fue el último asesinato de los enfermeros; le acababan de dar el alta
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20 de marzo de 2012  

MONTEVIDEO (De nuestro corresponsal).- La familia no lo puede creer todavía. Todos se preguntan mil veces por qué no pudo evitarse el asesinato de Santa Gladys Lemos, una mujer jubilada que vivía en un barrio obrero, el Cerrito de la Victoria, y que cuando se preparaba para volver a su casa, con alta médica, empezó a sentir dolores fuertes producto de una inyección que le dio el enfermero que la cuidaba.

Ayer, las hijas de Santa se reunieron con una abogada, que las orientó en los pasos a seguir. "Acá estamos muy mal todos, mi abuelo sufrió mucho todo esto y todavía no podemos salir del asombro? del dolor", dijo a LA NACION Georgina González, nieta de la paciente asesinada hace justamente una semana.

Georgina, de 20 años, dijo que su abuela había mostrado buena recuperación mientras estaba internada en el hospital estatal y que toda la familia esperaba su vuelta a casa. "Le habían dado el alta a eso de las 10 de la mañana del lunes 12; mi tía [hija de Santa] fue a llevar a su nieto a la escuela, de ahí la fue a buscar al hospital. Cuando llegó le dijeron que estaba muy grave y que la iban a asistir", contó Georgina. "El que estaba ahí era mi abuelo Ercilio, que estaba ayudando a mi abuela para irse del hospital", explicó la joven.

Pero Santa Gladys empezó a sentirse mal y se lo contó a su marido, también de 74 años.

"El le dijo que se recostara, que descansara un poquito porque podía ser que no había podido dormir bien la noche anterior", según el relato de la nieta. Pero el matrimonio comprendió que algo andaba mal y pidió asistencia.

"Santa empezó a echar espuma por la boca. Cuando vino una enfermera, la empezó a tratar para reanimarla pero la llevaron de la sala", explicó Georgina. La situación tuvo variaciones preocupantes. "A eso de las 18.30 salió el médico de cardiología y les comunicó a mi tía y a mi madre que ella ya estaba bien, que ya hablaba y que estaba lúcida." Pero una hora después el informe fue terminante. Les dijeron que había empeorado y que no había esperanzas. "Unos 20 minutos después falleció mi abuela", dijo Georgina.

Los investigadores policiales estaban cerca, siguiendo la actuación del enfermero del hospital Maciel por la denuncia de una compañera de trabajo que sospechaba de Marcelo Pereira. Tras la muerte de Santa Gladys Lemos, inspeccionaron el establecimiento con mucho cuidado de no despertar sospechas. Encontraron una jeringa con sangre, mediante la cual el enfermero le había suministrado un fármaco anestésico a Santa que le había producido la muerte.

Los policías dieron con los importadores de las jeringas, que suministraron su lista de clientes. Eso llevó la pista al sanatorio de la Española.

La familia de Santa Lemos se sorprendió cuando en medio del dolor fue informada de que la división policial de delitos complejos reclamaba el cadáver para practicar una autopsia. Pero nadie les aportó información. La policía tampoco avisó al Ministerio de Salud Pública, sino que actuó rápido para detener al asesino. Después de cruzar datos comprobaron que no era el único enfermero que cometía esos actos. El Departamento de Crimen Organizado estaba en conexión permanente con el juez Vomero y rápidamente juntaron pruebas para acorralar a los enfermeros. En un primer momento negaron los hechos, luego hablaron de "piedad". Y después contaron todo. O casi todo.

Uno de los enfermeros ubicó el primer caso en una fecha de hace siete años. Hablaron de prácticas cometidas cada miércoles. Mencionaron el concepto de piedad y la necesidad de evitar el dolor de enfermos. Nada de eso podía explicar que la mayoría de los asesinados identificados eran pacientes que no estaban en peligro. Como Santa, la mujer diabética de 72 años de edad, que estaba internada desde el 1° de marzo pero aquel lunes 12 estaba contenta porque era la hora de volver con su familia. Como Santa, que cuando sintió los síntomas de dolor que terminaron con su vida observaba cómo su esposo, Ercilio, aprontaba el bolsito con sus pertenencias para volver a la casa del Cerrito de la Victoria. Pero no volvió.

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