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Volver al pasado

Las irracionales medidas del Gobierno están sometiendo a la sociedad argentina a un penoso retroceso

Domingo 01 de abril de 2012
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Inmersa en la sucesión sin pausa de peligrosas e irracionales medidas que adopta el Gobierno, la sociedad argentina tal vez no ha cobrado aún plena conciencia del retroceso al que paulatinamente se la va sometiendo.

La vida, la seguridad, la salud, el tiempo, la dignidad, la cultura y los ahorros de los argentinos, la propiedad privada y las libertades cada vez corren más riesgos bajo el imperio de la prepotencia, la soberbia y la impericia de funcionarios que parecen improvisar en vez de gobernar, además de adoptar recetas de comprobado fracaso en el pasado.

Viajar en los trenes suburbanos se ha convertido en una ruleta rusa y ningún pasajero puede tener la seguridad de que la formación que abordó lo conduzca indemne, como quedó probado con la tragedia de la estación Once con sus 51 muertos y más de 700 heridos. En la cara opuesta, tenemos un gobierno ausente y, por eso mismo, cómplice, pues no controló las concesiones ferroviarias mientras los concesionarios realizaban otros negocios con el Estado y pagaban viajes en avión a los funcionarios que debían controlarlos.

En lo que hace a la seguridad, la política del Gobierno parece limitarse a quitar efectivos de la Policía Federal en la Capital para perjudicar al gobierno de la ciudad y a cuestionar lo que hace en la materia el gobernador bonaerense, Daniel Scioli. Mientras tanto, los ciudadanos de la Capital, la provincia de Buenos Aires y el resto del país se encuentran inermes ante los asaltos cada vez más violentos y los secuestros.

Como el Gobierno ha gastado en exceso y necesita cortar la fuga de divisas, no tuvo mejor idea que poner en acción al secretario de Comercio, Guillermo Moreno, quien ha encarado la tarea con una mentalidad tan mezquina e irresponsable que, en su afán por limitar a cualquier costo las importaciones, no dudó en trabar las de medicamentos extranjeros, incluyendo reactivos para importantes análisis. Así, los enfermos y sus familiares deben recorrer farmacias con la incertidumbre de si podrán continuar sus tratamientos.

La última locura de Moreno –de otra manera no puede clasificársela– ha sido la prohibición de importar libros, revistas y cualquier tipo de publicaciones extranjeras, con el argumento de que hay que impedir el ingreso de publicaciones con tintas cuyo contenido de plomo exceda el 0,06 por ciento. Este atentado a la cultura y al derecho de informarse lo cometió un gobierno que se caracteriza por su indiferencia ante la contaminación. La tardía marcha atrás parcial de Moreno al permitir importar cierta cantidad de libros a particulares no merece ningún elogio, sino el reproche de no haber vuelto las cosas a su estado anterior.

La misma lucha irracional por frenar la salida de dólares ha impuesto arbitrarias y perjudiciales limitaciones a la compra del billete norteamericano establecida por la AFIP, afectándose de esta manera a los ahorristas y a los inversores que, con fundadas razones, desconfían del manejo monetario de un gobierno que modificó la Carta Orgánica del Banco Central para poder apropiarse de sus reservas. La restricción afecta al mercado inmobiliario desde hace meses, y numerosas operaciones se han frenado pues los vendedores quieren el pago en dólares. A su vez, y en un lógico efecto en cadena, ha comenzado a resentirse la industria de la construcción.

Para mayor inseguridad de la ciudadanía, el Banco Central dispuso que la impresión de nuevos billetes esté a cargo de la ex Ciccone Calcográfica, involucrada en el escándalo que afecta al vicepresidente, Amado Boudou, pese a que hasta ahora no se sabe con certeza quiénes son los verdaderos dueños de esa firma impresora.

Con la misma indiferencia por el sentir y el padecer del ciudadano común y corriente, una inexplicable urgencia gubernamental obligó a millones de argentinos –los que no tienen acceso a Internet– a perder horas en largas colas para hacerse de la tarjeta SUBE porque se habían establecido plazos perentorios. Esos plazos luego desaparecieron con la misma velocidad con que habían surgido.

La sociedad en su conjunto se ha vuelto un peón en el cada vez más desquiciado juego del oficialismo. En ese juego, el subterráneo se redujo a un objeto que se arroja para golpear al opositor político, en este caso el jefe de Gobierno de la Ciudad, Mauricio Macri. No importa el servicio, no importa su seguridad. Lo esencial es tener siempre munición política, aunque la población sea la principal víctima.

Y víctimas son también quienes transitan sobre la superficie de la ciudad sin saber a qué hora llegarán al trabajo o al hogar debido a los constantes cortes de manifestaciones o piquetes porque la policía, en vez de asegurar la libre circulación, la interrumpe para que los manifestantes cumplan su propósito. En efecto, la policía se ha convertido en custodio, pero no de la comunidad, sino de quienes violan la ley, como lo es de los ómnibus que los domingos trasladan a las barras bravas a los estadios.

En la era de los mayores avances científicos y tecnológicos y de la comunicación instantánea y sin fronteras, la cadena de dislates, castigos, prohibiciones e indiferencia criminal nos lleva hacia atrás en el tiempo, nos degrada y humilla, y pocos, muy pocos, cada vez menos, se atreven a alzar la voz en la oposición, el sector empresario y el periodismo por temor de malquistarse con quienes fijan a su antojo las reglas del juego.

Estos avasallamientos se consuman en forma paralela con el avasallamiento de los pilares de la República, como la independencia entre los poderes y el respeto por la prensa libre y el disenso. Así, el lema de campaña de Néstor Kirchner, "Argentina, un país en serio", hoy puede mover a risa.

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