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Sólo una maraña de efectos

Espectáculos

"Chiquititas". Libro: Cris Morena. Elenco: Grecia Colmenares, Marcela Kloosterboer, Millie Stegman. Chiquititas: chiquititos y adolescentes. Música original: Cristina de Giacomi y Carlos Nilsson. Escenografía: Julio Nangueses. Dirección y puesta en escena: Cris Morena y José Luis Massa. Dirección general: Cris Morena. Teatro Gran Rex.
Nuestra opinión: mala.

La convocatoria al teatro parece ser la invitación al país fantástico donde habitan las chiquititas, los chiquititos, los adolescentes, los personajes que son sus protectores y sus antagonistas. Es un mundo acotado, definido, cercado, que puede cambiar caprichosamente, y que, al igual que en la TV, se mira y no se toca.

No se toca ni con la fantasía, porque el desarrollo de las secuencias no deja espacio para que la imaginación se proyecte.

Cuentas de colores

La emoción prometida consiste en poder acercarse o acompañar a estos actores/personajes, rendirles culto o emularlos ( tal vez envidiarlos un poco), objetivo claramente ejemplificado en la venta de recuerdos, fotos, ropa y objetos, que no sólo se ofrecen en el hall del teatro, y en la calle, sino en la boutique contigua, ambientada como un granero, en relación más directa con la serie que con el espectáculo.

A teatro lleno, la función promete maravillas. El escenario se extiende en una explanada sobre la platea. Algunos niños descubren rieles tendidos en lo alto de la sala y comentan: "Desde allí va a bajar alguien".

Una tras otra, las secuencias, con rápidos y frecuentes cambios de decorado, irán dibujando un débil esbozo de conflicto entre estos niños buenos y una mala (no sabemos bien por qué ).

Ella destruirá un enorme árbol de la vida, de donde ha salido Candela (tampoco sabemos bien para qué), que luego será recuperado (tampoco entendemos bien cómo).

En el transcurso, hay abundancia de estrellitas, burbujas, niebla, humo, fuego, rayos láser, esferas espejadas, mensajes desde una pantalla gigante, luz negra: prácticamente todo lo que se pueda pedir para impresionar los sentidos.

Dentro de esta maraña de efectos, a la que acompañan sonidos estridentes, canciones demasiado desafinadas para ignorarlas y textos donde la ternura y la verdad se desdibujan en diminutivos seudorrománticos, se articula el constante desplazamiento de la masa infantil y juvenil de intérpretes.

Estos, aunque repiten hasta el cansancio una coreografía nada imaginativa, lucen frecuentes cambios de vestuario, desde campestres conjuntos de peregrinos, pasando por trajes más alegres, y terminando con túnicas blancas.

Poses robóticas

La "mala", tal vez la mejor actuación, o al menos la más expresiva porque puede no sonreír, se "arrepiente" al contemplar el amor juvenil, y es consolada y perdonada por el ángel de la guarda, una Grecia Colmenares que intenta parecer grácil y carismática sin lograrlo (desciende en un globo, y luego en un cisne desde el cielo; lo malo es que tanto misticismo, liviano y veloz, deja de convencer por la misma saturación).

Para todos los intérpretes debe ser difícil mantener esa pose casi robótica que significa un movimiento tras otro casi sin cambios, un desplazamiento como en una cinta sin fin, cuya próxima figura puede anticiparse.

En una de las canciones dicen: "queremos poder elegir". No se ve que lo hagan. Encastrados en la maquinaria coreográfica, pasan de un color a otro, láser mediante, sin identidades, sin diferencia, manteniendo durante todo el tiempo la amplia sonrisa del corazón iluminado.

Es muy difícil poder conjeturar un esbozo de historia. Tal vez algunos telespectadores fieles puedan tener, al conocer las claves de los personajes, algún código para armar el monótono rompecabezas, pero en el teatro las claves faltan, y se registra mucha incoherencia argumental.

Un divismo sin historia

Un anticlímax importante está constituido por mensajes de antiguos protagonistas de la serie, que de cara a la platea desde la pantalla, hablan de crecer, cambiar y despedirse. Evidente alusión a que muchos de los intérpretes habrán dejado la serie porque ya no son chiquititos. Sus mensajes parecen olvidar que los chicos del otro lado de la pantalla también crecen, cambian, y que, sin duda, estas imágenes en el teatro están hablando a otros niños que tal vez no los vieron.

Y, en este caso, se dejó de lado la posibilidad de abordar en serio el conflicto que es para el niño crecer, despedirse de la infancia y dejar los juguetes, algo muy real y de todos.

Esta total ignorancia del poder de la verdadera parábola que es capaz de abordar los temas más simples y profundamente humanos y hacerlos universales, transportando a los personajes de los cuentos más allá de la temporalidad de los intérpretes, esta falta de la humildad que hace convincente al teatro parece poner en evidencia el mayor objetivo del show.

La determinación de insistir en el ritual y el divismo para mantener a los adeptos aleja al espectáculo de todo sentido humano creíble. .

Ruth Mehl
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