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Malvinas, herida abierta

Enfoques

La "cuestión Malvinas" actualiza siempre los peores recuerdos de la Argentina contemporánea. ¿Cómo sumarse al reclamo por la soberanía sin quedar pegado al nacionalismo extremo ni a la dictadura que lanzó la aventura bélica de 1982? ¿Cómo revisar críticamente los derechos argentinos sobre las islas sin quedar del lado de la antipatria, ahora que el Gobierno impulsa el tema como la nueva causa nacional y popular contra el imperialismo? A 30 años del conflicto en el Atlántico Sur, la sociedad argentina aún no consigue saldar sus cuentas con el pasado ni acordar una estrategia de futuro

Por   | LA NACION

 
 

Malvinas incomoda. Molesta. Interpela. Siempre está pendiente. Y cada vez que el tema reaparece -un aniversario, un reclamo callejero de los ex combatientes, una película, un discurso presidencial- abre un abanico de sentimientos en el que conviven el duelo por los muertos, el sentido común del argentino medio que hizo carne la verdad escolar: "Las Malvinas son argentinas"; las consignas del nacionalismo exacerbado; el cinismo de los que ya están de vuelta de todo; la vergüenza por haber apoyado en la calle a un gobierno ilegítimo; la pura indiferencia, e incluso, por qué no, el cuestionamiento que se atreve a relativizar los derechos del país sobre el archipiélago.

Mientras el kirchnerismo parecería fogonear nuevamente el tema como la ubicua bandera nacional y popular contra el imperialismo, estas sensibilidades en conflicto revelan, sin embargo, una coincidencia: desde la guerra, ninguno de los gobiernos democráticos -tampoco el actual, a pesar de su retórica de "remalvinizar"- pudo cerrar la herida, dar una palabra estatal capaz de dar un sentido a lo que pasó. ¿Cómo sumarse al reclamo por la soberanía sin identificarse con el nacionalismo extremo o con la posición de las Fuerzas Armadas durante la dictadura? ¿Cómo expresar públicamente, sin quedar del lado de la antipatria, una posición crítica respecto de los derechos argentinos sobre las islas?

Malvinas condensa, como todos los momentos históricos que se cuentan en antes y después, algunos mitos nacionales, la dificultad para pensar políticas de Estado para el largo plazo, nuestra incomodidad para procesar las muertes trágicas colectivas y la inquietante pregunta de hasta qué punto somos una sociedad que puede maltratar a sus jóvenes hasta la muerte. A 30 años de una guerra que sigue doliendo, Malvinas es aún una deuda de la democracia.

Sensibilidades superpuestas

Probablemente a causa de una escuela efectiva en inculcar un sentido común de la Patria, cualquier cosa que se diga sobre Malvinas se recorta necesariamente sobre un trasfondo de sentimiento nacionalista, un "cepo patriótico", al decir de Beatriz Sarlo, que condiciona lo que desde allí se piense y se sienta sobre las islas. "Las Malvinas son argentinas", aprendimos todos, y aún hoy cuesta vincular ese sentimiento positivo con el hecho de que quien lo actualizó trágicamente en 1982 fue una dictadura.

"Malvinas despierta una doble sensibilidad: la guerra y la causa nacional del reclamo por la restitución a la soberanía argentina del archipiélago usurpado por Gran Bretaña. Desde 1982, esas sensibilidades se superponen y eso torna complicado elaborar respuestas sólidas frente a algo incómodo por donde se lo mire, porque Malvinas suena a nuevo y a viejo", le dice a La Nacion Federico Lorenz, historiador, docente, autor de varios libros sobre la guerra y uno de los más destacados expertos en el tema, que aún hoy muchos investigadores encuentran incómodo.

Y como si las sensibilidades superpuestas no fueran ya suficiente complicación, Lorenz identifica, además, otros pliegues de sentido: sensibilidades regionales y generacionales que no siempre están en coincidencia. "Habría que distinguir la sensibilidad porteña de lo que sucede en la Patagonia, donde la guerra se vivió de modo distinto y las representaciones de las Fuerzas Armadas son diferentes; o en Chaco, donde proporcionalmente murieron más jóvenes que en la Capital. El relato histórico nacional del territorio usurpado es más eficaz en otros lugares que en Buenos Aires", dice.

Varias generaciones, además, se superponen cuando se piensa en las islas. Hay una "generación Malvinas" -"los que fueron a combatir, los que no fueron pero podrían haber ido, sus novias, sus familias", dice Lorenz-; una "generación del 70", que tienen "una relación ambigua con la guerra, porque la hizo la dictadura pero ellos también podían acordar, en clave antiimperialista"; la generación de quienes escribimos cartas a los soldados en la escuela primaria y aprendimos a repetir la lección nacionalista; la generación de los jóvenes actuales, "que tienen una relación más distante con la guerra y son más propensos a dialogar".

¿Y quienes no comparten esa perspectiva? ¿Se pueden hoy cuestionar los reclamos argentinos sobre la soberanía o siquiera apartarse en alguna medida del discurso del Gobierno? Un termómetro que ayudaría a medir esa posibilidad lo ofrecen las reacciones que, en público y en privado, suscitó la reciente declaración de un grupo de intelectuales que proponía una "visión alternativa" sobre Malvinas. El historiador Luis Alberto Romero, parte de ese grupo, dice que hoy es mucho más optimista acerca de la posibilidad de renovar el debate sobre Malvinas: a las esperables reacciones de rechazo del oficialismo e incluso de algunos dirigentes opositores, siguieron 1100 adhesiones. "Varias personas vinculadas con la política y la diplomacia nos han llamado para reunirse con nosotros -dice Romero-. No dijeron que compartieran todo el texto. Solamente que encontraban un grupo de personas con ideas nuevas, con las que valía la pena conversar. Creo que los apoyos que logramos revelan que hay gente que espera oír algo diferente. Quizá seamos un 10 % de la opinión, con optimismo. En este caso, miro el vaso que no está totalmente vacío", dice Romero.

Simplificaciones

Todo indica, sin embargo, que -por debajo de las reactualizaciones que los distintos gobiernos han hecho del tema según sus urgencias políticas- más allá de las consignas de rigor, se sabe poco y nada sobre los alcances del conflicto. Eso confirman las encuestas de opinión. "La reivindicación histórica -analiza Eduardo Fidanza, director de Poliarquía Consultores- ha enlazado generaciones, sin que haya demasiado conocimiento en la población general de lo que se trata y un alto grado de simplificación."

Lo mismo confirma un sondeo que acaba de realizar el Centro de Opinión Pública de la Universidad de Belgrano (Copub) en la ciudad de Buenos Aires. Los resultados muestran algunas paradojas. Por ejemplo, mientras el 69% de los encuestados cree que los intentos diplomáticos que el gobierno argentino realice para recuperar la soberanía son importantes, el 91% rechaza una intervención violenta y el 65% piensa que el país está en mejores condiciones hoy para negociar la soberanía, la mitad de los encuestados está convencido de que nunca se resolverá el conflicto, la mayoría no aceptaría soluciones negociadas, como compartir la soberanía con Gran Bretaña, y el 70% afirma que los británicos jamás estarán dispuestos a sentarse a negociar. Para el 18%, además, la soberanía sobre las islas pertenece a Gran Bretaña, mientras un 10% cree que ambos países tienen iguales derechos.

"Por un lado hay una cuestión principista de intentarlo igual aunque haya pocas probabilidades. Luego aparecen ciertas características de nuestra forma de ser, en la cual negociar es lograr que el otro finalmente acepte todas nuestras condiciones, una práctica por demás frecuente en el último tiempo. Cuando el otro es muy poderoso, está instalado en el territorio en disputa y hay habitantes con su propia agenda, eso no deja de caer en un principismo ingenuo", explica Orlando D'Adamo, especialista en psicología política y director del Copub.

Así las cosas, ¿tiene rédito político para un gobernante apelar a un discurso épico nacionalista sobre las islas, como ahora hace el kirchnerismo? "Malvinas es un tema que permite a un político comunicar a los ciudadanos que existe entre ellos una comunidad de valores compartidos. Pero los ciudadanos apoyan a un político primordialmente sobre la base de los beneficios concretos que esperan obtener de sus acciones. Por eso, aunque coyunturalmente Malvinas puede ser redituable, que un político construya su identidad diferencial sobre Malvinas no es recomendable", explica Virgina García Beaudoux, codirectora del Copub e investigadora del Conicet en temas de comunicación política.

¿Desmalvinización?

¿Hubo entonces una "desmalvinización" profunda de la sociedad argentina, como se sostiene desde el Gobierno? Otra vez aparecen los pliegues, las capas, la superposición de sensibilidades. Si se pone el ojo en el modo en que la literatura nacional se ocupó del tema, aparece nítido un relato desmitificador de la guerra que pulveriza cualquier intento de ver el conflicto armado como una gesta heroica. Allí están, Los pichiciegos , de Rodolfo Fogwill; El desertor , de Marcelo Eckhardt; Las Islas , de Carlos Gamerro; Kelper, de Raúl Vieytes; El amor de Inglaterra , de Daniel Guebel, entre varias otras.

"Malvinas entronca con un discurso argentino institucional y cotidiano de un país que no está donde se merece, una potencia que decayó. Malvinas es un símbolo de lo que perdimos, de lo que imaginamos que perdimos o de lo que creemos que nos corresponde y no tenemos", reflexiona Gamerro hoy. Pero agrega: "Es necesario reivindicar el lugar de los conscriptos. Si hubo un heroísmo entre ellos, fue la solidaridad. La sociedad tiene que reconocer esa experiencia sin pegarlos a los militares".

Sin embargo, por fuera de la ficción, para otra buena parte de la sociedad, la sensibilidad y la memoria nunca se desmalvinizaron . Eso es lo que sostiene Federico Lorenz: "Eso es un mito. Pocos temas hay tan presentes en la cultura popular y política como Malvinas. No hay casi pueblo que no tenga su homenaje a sus caídos, sus monumentos, sus calles, sus recordatorios. No es una memoria que haya tenido impulso estatal fuerte, pero existe", asegura.

Es evidente que, desde el 83 en adelante, los gobiernos de la democracia no lograron construir un discurso sobre Malvinas que ayudara a dar sentido a la guerra y al reclamo. La incómoda vinculación con la dictadura, la derrota, la participación de algunos héroes de guerra en la represión clandestinas... Todo contribuyó a que Malvinas se moviera "al compás de las variaciones de la política exterior argentina, que ha tenido gran oscilación entre gobiernos", como dice Fidanza.

"Hace falta una palabra estatal, una reparación histórica. Me gustaría que el Estado pidiera perdón a sus ciudadanos por el modo en que los envió a combatir", dice Lorenz. ¿No sería eso colocarse como continuidad de la dictadura? "Hay continuidades en el trato hacia los jóvenes y en el modo en que se procesan las muertes colectivas. El Estado no puede sostener eso", responde.

Pero ésta tampoco es una opinión unánime. "Malvinas es una causa nacional más allá de los gobiernos militares o civiles. Decir que fue producto de una dictadura es un típico razonamiento sectario que no ayuda a la unión alrededor de un tema que es de todos los argentinos", sostiene el politólogo Vicente Massot.

Un ejemplo de cómo esa tensión de la guerra en dictadura sigue sin resolverse está en la escuela, donde aun cuando ya desde los 90 se promueve el estudio de la historia reciente y se ha avanzado con el tratamiento de la dictadura en las aulas, el tema de Malvinas no excede las dos páginas de un manual, o se propone como excusa para hablar, por ejemplo, de literatura o de rock nacional.

"Muchos han planteado el peso de la escuela como transmisora de un «nacionalismo irreflexivo» para explicar la adhesión rápida y espontánea que suscitó la invasión en 1982. Malvinas es incómodo porque comparte una cuestión tradicional para la escuela, como son los acontecimientos gloriosos del siglo XIX, con el estigma de la dictadura, lo que es difícil de separar", razona Gonzalo de Amezola, historiador especializado en la enseñanza de la historia reciente, docente en las universidades nacionales de La Plata y de Quilmes.

Según cuenta, durante los 80, la guerra de Malvinas sólo era aludida en algunos textos escolares cuando se hablaba de la ocupación de las islas por los ingleses en 1833, pero nada más. "Desde mediados de los 90, el centro del curriculum para enseñar historia se desplazó al siglo XX y al pasado cercano. Empezó a tomar fuerza la idea de que para formar ciudadanos democráticos era fundamental estudiar la experiencia de la dictadura militar. Y aunque la ley nacional de educación de 2006 lo reafirmó, en 2011, en los libros escolares para el 5° año de secundaria para la provincia de Buenos Aires, por ejemplo, el tratamiento de la Guerra de Malvinas no excede las dos páginas y por lo general ocupa sólo una", apunta De Amézola.

A 30 años de la guerra, Malvinas es una pregunta abierta, casi una forma vacía en la que todos -el gobierno, los intelectuales, los ex combatientes, los nacionalistas, los escépticos, los memoriosos, los indiferentes- pueden ensayar sus respuestas. Sin embargo, mientras predominen las consignas repetidas sin pensar, no se permitan las voces que se apartan mínimamente de la retórica del reclamo, no se reconozca a ex combatientes y no se señale a militares de actuación condenable, los fantasmas volverán puntuales para preguntarnos, una y otra vez, qué pasó realmente en Malvinas..

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